Confesiones de Roman Polanski y Lore

Festival de cine Judío 2013: Identidades. Por Arantxa Acosta

Confesiones de Roman Polanski (Roman Polanski: a film memoir). Director: Laurent Bouzereau. Reino Unido, 2011. Documental

Lore. Director: Cate Shortland. Alemania, 2012. Ficción

Educación judía, educación alemana. Sufrimiento judío, odio alemán. Miedo alemán, poder judío…

Si en algo está acertando el Festival de cine judío en esta ya su decimoquinta edición es en combinar películas en las que los matices, la ambigüedad inter y entre bandos, genera a veces rechazo, a veces comprensión en el espectador.

El film de inauguración Hannah Arendt (Margarethe von Trotta, 2012) ya nos mostraba el episodio de la vida de la famosa pensadora durante el que peligró su bienestar personal, al defender que Adolf Eichmann no era más culpable de ser un asesino que de ser un burócrata sin ideas propias. Ahora, el primer día de proyecciones del Festival nos invita a conocer de cerca dos identidades a priori opuestas pero que, sin embargo, comparten el miedo, el sufrimiento, y la duda que seguro cualquier ser humano vive en momentos así de extremos.

Confesiones de Roman Polanski

Confesiones de Roman Polanski no pasaría de ser un documental demasiado convencional, e incluso algo aburrido (poco más hay que el plano-contraplano de entrevistador y entrevistado) de no ser por dos factores clave. El primero, por supuesto, es que el objeto de la entrevista es el famoso cineasta, objeto de admiración y desprecio a partes iguales, pero siempre diferenciando al aclamado director del alocado hombre. Además de conocer desde su propia perspectiva y recuerdos lo amargos que debieron ser sus días en el gueto, se repasa en el documental la vida del director, desde el desarrollo de sus films (y cómo pudo pasar de ser un fugitivo a uno de los mejores directores vivos)  hasta sus sentimientos respecto atrocidades tan duras como fueron el asesinato de su segunda mujer en manos de “La Familia”, fundada por Charles Manson, y, cómo no, sus escándalos más sonados.

La parte más interesante del documental radica en escuchar al director hablar de la década de los treinta y cuarenta. Porque si algo hiela la sangre al oír las palabras de Polanski sobre sus días durante la Segunda Guerra Mundial es ver cómo, de una forma muy humilde, el director enseña a su amigo Braunsberg cómo se monta una bolsa de papel. Simple, y efectivo. Y es que estamos viendo cómo ROMAN POLANSKI era obligado a permanecer en una fábrica durante horas, en lugar de pasar su infancia en el colegio.  Quizá sea este momento el mejor captado (aunque seguramente sin desearlo conscientemente) de todo el documental: la sencillez del encuadre fijo que se limita a filmar a un famoso y admirado personaje, real, que se desnuda ante la mirada de un observador que permanece incrédulo ante la verdad. Es el momento del “famoso hundido”, en el que nos podemos sentir plenamente identificados, ya que podríamos haber sigo alguno de nosotros o nuestros familiares los que estuviésemos en esa fábrica: la maldad humana vista a través de alguien que bromea diciendo “al menos aprendí algo durante aquella época”. Pero, paradójicamente, lo más asombroso de todo es que, seguramente, si viésemos un documental con un superviviente explicando lo mismo, no nos llegaría tanto este momento. El famoso es capaz de radicalizar el mensaje, precisamente por su condición de humano conocido y admirado.

Roman Polanski

Confesiones de Roman Polanski

A partir de su experiencia en estos años atroces, sin duda los minutos más interesantes del film, el documental decae, y mucho, no sólo por su ritmo sino también por su interés y, más concretamente, por la posibilidad de poner en entredicho su veracidad y objetividad. Y es que tal y como introducía Octavi Martí i Coll, director adjunto de la Filmoteca de Catalunya, el director no ha tenido infancia, y eso, según cuenta, se hace evidente al hablar con él. Alguien que cuando se pone nervioso inventa historias para escabullirse. Alguien notablemente desequilibrado cuando se le intenta preguntar por temas que le molestan profundamente… En el documental el propio Polanski explica que su padre le llamaba mentiroso y, ¡ah! Con estas declaraciones, la sensación de que algunos pasajes que se narran no son reales, con el añadido de que parece que se quiere retratar la figura de un santo cuando todos sabemos que no es tal, provoca en el espectador el rechazo inconsciente de buena parte del film. Cuando uno intuye que no se dice toda la verdad, la posible reivindicación pasa a segundo plano, dejando, entonces, simplemente la idea de una vida que seguro no ha sido un camino de rosas, pero cuyo análisis se queda, sin duda alguna, en la superficie. Aun así, todo hay que decirlo, es muy interesante ver al director hablando de sí mismo tal y como lo hace.

Por otro lado, es una lástima pero no vemos conexión real entre sus películas y su vida, aparte de lo explicado sobre El pianista (2002), en la que Polanski incluyó muchas escenas sacadas directamente de sus propios recuerdos o de las historias que le explicaba su padre (un buen ejemplo es el de la lata de pepinillos, que personalmente nunca me había llegado a convencer en el film… siempre se aprende algo) y reconoce que, si pudiese ser enterrado con las bobinas de alguna de sus películas, sin duda sería con las del El pianista. Se hace difícil pensar que en films como Repulsión (1965, “película de encargo”, citando al protagonista) el director y guionista no haya trasladado sus propios miedos a la mente de la trastornada mujer.

Roman Polanski 2

Confesiones de Roman Polanski

Pero decía que había dos factores. El segundo es, también sin dudarlo, el concepto de “destino” que defiende Polanski. Y es que aún con las dudas que podemos tener del optimismo del que presume el cineasta, sí es cierto que acaba resumiendo su vida con una frase lapidaria: si no hubiese pasado por todos estos traumas, ahora no estaría felizmente casado y con dos hijos. A partir de aquí, el director reflexiona acerca de la existencia real del libre albredrío, cuestionándose si el ser humano no estará, realmente, conducido ciegamente hacia un futuro en el que las decisiones no son tal. En definitiva, un documental interesante para conocer al director pero con claras lagunas no resueltas.

Lore

Así que pasamos de la identidad de un famoso con claros problemas de personalidad por no haber tenido una infancia normal, a la de una adolescente alemana, Lore, que verá cómo sus cimientos educativos tambalean con la visión de una fotografía: cuerpos famélicos, desnudos y hacinados en una fosa común.

De Lore es destacable sobre todo que se trate del segundo largometraje para cine de Shortland (el primero fue Somersault – 2004). Aunque el metraje es excesivo al repetir ideas y conceptos que no se desarrollan más allá (una lástima, la verdad), es creíble si nos ponemos en la piel de la adolescente, y nos dejamos llevar sintiendo cómo ve ella un mundo que se desmorona al darse cuenta de que en este mundo no existen los extremos, blancos y negros. Primerísimos planos de bocas, mejillas, manos, pies… una forma de acercarnos a los personajes principales de Lore y Thomas, el joven judío que hará replantearse a la inocente chica si todo lo que sus padres le han explicado es cierto. Esos planos intimistas ayudan a introducirnos en una historia que, sin embargo, cuando quiere distanciarse (con mayor o menor intención) pierde al espectador. Y es que el mayor problema de Lore radica, precisamente, en lo difícil que se nos hace el identificarnos con la chica. Entendemos que se haya querido reflejar el estado mental de una niña que madura de repente por los acontecimientos que debe vivir, pero algunas escenas  se antojan fuera de lugar, debido, seguramente, a no estar bien interpretadas. No obstante, hay que reconocer que la actriz hace un excelente trabajo si tenemos en cuenta la complejidad de su papel. Más convincente, con una interpretación que se puede antojar simple pero que esconde un gran trabajo de contención, es el del chico que interpreta a Thomas, Kai-Peter Malina.

Lore

Lore

Flaco favor hace también una banda sonora con más ansias de dramatizar al extremo que enfatizar sutilmente los sentimientos de Lore y sus hermanos (por mucho que la firme Max Richter), pero ésta se ve compensada con el buen trabajo de producción. En cualquier caso, el punto de vista alemán del film (basado en la novela The dark room, de Rachel Seiffert), tan inocente como la visión de una adolescente, es muy interesante. Ver cómo sufren las familias que durante años han apoyado a su Fürher, ciegos de fervor patriótico, nos demuestra que sufrimiento hubo en los dos bandos y nos recuerda, cómo no, al mensaje de Hannah Arendt y el desarrollo de su teoría sobre “la banalidad del mal”. Lore es por tanto un film disfrutable que deja un buen sabor de boca aunque sea no tanto por el film en sí sino por habernos descubierto a algunos de nosotros a Cate Shortland.

Lore 2

Lore

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