Headshot y El Pacto (The Pact)

Por Manu Argüelles

Headshot (Fon Tok Kuen Fah, Tailandia, 2011). Director: Pen-ek Ratanaruang. Sección Oficial Competición.

The Pact  (EUA, 2012). Director: Nicholas McCarthy. Sección Oficial Fantàstic Panorama.

¿Es posible seguir creyendo en los géneros? Headshot y The Pact, cada una con sus estrategias y su idiosincrasia, combaten la desilusión, recuperan la fe. Tampoco quieren situarse en la zona de autoconciencia o en la operación post mortem.

La primera lo hace desde el aliento autoral que se imbuye en la estructura genérica con total convicción. Tras sus coqueteos con el film noir, a partir de las experiencias de Vidas truncadas (Last life in the universe, 2003) e Invisible waves (2006), Headshot supone un pleno trabajo dentro de estos parámetros, entendido como un territorio bien definido y con rasgos bien identificables. Cronológicamente hablando, si ambas suponían casi una desarticulación, una vivencia entre los restos del naufragio, su último film se sitúa en el estado de mayor vigor, cuando las formas y las constantes dictan con fuerza. Estamos hablando de un recorrido inverso. No obstante, esta regresión, si se quiere entender así, no es óbice para que Pen-ek Ratanaruang renuncie a sus mimbres personales, aunque en esta ocasión tenga más importancia el marco que su firma. Porque Headshot continúa su ejercicio de fidelidad consigo mismo, ya que sus personajes establecen correspondencias y similitudes, a la vez que todos ellos transitan por un casi idéntico itinerario vital. Los tres acaban en un triste final. El oculto miembro de la yakuza de Vidas truncadas acaba en la cárcel. Los de Invisible waves y Headshot acaban con la muerte. Los tres personajes son fugitivos, extraños en un lugar que no les pertenece. Los tres se embarcan en una lucha contra el destino, pero el fatalismo que siempre impera en los tonos melancólicos y aletargados de Pen-ek Ratanaruang impide que consigan huir de lo trágico. En consonancia, la diferencia de Headshot con Invisible waves y Vidas truncadas, dado que estamos trabajando dentro de las consignas genéricas, es que aquí el entorno criminal tiene un peso capital y por tanto la huida adquiere un tono más sombrío y claustrofóbico frente a la textura ensimismada y retraída de las anteriores. Ya no es tanto el sujeto, objeto de estudio principal de sus anteriores trabajos, sino que aquí se pone el acento en la imbricada red en la que el personaje está atrapado, como bien dictan los cánones del film noir. El clima de corrupción imperante provoca que se diluyan las fronteras morales. La terca lucha del personaje por mantener la justicia, algo que no existe en la naturaleza sino que es una construcción humana según los artículos que nuestro atribulado portagonista lee del Doctor Demon, provoca que cruce la fina línea que separa a los policías de los delincuentes. Por no querer someterse al chantaje para que encubra un caso en el que está implicado el hermano del ministro, nuestro fugitivo desorientado acabará como un sicario, el estudio típico de la justicia por su mano, una vez que el sistema legal, la estructura social de la preservación del bien, ya no existe; ésta ha sido devorada por el cáncer que sufre una sociedad enferma. No pueden existir dos frentes, todo es lo mismo, la desolación extrema porque no hay ningún ideal en el que creer (de ahí su refugio en un templo budista, como exilio de una red social infecta), ningún asidero al que amarrarse, porque el personaje no tiene amparo dentro de la estructura policial, cuando ésta resulta débil, absorbida por la putrefacción de las clases dirigentes. Su radiografía es totalmente desesperanzada y pesimista. No existe un lugar en el que uno pueda protegerse (los personajes de Vidas truncadas y Invisible waves, a pesar de su desarraigo sí que encontraban, a su manera, un espacio donde se encontraban cómodos). Su huida hacia ningún sitio se dibuja en una enfebrecida telaraña de tiempos y enloquecidos flashbacks (fórmula favorita del noir), los cuales se intercalan en una densa bruma temporal que emborrona la narración convencional. Porque el personaje vive a ciegas, de ahí la predominancia de los ambientes nocturnos. Por eso, después del tiro en la cabeza del que sobrevive, su visión ha sido alterada y ve todo al revés. Porque en este mundo corrupto ya no existe el bien, solo queda anidado dentro de su subjetividad, pero éste es imposible que pueda imponerse cuando el entorno en el que vive, nadie es el que simula ser, somete su fuerza y su presión.

Si los anteriores trabajos de Pen-ek Ratanaruang, Ploy (2007) y Ninfa (2009) suponían absorbentes ejercicios de estilo donde radicalizaba y abstraía su estilística, Headshot devuelve a un Pen-ek Ratanaruang menos experimental y menos opaco.

En consecuencia, es un film con bastante acción física para lo que suele ser su tónica, centrada más bien en los procesos existenciales e introspectivos de descomposición anímica, pero igual de fascinante en su forma de timbrar estados de pesadumbre desde un estado narcótico y contemplativo, manifestados aquí, las leyes de noir mandan, como sofocante pesadilla sin salida.

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The Pact, en su confianza ciega y en su entusiasmo por devolver al género la experiencia vicaria del terror sensorial casi entra en conflicto directo con el discurso de Cabin in the Woods (Drew Goddard, 2011), vista en esta misma edición.

Mientras que la segunda supone el acto supremo de desmitificación del género, el big bang absoluto, después de pasar revista y romper con corrosivo humor todos y cada uno de los clichés,(a diferencia de Scream donde existía similar actitud, Wes Craven se negaba a llegar al paroxismo extremo), The Pact, en cambio, como ya pudimos comprobar la edición pasada con la irregular The Caller (Matthew Parkhill, 2011), manifiesta un convencimiento casi inusual en estos tiempos de descreimiento absoluto. Tanta que ni tan solo hay atisbo de reflexión como sí era patente en James Wan cuando revisionaba las ghosted houses en Insidious (2010), subgénero al que también pertenece The Pact. En ese sentido, Nicolas McCarthy es claro. Quiere posibilitar al aficionado que éste encuentre la tensión y el suspense en propuestas artesanales que cumplen todas las reglas y trabajan sobre una gramática conocidísima, factor que no tiene por qué ser un escollo, si se sabe rentabilizar una estructura visual y argumental prototípica. Lo cierto es que en ese sentido The Pact funciona y muy bien. Es una limpia película de género, que no se amilana ante el espectador competente que está mucho más adelantado que la propia oferta. Cabe preguntarse, si a estas alturas del cuento, ¿somos capaces de disfrutar con un film así? Quizás la respuesta nos pueda servir de medidor para interrogarnos sobre nuestra propia relación con el género. No nos sirve como indicador el entusiasmo que nos genere Cabin in the Woods. Ni tan siquiera Insidious, porque ellas conllevan una dialéctica de la interrogación dentro y, por tanto, los confines que se exploran son otros, si quieren más enriquecedores a nivel intelectual. The Pact es un acto de afirmación, simple y sencillo. El retorno a la casa familiar propicia el miedo atávico y el trabajo de la atmósfera de la casa encantada aunque, claro, la intriga está más cerca de Poe que de Lovecraft. Porque su adhesión por el suspense a la vieja usanza no implica que éste se fije dentro de lo sobrenatural. The Pact trabaja el misterio con la posibilidad de que fuerzas del mal irracionales, fenómenos sin explicación, se produzcan. La resolución dictaminará una sentencia que aclare todos los términos, aunque dicha conclusión no implique ninguna traición humillante como pasaba en Intruders (2011), penosamente resuelta y que casi se avergonzaba de su adscripción genérica. Porque aquí lo que importa es el viaje a las zonas oscuras y tenebrosas, los secretos de lo nunca dicho, el acceso a lo reprimido, la fuerza gobernante cuando sentimos miedo como sentimiento que activa nuestros resortes de lo inconsciente. Es, en definitiva, una buena muestra de la pregnancia sensorial de lo inquietante, como pasadizo a los recovecos de traumas familiares enquistados y heridas no cicatrizadas.

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] Primero de todo, vamos a dejar aparte la diferencia entre lo que yo entiendo como transgresión y arriesgado y lo que entiende la organización del Nocturna, que  ha ubicado Haunt en Dark Visions. Cada uno tiene su punto de vista y todos son respetables. Lo primero que se me ocurre abordar ante un film como Haunt, con unas convenciones muy férreas y una gramática muy impositiva, ya no es tanto lo que la película es en sí sino lo que quiere llegar a ser. Es cierto que entramos en el terreno de las elucubraciones y de las hipótesis, pero siempre existen signos que nos puedan hacer pensar hacia dónde ha querido apuntar el realizador, o en qué margen de acción se ha querido circunscribir. Así, en primera instancia, tal como empieza Haunt a través del enunciado del personaje de Jacki Waver, 1 para un relato de estas características necesitamos una casa y una tragedia. A partir de aquí, simplificando, pienso en 3 posibles vías. Podemos limitarnos a la confección de un producto artesanal, bien confeccionado, pequeño en sus aspiraciones pero que cumple con eficiencia las reglas del subgénero. Un trabajo que explore con habilidad las dinámicas del suspense, la creación de una atmósfera y que trace bien el diseño de personajes. Ese podría ser el caso de The Pact. […]

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