Aftershock, Blood C: The last dark e Iron Sky

Por Arantxa Acosta

AfterShock (Chile, 2012). Director: Nicolás López. Sección Oficial Competición.

Blood C: The last dark (Japón, 2012). Director: Naoyoshi Shiotani. Sección Oficial Competición.

Iron Sky (Finlandia, Australia, Alemania, 2012). Director: Timo Vuorensola. Sección Oficial Fantàstic Gales.

El sábado fue uno de esos días que empiezan fatal y que, sin embargo, acaban dejándote una sonrisa en la boca. Gracias a Dios. A Kubrick, claro.

08:30 am. Entramos al pase de Aftershock. Siento ser tan directa, pero hay “eventos” que lo llaman a gritos: durante un mínimo de treinta minutos estamos flipando de lo espantosamente que puede llegar a filmarse lo que podemos suponer era querer impregnar al espectador de la frivolidad de la juventud (entrada en años… y muchos) actual. Una juventud despreocupada, egoísta y manipuladora, en la que el dinero, como en el mundo adulto, es el que abre o cierra puertas. Así que, básicamente, en esos treinta minutos vamos de fiesta en fiesta, con algún receso cultural (que ya se nos deja claro no es del interés de la mayoría), pero por supuesto, casi inexistente. Fiestas de esas que ves que son falsas, por falta de extras, porque la música es mala, porque todos, absolutamente todos, los actores son malos. Porque los chistes machistas están de más. Porque no todo son escotes y minifaldas. Porque no estamos en el destape, vamos.  Así que llevas treinta minutos viendo una terrible pesadilla… y resulta que no era esa la “pesadilla” de la película. Porque, ¡ah!

Pronto veremos que, en el fondo, estos “entrañables” chicos de Aftershock (a los que sin duda quieres ver muertos a partir del minuto cinco por lo mal que te han caído ya) nos demostrarán, tras el terrible terremoto y sus réplicas, que aunque aparentemente insensibles, son todo corazón.

Gracias a Kubrick nos lo descubren muy tarde: la naturaleza es sabia y a todo cerdo le llega su San Martín.

Poco más a decir: guión pésimo, del que sólo salvamos el momento del terremoto, que quizá es la única secuencia en la que ocurren cosas que no te esperas; actores insufribles; efectos especiales de apaga y vámonos (flojo favor le han hecho a Roth estrenando Lo imposible también en el festival); y, last but not least, una prepotencia que rezuma el film que no puede hacernos más que reír. En definitiva, un “no” rotundo.

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Aftershock

Tras monumental bodrio, creemos que la adaptación del manga Blood C nos sacará de la irascibilidad. Pero no. Aunque en este caso, la ira por habernos querido tomar el pelo con Aftershock se traduce en profunda decepción al ver el resultado del anime.

Blood C: the last dark no sólo no contiene ningún elemento que la pueda hacer interesante, sino que se trata de una historia demasiado común ya en el cómic japonés que no nos aporta.

Más monstruos imposibles (los Furukimono), más situaciones cómicas en momentos que – como mínimo para un occidental al uso – están fuera de contexto, más causas para iniciar la batalla con “asombrosos” giros inesperados, y (más) una batalla final en la que una terrible criatura, por supuesto resultado de la transformación de uno de los protagonistas y sin saber muy bien por qué, se convierte en gigante y está a punto de acabar con la Tierra… pero no. En definitiva, una hora y media que no aporta nada. O sí: sueño.

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Blood C: The Last Dark

Tras dos fallidas, lo que menos me interesa es el evento Crepúsculo, así que lamentablemente no podremos hacer crónica de él aquí. Comemos algo rápido y nos metemos en Motorway, junto con Manu Argüelles. Decidimos que la comente él, porque yo me estoy subiendo por las paredes. A saber: llamando a Festival de Sitges. ¿Hola? ¿Cine fantástico? ¿Cine de terror? En fin… está siendo un día de perros.

Pero, gracias a Kubrick, a las 16 h de la tarde (recordemos que hemos empezado la “aventura” a las 08:30 h) todo cambia. Y es que la tarde nos trae una deliciosa aventura distópica, y finlandesa, para más datos. Porque sólo en una sauna (tal y como nos revela su director durante la presentación de la película) es posible imaginarse qué hubiese pasado si Hitler escapase a mediados de la década de los cuarenta, y se hubiese instalado en… la luna. Sí, la luna. Todo un ejercito nazi conspirando a 237.000 millas de la Tierra (no se engañen: el dato, aunque parezca fortuito en este humilde diario de Festival, es sobradamente relevante. Pero no en el análisis de esta película).

Iron Sky es ingeniosa y mordaz. Una estupenda crítica a la intolerancia, a la política actual y al nivel de los gobernantes.

Una película que, además, incluye momentos estelares de la historia del cine, como el baile de Chaplin con el globo del mundo en El gran dictador (The Great Dictator, Charles Chaplin, 1940), película que la nazi protagonista descubre que no es un corto con el significado de que Hitler tendrá el mundo en sus manos, o la parodia a la escena también más parodiada de El Hundimiento (Der Untergang, Oliver Hirschbiegel, 2004).

Y es que reírse del Holocausto no es fácil, así que salir victorioso es más que loable. Sin duda, la opera prima del director es una comedia de lo más recomendable, que en sus momentos más surrealistas nos recuerda a la de culto (al menos mío) Top Secret (Jim Abrahams, David Zucker, Jerry Zucker, 1984). Así que aunque no destaque por nada en particular, aparte de haber conseguido financiarse con un millón de euros a través de donaciones vía internet, hay que reconocer la valentía de tocar no sólo uno, sino varios temas peliagudos (lo de la estación MIR no tiene desperdicio) que, por supuesto, es mejor tomarse a la ligera para no deprimirse.

iron sky

Iron Sky

La salida del horrendo letargo matinal con Iron Sky da paso a otra de las buenas del Festival: Maniac.

Miedo nos daba este remake. ¿Frodo puede representar bien al famoso asesino en serie creado por William Lustig en el ochenta? (Nota antes de seguir: sí, ya sé que es un recurso fácil referirse a Elijah Wood como el hobbit, pero vamos hombre, si hasta él mismo se dio cuenta con el vídeo de su presentación en el Auditori de que casi todas las imágenes eran de El señor de los Anillos - y soy una gran fan de su papel en Todo está iluminado).

Pues resulta que Wood borda el papel. Al menos con el material del que dispone. De nuevo, dejaré que sea Manu, a quien le encantó esta revisión del clásico, quien la comente. Pero diré que a mí, dentro de que sí me gustó, y mucho (la subjetividad del punto de vista es un gran acierto), me decepcionó. La gestión de las expectativas, dicen, pero la verdad es que no me metí para nada en el papel. La subjetividad de la que hablaba debe servir para que cada vez que veamos al maníaco reflejado en un espejo nos sorprendamos, nos veamos a nosotros mismos. Deberíamos sentirnos el propio asesino, ya que el punto de vista es el de él. Deberíamos sufrir con su locura. Deberíamos odiar a su madre… pero no se nos dan suficientes elementos para hacerlo así que, finalmente, nos limitamos, sin quererlo, a ser meros espectadores que miran a través de los ojos de otro, como si estuviésemos inmersos en Cómo ser John Malkovich (Being John Malkovich, Spike Jonze, 1999). Una pena, porque la atmósfera conseguida es muy buena, y el realismo de los asesinatos más que sorprendente.

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Maniac

En cualquier caso, el día había remontado. Y qué mejor forma de rematarlo que con el documental Room 237.

No me extenderé, Manu la recogió en su crónica de la cobertura del día 04. Sólo quiero incluir una pequeña reflexión. Imaginemos por un momento de Kubrick tuvo en mente al realizar su película todas las interpretaciones que se le dan por parte de varios expertos durante el metraje. Imaginemos que quiso incluir el genocidio indio, el Holocausto nazi, el pedir perdón a su esposa por haberle ocultado que había hecho la película secreta sobre el viaje a la luna (una luna que está a 237 mil millas…) y que, además, sus inquietudes sexuales las tradujese incluso en sutileces como crear una erección simulada al acercarse un hombre a una bandeja de documentos. Incluso que pensase astutamente en meter su cara confundida con el cielo en varios fotogramas. Sin duda, si fuese verdad, sería la confirmación de lo que por todos debería ser conocido: que Kubrick, definitivamente, es Dios. Juas.

Lamentablemente, el documental, justito a nivel técnico, nos deja la odiosa sensación de que a alguno de los expertos tantos años de investigación les han hecho perder la cabeza, en lugar de generarnos la curiosidad de querer encontrar nosotros también todas esas claves dentro del film. Así que curiosamente, tras tanto análisis, al salir del cine me prometí no volver a ver El resplandor (The Shining, 1980), que sería lo fácil, sino demostrar, contrariamente a lo que se indica en un momento del documental, que Barry Lyndon (1975) no es un bodrio rodado por una persona aburrida. Para nada, faltaría más, hombre.

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Room 237

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] atmósfera de terror precisa y casi indescripctible (nada que ver, por supuesto, con el tsunami de Aftershock). A partir de aquí, el director se centra en desarrollar la que sin duda fue la más dura de las […]

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