La ville Louvre y 10è chambre, instants d’audiences

El espectador voyeur Por Arantxa Acosta

“Nos hemos convertido en una raza de mirones”.La ventana indiscreta (Rear Window, Alfred Hitchcock, 1954)

La ville Louvre (Francia 1990). Director: Nicolas Philibert

10è chambre, instants d’audiences  (Francia, 2004). Director: Raymond Depardon

¿Dónde reside el éxito de los realities? ¿Qué es lo que tienen que nos engancha, aunque ni el tema, ni las personas que aparecen sean de nuestro agrado? Quizá, simplemente, su gran baza es que sabemos que lo que está pasando es real… y que se nos permite verlo, como si detrás de una verja, en otra habitación, lejos sin que se nos pueda ver, nos encontrásemos. Nos convertimos, como el nombre que se le puso al primer reality que llegó a las pantallas españolas, en el Gran Hermano que ya auguraba George Orwell en su visionaria novela 1984 (publicada ya en 1949).

Por otro lado, cuando un documental se nos presenta objetivamente, sin sentimentalismos asociados ni pareceres por parte de sus protagonistas, o sin tan siquiera efectos aportados por el director que pudiesen hacer decantar hacia un lado u otro la opinión del espectador… ¿Qué busca el autor, entonces? Por supuesto, no es ajeno a él que su obra puede provocar rechazo y entusiasmo a partes iguales, por el simple hecho de dejar que la cámara y su posición sea el único “obstáculo”/instrumento entre las dos realidades, la que se muestra y la traducida por el ojo del espectador. El problema, o no, es que el documental es tan aséptico que puede verse despojado de cualquier autoría, porque el director nunca será recordado por su trabajo, básicamente porque el espectador, inconscientemente, puede acabar por atribuírselo como propio, sin poder quitarle completamente la razón en esta afirmación.  Y aunque esta reflexión pueda considerarse muy radical (porque lo es), no deja de ser verdad que, por tanto, al igual que los realities, el efecto de este tipo de documental puede ser muy distinto en cada espectador. Algunos serán ensalzados, otros masacrados, y la mayoría olvidados. En esta crónica hablaremos de dos documentales en los que sus respectivos directores ha querido mostrar con esa mirada objetiva de la que hablamos el tema a presentar, y como buen espectador, disertaremos sobre cada uno de ellos analizándolos desde las dos perspectivas posibles, para intentar comprender el por qué de su realización.

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La ville Louvre

La ville Louvre se inicia dejándonos entrar en el espectacular museo de noche, cuando se encuentra cerrado al público.

Cámara en mano se nos invita a subir a la luz de una linterna las escaleras que nos llevan a retratos casi atemporales, que nos miran temerosos, severos o con bondad. Excelente forma de darnos la bienvenida al Louvre.

A partir de aquí, lo “único” que haremos será seguir a los empleados del museo. Conoceremos a los nuevos vigilantes, a los comisarios y preparadores de la exposición del momento, a los limpiacristales, a los restauradores… siempre cuando el museo está cerrado. Así, por un lado, el documental nos muestra la belleza oculta de un museo que no sería tal sin el esfuerzo de los que hacen posible que sus cuadros, esculturas y objetos cobren vida, ya sea porque su trabajo sea el de  escogerlos para salir de su escondite y exponerlos ante los atónitos ojos de los visitantes; porque se encarguen de pintar las paredes con el adecuado color y tono para la luz que necesitará la pieza y que seguro resaltará sus bondades (no es menos hermosa la mirada que se nos permite hacer al pintor que no puede evitar pararse ante los cuadros que van a colgarse tras su trabajo que estos cuadros es sí); porque los cristales que protegen a las preciadas obras deben permanecer impolutos para permitir disfrutar de las obras en su máximo esplendor… Se prueba el sonido y el efecto en las piezas, se sacan fotos de las obras para que aparezcan en el catálogo con su mejor retrato…  Y Philibert remata su homenaje con primeros planos de algunos de los trabajadores del museo mirando directamente durante pocos segundos a la cámara, saliéndose del formato del documental, aquí sí, para establecer una conexión directa entre los héroes y el espectador, que se ha quedado maravillado al entrar en el museo, y sentirse parte de él de una forma muy distinta a la habitual.

Pero por otro lado, sin embargo, lo que el director nos ha dejado presenciar, con las mismas imágenes y formato, es la visión de ver cómo unos restauradores, por ejemplo, han perdido el nombre de las esculturas; vigilantes sin experiencia ni estudios, que no valoran lo que expone en las salas que celan y cuya única razón por estar ahí es sentirse importantes por unas horas al poder ponerse un traje; la Victoria alada de Samocracia siendo ignorada completamente; un trabajador pintando con spray una de las esculturas… aunque quizá lo peor, y más revelador, es ver a uno de los trabajadores explicando que “tenemos que demostrar que el museo es rico”, como respuesta a la pregunta a si es necesario abarrotar tantos cuadros en las salas, algo que, sí, es símbolo característico del Louvre.

Aparentar frente a dejar conocer la belleza única. ¿Más es mejor? ¿Cuántas obras, con el paso de los años, se abran confundido sin que ya nadie sepa enmendar el error? Y qué nos importa. La vida es tan engañosa como las miradas de los hombres de los cuadros del inicio del documental. Falsedad tras falsedad que se disimula tras los cristales recién repasados del Louvre. ¿Estamos entonces ante la exaltación “glamourosa” de uno de los museos más importantes del mundo o, todo lo contrario, se trata de la presentación de la cruda y burda realidad, demostrando que el museo no tiene nada de mágico, ni de fascinante?

Le toca al espectador decidir.

De las entrañas de un museo, a las de la sala de un juzgado de París con 10è chambre, instants d’audiences.

La premisa es similar a la del documental anterior: dejemos introducir dos cámaras, esta vez estáticas, en procesos judiciales reales. Dejemos que el espectador juzgue también lo que ve, sin trampas. En el caso de Depardon, sin embargo, sí parece que, desee que la balanza se acabe decantando hacia un lado en concreto, aunque es mucho más sutil que Philibert….

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10è chambre, instants d’audiences

Doce trozos de casos son escogidos para el documental, llevados todos por una misma jueza. Algunos de los acusados se representan a sí mismos, otro no. Algunos han cometido delitos menores, como hurtos o conducir bajo los efectos del alcohol, y otros son tan preocupantes como el de un enajenado que dispara un rifle en plena calle. Lo mas interesante sin duda, para todos ellos, es observar sus reacciones a medida que avanzan las alegaciones y se llega a la sentencia final.

Depardon decide incluir un mínimo de tensión adicional en su objetiva exposición (o al menos eso tenemos que creer, claro, al poder mostrarnos exclusivamente pequeñas partes de todo el juicio) al presentar de tres en tres o de cuatro en cuatro a los imputados. Primero, se expone el por qué están allá, para luego ser interrogados y finalmente haciéndoles volver a la sala para escuchar el veredicto del tribunal. Lo que observamos con envidia e incluso orgullo es el aplomo de la jueza, que sabedora del tipo de criminal que tiene delante, es capaz de mantenerse serena a la hora de dejarles hablar y expresarse como quieren y tienen derecho (por muchas tonterías que lleguen a decir), sin verse afectada a la hora de proclamar la objetiva resolución. Así, algunos casos de mayor relevancia que, desde nuestro desconocimiento, hubiésemos asegurado se merecían una pena mayor, son absueltos con poca pena, siempre ciñéndose a las pruebas y resultados del interrogatorio. Parece.

A la jueza la acompañan varios abogados que, quizá por comparativa, se nos antojan bastante inexpertos. Algunos por su forma de hablar, otros por las razones escogidas y expuestas ante el tribunal para declarar a su cliente inocente… En cualquier caso, cada vez que hablan, parece que la idea del director sea la de solemnizar la figura del juez. El justo, imparcial y solemne juez, sabio que no mezcla sus intereses ni sentimientos.

Pero varios aspectos no nos cuadran. En primer lugar, todos son culpables. Quizá, es posible, es porque son los casos que más manga ancha aportan al director. Lo aceptamos. Seguimos: la jueza se exalta cuando un acusado, sin levantar la voz ni nada parecido, le lleva la contraria (o mejor dicho, va preparado para su propia defensa habiendo consultado la legislación), o cuando se presenta ante ella una mujer tan despistada y con tanto carácter que choca directamente con la representante de la ley. El temor al resultado final se palpa en cada plano de los acusados, acabando por callar para no enfadar más a la persona que tiene en sus manos el resultado final. ¿Es este el tipo de justicia que tenemos, depender de si le caes bien o mal al juez para que el castigo sea mayor o menor? ¿Han sido estos casos seleccionados por Depardon para hacernos ver que la justicia nunca puede ser objetiva completamente si se sigue el sistema actual? Está claro cuándo a la jueza no le gusta la persona que tiene delante, pero lo que no está tan claro es si la condena final se ve afectada por ese sentimiento de rechazo, sentimiento que encontramos también de forma muy palpable ante los inmigrantes que tiene que ajusticiar (sin desperdicio el momento en que finge que no entiende lo que acaba de decir el acusado, simplemente para rebajarle y hacer patente su condición de sin papeles).

Así pues, igual que nos preguntábamos con La ville Louvre… ¿Es 10è chambre, instants d’audiences, un homenaje a la profesión o una crítica al sistema judicial? De igual forma: que el espectador sea el que decida.

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