César debe morir, Le capital y Después de Lucía

Por Déborah García

César debe morir (Cesare deve morire, Italia, 2012). Director: Paolo Taviani, Vittorio Taviani . Zabaltegi Perlas

Le capital  (Francia, 2012). Director: Constantin Costa-Gavras. Sección Oficial

Después de Lucía (México, 2012). Director: Michel Franci. Horizontes latinos.

6ª crónica: “Desde que he conocido el arte, mi celda se ha convertido en una cárcel”.

César debe morir, la nueva película de Paolo y Vittorio Taviani, se estrena en San Sebastián dentro de la sección Zabaltegi Perlas, y viene acompañada de unas críticas estupendas, siendo además la ganadora del Oso de Oro en Berlín. La película es en realidad un docuficción sobre los talleres de teatro que se imparten en la cárcel de Rebibia. En César debe morir, los hermanos Taviani escenifican la obra de Shakespeare Julio César en colaboración con los presos. El blanco y el negro en que está filmada ayuda a mostrar el contraste que existe entre la poética del teatro y la actuación, y la rutinaria vida que los presos llevan en la prisión.

La película comienza justo en el final de la representación teatral, entre los aplausos y los vítores del público. Un cartel nos anuncia que vamos a viajar seis meses atrás. Favio Cavalli, director de teatro de la prisión, anuncia que se va a representar la obra César debe morir. El casting que se hace a los presos no nos oculta quiénes son: delincuentes, hombres condenados por tráfico de drogas, asesinatos, robos… El momento en que los presos se sitúan delante de la cámara y se presentan es sin duda uno de los más emotivos del film. En esta escena brotan el dolor y la rabia que los reclusos acarrean. La película no esconde sus crímenes, muestra sus sentimientos a la hora de abordar el texto, su pasión por la obra, y también la desesperación que les invade después de ensayar al volver a su rutina. Esa es la verdadera fuerza de la película, la tensión que surge al contraponer la libertad absoluta que ofrece el arte, con la monotonía que les invade al volver a sus celdas.

César debe morir no va a desarrollarse sobre el escenario. La tragedia que se ofrece al espectador va a ir completándose al ser representada en los ensayos, en las celdas, en el patio, y no ante la mirada del público, sino ante los policías que les custodian.

El gran sufrimiento al que está sometido Bruto, personaje alrededor del cual gira casi toda la obra, la lucha psicológica que tiene lugar en su interior, que se debate entre traicionar a Julio César o ser fiel a la ciudad de Roma, sólo tiene comparación con la tensión que sienten estos hombres al sentirse liberados durante unas horas, pero confinados de nuevo después.

César debe morir

La cola es interminable para poder entrar al Kursaal a ver Le capital de Costa Gavras. Algunos compañeros hablan de la película del director francés como necesaria en los tiempos actuales. ¿Realmente es necesario un discurso que, lejos de denunciar, se acaba mostrando poco reflexivo, populista y autocomplaciente?

Le capital de Costa Gravas me recuerda un poco a Argo en su faceta manipuladora y tramposa, y no son las únicas películas que durante el festival han querido congraciarse con el público, y que definitivamente lo han conseguido.

La película cuenta la historia de Marc Tourneil, un hombre que durante un tiempo ha sido la mano derecha del director del banco Phoenix, Jack Marmande. Ante la repentina enfermedad de éste, Marc acaba sucediéndole. Para algunos, Marc Tourneil es la solución más inmediata y perfecta, alguien a quién creen poder manejar, al menos hasta que Marmande muera. Sorprendentemente, sin embargo, el nuevo presidente resulta ser un hombre con mucha ambición. Tomará en el banco importantes decisiones, algunas por elección propia, otras presionado por el sector americano de los accionarios, representados por la figura de Dittmar Rigule, que acaba proponiéndole despidos en masa y una regulación del consejo, hasta finalmente sugerirle la compra de un banco japonés que, analizada la situación, les llevaría la ruina: las acciones bajarían, los pequeños accionistas venderían, y los americanos podrían comprar el Phoenix mucho más barato.

La película fue recibida en el Kursaal con gran entusiasmo. El director allí presente fue ovacionado, se le dedicaron unos cuantos aplausos, no sólo a su entrada, sino también durante y a la salida la proyección. Le capital tiene al menos una cosa buena, no engaña. Toma al espectador como un menor de edad al que tiene que enseñar, y el público se deja. Esto queda de manifiesto en una de las mejores escenas de la película, en la que Marc Tourneil convoca a todos los empleados del banco a una reunión. En una pantalla gigantesca se puede ver a los trabajadores desde sus webcams, creándose así una serie de mosaicos en los que van apareciendo rostros y más rostros. La escena es interesante porque el presidente acabará dando la espalda a los accionistas y jefes que están en la sala con él, para volverse hacia los empleados que lo observan a través de sus pantallas. Esta escena nos muestra el populismo con el que quiere congraciarse Tourneil, el mismo del que hace gala Costa Gavras al proponer una película tan simplista, sin discurso, tan plana, y tan aplaudida.

El día había comenzado bien con los Hermanos Taviani recuperándonos un poco del bajonazo de la Sección Oficial y para terminarlo, Martín (cinemaadhoc) y yo fuimos hasta el barrio del Antiguo, allí cenamos y hablamos de las películas de los Beatles, de Richard Lester…

Después nos encaminamos hacia los cines Berri, donde se proyectaba una de las grandes sorpresas del festival, Después de Lucía. Este filme es un auténtico descubrimiento, con un estilo sobrio y frío.

El director nos cuenta la historia de un padre y su hija que, tras perder a la madre en un accidente de coche, se mudan a otra ciudad. Allí, mientras él intenta reconstruir su vida, su trabajo y sus ilusiones, su hija Alejandra se ve sometida por sus nuevos compañeros a situaciones desagradables. El acoso escolar que sufre va en aumento hasta tal punto que, durante una excursión a la costa, acabará volviendo a su ciudad de origen sin decir nada a nadie. Su padre es avisado de la desaparición, y los alumnos por miedo comienzan a relatar las situaciones a las que habían sometido a Alejandra. Finalmente, sale a la luz que la situación se complicó cuando uno de ellos, Jose, compartió un video en el que salía con la chica teniendo sexo. El estilo del que hace gala el director Michel Franco lleva al espectador a presenciar escenas muy largas, que se dilatan al máximo, dando como resultado un realismo solo equiparable al que consigue Michael Haneke con Amour. La de Franco es una película sobria con un final inquietante, más propio de la nueva ola rumana que del cine latino, pero sobre todo, es una historia asfixiada por la incomunicación de sus personajes, por su tremenda ansiedad y por la falta de confianza que muestran sus protagonistas.

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