Goodbye y La Folie Almayer

Por Déborah García

Goodbye (Irán, 2011). Director: Mohammad Rasoulof

La folie Almayer  (Bélgica, 2011). Director: Chantal Akerman

Realizada en semiclandestinidad, la película de Mohammad Rasoulof cuenta la historia de Noora (Leyla Zareh), una abogada iraní casada y embarazada, decidida a decir adiós a su país natal. El film se centra en mostrar los problemas a los que se enfrentan las mujeres para poder llevar a cabo cualquier trámite por insignificante que éste sea. Sola y embarazada, la figura de su marido, aunque ausente, es una losa constante, pues cualquier trámite, burocrático o no, hace necesaria su firma. Noora está constantemente imbuida en un paisaje hostil y oscuro, de colores mate, siempre apagados. La luz, ausente casi durante toda la película, solo tiene un origen, el rostro de la protagonista. Noora transita por espacios públicos que no le pertenecen. Como mujer, aquellos lugares que le corresponden no existen. Sus anhelos y sus aspiraciones están siempre proyectados a fuera campo, en tránsito, como los aviones que cruzan el cielo a lo lejos.

Goodbye

Me llama la atención y me fascina la manera en la que Mohammad Rasoulof, al igual que su compatriota Jafar Panahi, es capaz de construir la figura de la mujer iraní en el cine. No sé si realmente es correcto hablar de la mujer iraní como un concepto único y total, teniendo en cuenta que las mujeres que vemos en estas películas son siempre habitantes de grandes ciudades, donde su situación es seguramente mucho menos opresiva que la de aquellas mujeres que viven en núcleos rurales, más agrícolas y subdesarrollados. Estas figuras femeninas recurrentes en el último cine iraní (que nadie piense en Nader y Simin, una separación) están envueltas en un aura de misterio y de magia. La película de Rasoulof tiene un ritmo pausado. En ella los encuadres se alargan, y dan cuenta de un realismo y de una frialdad que contrastan con la atmósfera que surge cuando dos mujeres chocan en el espacio de la película. Esos encuentros de auxilio tienen tantísima carga emocional que las palabras son un añadido innecesario. Podría decirse que todas esas mujeres que pueblan la película de Rasoulof, al vivir bajo las mismas circunstancias, son habitantes de un círculo, y aquí entroncaría con la película de Jafar Panahi (Dayereh, 2000), donde todas ellas forman parte de lo mismo. No pasaría absolutamente nada si la cámara, en un momento determinado, decidiera seguir o centrarse en otro rostro, otra protagonista; porque aunque es evidente que estas películas surgen de una situación política y social muy específica, la propia cámara se empeña en mostrarnos una realidad mayor, escondida, más allá de la evidente. Una existencia que surge y se revela al encuentro de una mujer iraní con otra, incluso de una película persa con otra, en una continuidad narrativa por encima de los límites que crea el espacio fílmico concreto de cada una de estas películas. Además de la escena final desgarradora, quiero resaltar una que me ha maravillado. En ella, el director divide la pantalla en dos espacios: uno de ellos en primer plano, donde la cámara encuadra parte de la cocina, y el segundo, el salón, a cierta distancia, donde un hombre permanece estático. El tabique de la cocina determina el lejos y el cerca. El sonido es utilizado en esta escena con perspectiva y fuera de cuadro, y el personaje de Noora aparece moviéndose entre ambos lugares. Estas mujeres, que como decía antes no tienen ningún espacio asignado, están en constante movimiento, los hombres están sin estar, ocupan un lugar concreto pero la quietud es absoluta. Estas mujeres son cuerpos cargados de una tristeza milenaria, una fuerza en movimiento en un mundo de sombras y oscuridad.

No puedo decir mucho de La Folie Almayer. No puedo mentir a quien me lea. Podría hacer una sinopsis de la película y decir lo que muchos han contado, que Chantal Akerman adapta libremente la novela de Joseph Conrad y que en esta película se narra una historia de locura, la de un hombre que abandonó un país en busca de un tesoro y se consumió. Que se casó con una mujer a la que no amaba y se consumió. Que de esa relación nació Nina, su hija, a quien intentó procurarle una educación, una vida mejor, y ella se consumió, y eso le consumió a él.

Podría decir que las imágenes de Chantal Akerman en La Folie Almayer se retuercen como las hierbas de la selva malaya, y que la noche y el río nos esconden muerte y misterio.

Podría hablar de la intensidad de los primeros minutos, la mirada de Nina a cámara, de esos instantes de música suspendidos… y de los impotentes minutos finales, grandiosos, duros, terribles.

La folie almayer

La Folie Almayer

Pero aún siento que no sería suficiente, y que mis palabras jamás podrían dar cuenta de una película que es mucho más que una directora volviendo sobre temas que le atormentan: la pertenencia a un lugar, los lazos con los que nos conectamos unos con otros, los deseos incumplidos, los traumas… Quizá sea por este paisaje exuberante en el que se desarrolla La Folie Almayer, por esa humedad constante de la que no es posible desprenderse, pero esta nueva película hace aparecer la escritura de Akerman con una fuerza inusitada, como una tierra ignota, y como si los temas que una y otra vez ha explorado surgieran por primera vez. Yo me siento incapaz, y ardo en deseos de hablar de estas imágenes pero no puedo, se me escapan. Cómo podría hablaros del deseo insatisfecho, de la violencia de la noche, del padre, del buscador de tesoros, del hombre desencantado, del perdedor, del trágico, del loco… Gritabas (solo) y estallabas (solo). Cómo voy a hablaros de la película si he tenido que olvidarla. Cómo voy a hablaros de la película si ya no existe y se ha convertido en una canción de Smog.

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