John Dies at the End y Holy Motors

Por Arantxa Acosta

John dies at the end. (EUA, 2012). Director: Don Coscarelli. Sección Oficial Competición.

Holy Motors (Francia, Alemania, 2012). Director: Léos Carax. Sección Oficial Competición.

Saliendo en tren hacia el Festival, con un día de retraso, escribí en twitter una frase que seguro más de uno compartirá conmigo: “llevabas un año esperándolo”. Y es una gran verdad. Sitges, por muchas veces que haya cambiado su enfoque, por mucho que nos duela que no toda la programación sea “fantástica”, y por mucho que nos quejemos año tras año de que los retrasos en la programación no nos dejan llegar al pase en otro de los cines, nos ilusiona como a niños con zapatos nuevos. Así que, en un año en el que Manu Argüelles y yo estrenamos zapatos, y que además representamos por primera vez juntos en este Festival al que cariñosamente denominamos “nuestro engendro”, os hacéis una idea de todo lo que se me venía a la mente al escribir los escasos veintisiete caracteres.

Nada más llegar, de camino al hotel, ya encontré conocidos, y amigos. Antes de entrar al cine ya sabes que estás en casa. Y las (únicas) dos películas de la tarde, no podrían ser más adecuadas para estrenar Festival. Dos películas cuyo único denominador común es haber sido seleccionadas para la Sección Oficial a Competición. Tan diferentes entre sí, que, cual teoría sobre los agujeros negros, podemos encontrar su nexo al otro lado del túnel.

John dies at the end es, sin duda, película típica el festival. Extravagante, inconexa, divertida y neurótica, descoloca tanto que te pone en la difícil situación de ser incapaz de suspenderla.

Tras la entrega del codiciado premio de la Máquina del Tiempo a su director, Don Coscarelli, nos vemos inmersos, sin quererlo, en una de las mayores alucinaciones cómicas del festival, de la que poco puede decirse, de forma ordenada o coherente sin revelar su contenido, pero que indudablemente nos lleva a pensar a que nos encontramos delante de una extraña una mezcla (¿Homenaje?¿Sacrilegio?¿Pura gamberrada?) entre la de culto Hidden (Jack Sholder, 1987), la incomprendida Kaboom (Gregg Araki, 2010),  que también pudimos disfrutar en el festival en ediciones anteriores, y la comercial Stargate: puerta a las estrellas (Roland Emmerich, 1994) – quien la haya visto, o la vea, entenderá. Una combinación tan imposible como la propia película, que, sin embargo, funciona una vez abres tu mente, al igual que los protagonistas, a la extraña combinación.  Unos efectos especiales simples (cutres, más bien) pero efectivos, un guión digno de una mente consciente de que no quiere, ni debe, explicar más de la cuenta, sabedora de que es más efectivo limitarse a, precisamente, no explicar. Y, aún así, la crítica social está muy poco enmascarada, poniendo de manifiesto la existencia de un mundo controlador, egoísta y perturbador para los que no quieren subirse al carro del sistema…. aunque esta reflexión podría ser completamente errónea, fruto de la necesidad de no querer admitir que la película es, simplemente, una seguidora a modas tan candentes como la para algunos brillante Attack the Block (Joe Cornish, 2011).

Pero… ¿de qué va? La primera impresión es que se trata de un film más a favor de las drogas de lo que contrariamente a lo pensado por muchos pudiese ser Salvajes (Oliver Stone, 2012). La segunda, que se trata de una crítica a cómo la juventud malgasta el poder que puede ejercer en la sociedad. Pero, finalmente, lo único que nos queda pensar es que se trata de una tomadura de pelo tan exageradamente mala que divierte sobremanera. Y duele, porque servidora es adicta a la ciencia ficción en la que hay cabida para alucinaciones, viajes en el espacio-tiempo (incluso astrales), y dimensiones varias. Eso sí, el director y sus actores se lo han pasado de miedo. En definitiva, por lo poco que John Dies at the End es recomendable es por el infalible Paul Giamatti, capaz de elevar el nivel de la película al aprobado (y su actuación es excelente, así que hagan cuentas del resto). Mucha pena nos da el desaprovechado Clancy Brown, cuyo personaje intuimos podría haber dado mucho más de sí y, sin embargo, se queda en una pachotada.

john dies at the end

John Dies at the End

De la frivolidad hecha ciencia ficción pasamos a la que sin duda será una de las grandes protagonistas del festival. Holy Motors remueve, y de qué manera, en dos fases bien difenciadas. La primera, evidentemente, durante la visualización del film. Carax consigue que su metáfora sobre la vida, sobre nuestra forma de enfrentarnos a ella (sendo buenos, malos, agresivos, excéntricos… en función de la situación a la que tenemos que enfrentarmos en nuestro día a día, o en las grandes etapas de nuestro camino), cale poco a poco y se transforme en una reflexión a veces triste, a veces alegre… pero siempre amarga, de nuestra existencia. Y es que quién no ha querido que le arropen, quién no ha querido dominar una relación, quién no ha tenido que comportarse de una forma horrible para protegerse a sí mismo, o a los demás seres queridos… Quién, en definitiva, no se disfraza continuamente. El misterioso hombre que viaja en limusina toma, inconscientemente, las decisiones a las que cada uno de nosotros debe enfrentarse cada día. A él le dan una carpeta con lo que tiene que hacer, con cómo debe actuar. Es, sin duda, el archivo de las situaciones a las que tenemos que encararnos cada día: un jefe estúpido, una pareja exigente, una sociedad que nos aliena…

Decíamos que la película removía en dos fases. La segunda es, sin duda, la más contundente. Es esa en la que fotogramas del film vienen a tu mente cuando estás hablando con alguien, cuando llegas a casa, cuando estás a punto de dormirte. Situaciones que nos devuelven imágenes de viejas, asesinos, abuelos, amantes…. Un momento concreto, y revivimos al misterioso hombre de la limumina. Porque somos conscientes de que estamos fingiendo, actuando. De que no somos nosotros mismos. Y el problema, y grave, se nos plantea cuando teneos que dar cuerpo a nuestro propio yo. ¿Quienes somos, entonces? Si no somos la vieja, el amante, el asesino…. ¿Quienes somos? Alguien que, simplemente, debe ponerse una mascara de camino a casa. De camino a la vida. Un rostro inexpresivo que esconde tantas personalidades como situaciones lo requieran. Tal vez, incluso, con múltiples muecas.

Holy Motors merecerá un análisis en profundidad, esta vez de la mano de Manu Argüelles.

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Holy Motors

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. [...] en territorios arriesgados pero que en último término acababan reculando. No es el caso de Holy Motors, por supuesto, cinta que merece un capítulo aparte. Tampoco podríamos decirlo de John dies at the [...]

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