La mia classe, Miele y Zoran, il mio nipote scemo

Por Jose Cabello

La mia classe (Italia, 2013). Director: Daniele Gaglianone

Secchi (Italia, 2012). Director: Edo Natoli

Miele (Italia, 2013). Director: Valeria Golino

Zoran, il mio nipote scemo (Italia, 2013). Director: Matteo Oleotto

El jueves 21 de noviembre arrancó la sexta edición del Festival de Cine Italiano de Madrid, con Ángela Molina como madrina que entregó el Premio a Toda una Carrera al realizador italiano Marco Bellocchio. Al día siguiente, viernes, dio comienzo la agenda de proyecciones abriendo boca con el documental sobre la vida de Bertolucci, Bertolucci on Bertolucci (Walter Fasano, Luca Guadagnino, 2013), y el largometraje de Daniele Gaglianone, La mia classe, que contó con la presencia del director tanto para la presentación de su trabajo como para el posterior coloquio.

La mia classe se aproxima a la problemática de la inmigración en Italia aspirando a componer un retrato social a la vanguardia, usando la estructura de cine dentro del cine. De este modo, fija la cámara en una clase de italiano para extranjeros donde un incidente, a mitad de rodaje, está a punto de ocasionar la inflexión irreversible de la producción: el permiso de residencia de uno de los inmigrantes ha expirado y debe regresar a su país de origen. Daniele Gaglianone, parte del mismo kilómetro cero que la adaptación de Shakespeare de los hermanos Taviani, César debe morir (Cesare deve morire, 2012) y al igual que ellos, desafía las leyes del cine convencional con la decisión de introducir en el film la dualidad persona/personaje, un género mal apellidado como documental de ficción.

En el progreso del film los desaciertos en la temática de los diálogos entre profesor y alumnos evidencia la falta de delicadeza con la actualidad social, pues la figura del inmigrante carraspea lo dramático de su situación mientras, a codazos, se anuncia a bombo y platillo realidades desgraciadamente cotidianas que no afectan a grupos marginados en exclusiva. Visión neoburguesa. La falta de óptica derivada de ostentar un lugar acomodado, ambiciona a elaborar una lista de problemas tales como salarios precarios, contratación ilegal, abuso de poder o dilatados horarios laborales, para conseguir la atención de la sala, pero esta intentona queda tan obsoleta como el discurso de Moisés en la montaña. La nostalgia impresa en los sentimientos que transmite la clase,  sustenta un atisbo de sensatez al retratar lo más duro para un inmigrante: la ausencia de su familia y la distancia con su tierra.

La mia classe

La mia classe

Ambientado también en un colegio, Secchi, el cortometraje animado que acompañaba a La mia classe, erige una pequeña y bonita fábula sobre la constancia como única metodología para el progreso personal. En este contexto, se presentan tres niños, tres “secchioni” (empollón en italiano), rivales eternos por obtener la nota más alta de la clase en los exámenes finales. El conflicto aflora cuando, de repente, aparecen las respuesta a todos los exámenes y la ambición de cada uno de ellos fundará actitudes no tan divergentes entre sí, a pesar el odio que se profesan.

El sábado el festival volvió a apostar por la controversia de la eutanasia. Si el año pasado fue Bella addormentata (2012) de Marco Bellocchio, en esta edición es Miele la encargada de empujar a palestra la temática. El universo de Irene, la protagonista del film, se erige sobre elementos de artificialidad en un entorno ridículo que, viviendo en Italia, la lleva a comprar barbitúricos para perros en Méjico. No queda ahí lo heroico de la hazaña. El vuelo mensual tendrá como destino Los Ángeles, donde debe coger un autobús, cruzar la frontera para luego deshacer el camino cargada con la medicación que usará en los pacientes que decidieron contactar con ella para no seguir viviendo. Si la chica pusiera tanto énfasis en erradicar el hambre en el mundo como en su labor diaria, probablemente lo conseguiría. La magnitud entre acción-reacción guillotina cualquier intento de abordar Miele desde cualquier perspectiva posible pues Irene, que viaja con frecuencia debido a la naturaleza de su trabajo, inventa, sin propósito, historias sobre su hipotética vida ante amantes de una sola noche.

La moralidad emerge cuando, saltándose las normas, se adentra en la vida de uno de sus pacientes y advierte que su decisión de morir es fruto de la soledad vital. Otra regla incumplida. No obstante, obviando la frivolidad con la que la protagonista se deshace de esta cuestión, Miele ofrece una tierna visión de la amistad intergeneracional cuando ella se entromete en la casa de un anciano con el fin de cuidar de él.

Miele

Miele

El último día de la semana se proyecta Zoran, il mio nipote scemo, una comedia con tintes dramáticos ambientada en una región aficionada al alcohol, pues los habitantes se parecen más a los irlandeses de Grabbers (Jon Wright, 2012) que a los eslovenos de Zoran. Sobrino y tío, juntos por circunstancias del destino y sin apenas conocerse, recorren todos los lugares comunes de las relaciones iniciadas por interés que, pasado un tiempo, devendrán en un vínculo más fuerte nacido del afecto real. Ambos personajes causan el peor de los sentimientos, la indiferencia, al caricaturizar al extremo unos roles predefinidos sin margen de acción que auguran cada minuto de un film previsible, calcado de una lección de guión, giros incluidos, de primer curso.

Zoran

Zoran, il mio nipote scemo

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