The Wall (Die Wand) y Chained

Por Arantxa Acosta

The Wall (Die Wand. Austria-Alemania, 2012). Director: Julian Roman Polsler. Oficial Fantàstic Competició

Chained (EUA, 2012). Director: Jennifer Chambers Lynch. Oficial Fantàstic Competició

Nunca dejará de sorprendernos la habilidad que tienen en el festival de Sitges de programar en un mismo día películas tan esperadas como Cosmopolis, que podríamos definir como la esperada vuelta a los orígenes de David Cronenberg (mirando atrás desde la sabiduría que proporciona la madurez), hasta bazofias varias como el más que prescindible remake de ¿Quién puede matar a un niño? (Chicho Ibáñez Serrador, 1976), titulado ahora Juego de niños. En cualquier caso, en este texto nos detendremos en dos películas que pudieron verse el martes y que tienen un clatro punto en común: la evolución psicológica de sus personajes.

The Wall ha sido muy muy criticada por la gran mayoría de su público por varios motivos: algunos lo dejan en que es lenta, otros que es inverosímil que en diez minutos aprenda a labrar el campo, y quizá los más acertados porque no aporta nada nuevo.

No obstante, desde aquí queremos reivindicar The Wall como una interesante reflexión acerca de cómo una persona vive y se enfrenta a una depresión de la que le es imposible salir.

Y es que nuestra protagonista nos da al inicio de la película una pista muy clara de lo que estamos viendo. Si no le pretamos atención, pensaremos que las imágenes de la pantalla son precisamente lo que se muestra: una mujer atrapada en un refugio en las montañas tras unos muros de cristal infranqueables que aparecen de repente. Al otro lado, personas congeladas, muertas, inaccesibles. En su lado, en su celda particular, ella convive con varios animales: un perro, propiedad de lso dos amigos con los que había subido a la cabaña, dos gatos, una vaca… y poco más. Dos años de la vida de esta mujer que inicia su exilio desesperada y que poco a poco ecuentra la forma de relajarse y convivir con su particular pesadilla.

Pero decíamos que nos da una pista. Nos dice, como de pasada, que ya había pasado antes por la misma situación. ¡Ah! Qué gran momento. Sabemos así que todo lo que vemos está en su mente, y nos fijamos en pequeños detalles que nos corroboran que esa vida en las montañas no es real, como por ejemplo que nunca veamos las caras de los pocos humanos que también aparecen en el film, a excepción del de una mujer, congelada, muerta, que está sentada en una silla mirando al infinito. Como lo debe estar ella… ya que nos la imaginamos en el centro de la sala de un psiquiátrico. ¿Sufre una depresión? ¿Es esquizofrénica? ¿O tal vez intenta superar una tragedia? Los acontecimientos nos hacen pensar más bien lo último (el ataque al hombre que mata a  sus animales de compañía, cómo le afecta la muerte de su gatito son algunos ejemplos. Pensando quizá demasiado podemos pensar en que la atacaron, o en que perdió a su marido, hija).

Así, ella se siente aislada, o mejor dicho se aísla ella sola del mundo que la rodea, llegando a un punto en el que no sabe salir del pozo en el que su mente ha caído. Pero no está todo perdido, porque poco a poco va adaptándose, va saliendo de los peores momentos: deja de tener miedo, se adapta. Esto lo vemos claramente reflejado con la ropa que lleva: al inicio, sale a pasear con zapatos de tacón por un camilo lleno de chinas. El estado mental le pilla por sorpresa, no quiere estar ahí, y no sabe qué hacer para remediarlo. Sin embargo, en lugar de luchar, se resguarda en sí misma (al encontrarse con el muro simplemente vuelve a casa a dormir, esperando que al día siguiente haya desaparecido).

Así que The Wall, el muro que la separa del resto del mundo, se convierte finalmente en su refugio mental, en el que se siente protegida (se adapta bien al entorno: aprende a cosechar sus alimentos, a cazar…) y con el que finalmente no querrá luchar. En definitiva, una reflexión básica sobre la autodestrucción que nos convence y cuyo único “pero” es que consideramos no es un film “carne” de Festival de Sitges, así que no nos extraña que se haya abucheado. Pero, repetimos, el film es interesante, muy interesante y recomendable, si se  sabe qué se va a ver.

The Wall

Tras The Wall, y algunos improperios varios, llega Chained, el último film de Jennifer Lynch, más alejada de su padre que el Brandon Cronenberg que disfrutaremos sobremanera al día siguiente (pero no adelantemos acontencimientos), que demuestra también ser capaz de emocionarnos con otro film cargado de reflexiones que rozan el psicoanálisis.

Chained nos plantea la difícil situación de “Conejo”, un niño secuestrado junto a su madre por un psicópata que decide dejarle vivir con él siempre que cumpla con sus necesidades básicas: ponerle el desayuno, abrir la puerta cuando traiga a una mujer, limpiar la sangre tras matarla, etc. Más de diez años pasa “Conejo” encadenado, hasta que se gana la confianza de su secuestrador, o más bien hasta que éste se da cuenta de que si quiere dejar algún legado en este mundo, “Conejo” es su única oportunidad. Así que le desencadenará, le dará libros para leer, le enseñará cómo asesinar a la mujer que él mismo escoja… le hará del padre del que le privó.

Chained consigue sumergir al espectador desde el minuto uno, gracias a una simple pero efectiva puesta en escena (básicamente la película transcurre entre las paredes de la casa del psicópata),  en la desesperación no sólo del niño, sino de todas las mujeres que pasan por el infierno de Bob, el taxista psicópata.

Y no sólo eso, sino que (al contrario de Maniac, por mucho que nos duela) también consigue que sintamos el dolor del asesino (efectiva escena en la que sueña con los maltratos que pasaba de niño). Entendemos que la cadena física se convierte forzosamente en mental entre ellos dos: el asesino lo es por el trauma que le ha dejado tener una infancia violenta. El niño, a su pesar, sigue sus mismos pasos, y ya no conoce mejor vida. Uno ya no puede vivir sin el otro, el adulto porque se ha acostumbrado a tener al niño a sus órdenes (de forma similar que él estaba de su padre),  el menor porque éste es el único referente que ha tenido para madurar. Están encadenados de por vida, sin saber actuar por separado. Así que el surgimiento del sentimiento padre-hijo es natural: se necesitan mutuamente.

Y es entonces cuando llegamos a un punto de la película que destroza este natural aunque siniestro vínculo. Y es lo que no nos encaja, porque no lo vemos obvio. La heroicidad de “Conejo” debería haberse perdido desde el momento que le ponen una cadena en el tobillo. Así que a partir de aquí, todo lo que la directora escribe para su película es un desastre incluso mayor que el tsunami de Lo Imposible. Aún así, es interesante su visionado, aunque sólo sea para hacernos dar cuenta de lo terrible que puede resultar la mente humana, y de lo que consigue, o no, olvidar en casos extremos.

chained

Chained

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] quien ya ganó la Maria en la edición del 2008 con Surveillance, volveremos a saber de ella con Chained. También otro pasado ganador de la Maria, el canadiense Guy Maddin volverá a fascinarnos con […]

  2. [...] de Maniac(13) (William Lustig, 1980), el asesino misógino y maltratado por su familia de niño de Chained (Jennifer Chambers Lynch, 2012) que sentía la necesidad de dar amor, a su manera, a “conejo”, [...]

  3. [...] de premio en el pasado festival de Sitges 2012 (premio que se llevó Vincent D’Onofrio por Chained – Jennifer Lynch, 2012). El actor es capaz de hacernos cuestionar nuestras propias creencias [...]

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