Partes de una familia y J’entends plus la guitarre

Una casa. Una familia. Una cárcel. Por Arantxa Acosta

“Es mi mujer, padrino. ¡No la puedo matar!”El honor de los Prizzi (Prizzi’s honor, John Huston, 1985)

Partes de una familia (Países Bajos, México, 2012).Director: Diego Gutiérrez

J’entends plus la guitarre  (Francia, 1991). Director: Philippe Garrel

Antes o más tarde, en un momento clave de nuestra vida, irremediablemente una historia viene a nuestra cabeza: la de Peter Pan y el país de Nunca Jamás. Algunos la recuerdan con la nostalgia de aquél que se sintió libre una vez, pero ahora ya no lo es. Otros van más allá, y la convierten en el centro de sus obsesiones.

Ser niños. Poder volar. Nunca crecer.

Volver a tus sueños de juventud. Cambiar de vida. Romper con lo construido y centrarse de nuevo en uno mismo.

La madurez, el sopesar lo ganado frente a lo perdido, lo ya conseguido frente a lo que son únicamente pasadas posibilidades, es lo que suele hacer que se pierda de nuevo en la memoria la identificación con el tierno personaje. El supuesto sacrificio del yo individuo, normalmente ligado al establecimiento de una familia, queda atrás, volcándose en los tuyos. El problema aparece cuando esa pequeña idea de haber evolucionado en sentido contrario crece en tu interior…

Conocer al amor de tu vida que resultó no era tal. Dejar de hacer lo que querías en pro de compartir aficiones, recuerdos, cuando posiblemente los gustos e intereses comunes no eran tan vinculantes como parecía. Decidir limitarte a estar con tu pareja por “el qué dirán”, abandonando la concepción de que una vida en común puede implicar también un espacio personal. Escoger cortar con todo o sufrir en silencio, solo que, aunque no queramos reconocerlo, lo más seguro es que escogiendo este camino hagamos padecer también a los que nos rodean.

partes de una familia

Partes de una familia

Diego Gutiérrez decide retratar el caso de sus padres en Partes de una familia, alejándose todo lo posible de sentimentalismos y aportando una visión objetiva de la vida “en común” de sus progenitores. No obstante, a medida que avanza el documental es imposible no darse cuenta de la predisposición total a hacer de este film un homenaje a su madre, retratada como una gentil sufridora que ha tenido que vivir a la sombra de un poderoso hombre. Él, médico retirado empeñado en mostrar su cara más afable ante las cámaras, con un perpetuo “no pasa nada” que parece salir de su boca cuando es interrogado por la relación con la madre, evitando así responder de forma muy directa. Ella, recluida en una casa que se ha convertido en su santuario particular, está tan necesitada de compartir su frustración que incluso su comunicación no verbal duele en el alma, quizá por vernos reflejados en ella, quizá por darnos cuenta de que no queremos llegar a esa situación. Dos personas con un carácter completamente distinto que decidieron casarse, puede que precipitadamente. Una pareja joven, altiva y solvente que, en los tiempos que corrían, no pudo hacer nada para dejar de distanciarse. Es posible que a él ya le viniese bien. Es probable que ella no quisiera dejar la vida acomodada.

El director muestra la soledad de su madre de forma cruda, sin tapujos. Decide mostrarla casi siempre en primeros o primerísimos planos, preguntándole por una foto, un recuerdo, o sus propios sentimientos hacia el padre. La complicidad entre los dos, director y madre, se muestra a través del diálogo mantenido, y el director no necesita más que poner una cámara delante de ella para que ésta transmita lo que el hijo quiere: el dolor de ver cómo ha desperdiciado su vida. Pero Gutiérrez se obliga a sí mismo a mostrar el lado superficial de su madre: una mujer que llama por teléfono a la sirvienta para que le traiga más café; que proclama a los cuatro vientos que tiene mucha faena con la casa, cuando a lo que se dedica es a dar órdenes… una mujer a la que no le gusta su vida pero que no puede prescindir de ella. Una vida que se ha convertido en una jaula de oro, y de la que reniega constantemente focalizando el rechazo hacia ella en la forma de ser de su marido, cuando en realidad la mujer también debería ser consciente de su propia aportación, sus pequeños y constantes granitos de arena.

Para el padre, en cambio, decide buscar otra forma de hablar de él: consigue el apoyo de terceros para demostrarnos el peso que tiene en la comunidad, y no se nos escapa el pensar lo temerosos que todos los que le rodean habrán estado de él. Le filma recitando pasajes de sus propias novelas, o llamando a alguien para demostrar que tienen compañeros con los que poder hablar. Y, sin embargo, lo que el espectador recibirá es el impacto de que alguien hable durante gran parte de sus minutos de gloria en el film sobre el suicidio. Alguien que lo ha tenido todo, es incapaz de verse en esta vida ya sin un trabajo que le ayude a escapar de lo que es su nuevo día a día, una forma de pasar el tiempo sin una compañera que cada vez se le hace más difícil. Un eterno Peter Pan que ahora más que nunca recuerda el pasado, incluso más que su mujer, y no se enfrenta al presente, o al futuro. Una persona que tiene tal vacío en su interior que decide, como el habitante de Nunca Jamás, volar para experimentar miedo y felicidad, y volver a sentir lo que le recuerda sus años de juventud: libertad. Exceso y egocentrismo es lo que Gutiérrez guarda para el espectador sobre un padre que se nos antoja nunca estuvo demasiado preocupado por el hijo, sus hermanos y la familia en general.

El efecto de la pantalla partida, con uno de los padres hablando sobre el otro y con la imagen contigua vacía, sin la presencia del nombrado, resulta de una potencia emocional extrema: un mismo espacio y un abismo entre dos personas que ya se niegan a dar el brazo a torcer para reconciliar su vida juntos. El hijo, el director, ante tanta frialdad, no puede sino comparar la vida de sus padres con la leyenda azteca de Popocatépetl e Iztaccíhuatl: lo que una vez fue puro amor se convierte en silenciosos volcanes; uno de ellos, el del hombre, de vez en cuando recuerda su amor y se activa… y es que el amor nunca muere, y aunque sea difícil reconocerlo, es importante no renegarlo, como el pasaje que nos explican sobre el día del aniversario de bodas en el mismo año que se rueda el documental, cuando el marido decide regalarle unas flores de la iglesia en la que se casaron. Y ella no puede sino ponerlas en agua. El amor, ese complicado sentimiento que es incapaz de desaparecer del todo, pero tampoco de reaparecer como tal si no lo cuidamos.

Pero sin duda el mejor “personaje” de Partes de una familia es el de la sirvienta, Lore, que acompaña al matrimonio en la casa desde que fueron a vivir allá juntos. Una persona que, poniendo en una balanza qué quiere hacer con su vida versus lo que ha ocurrido al matrimonio protagonista y comparándolo también con la vida que tuvo con sus propios padres, decidió ser fiel al ama y a sus convicciones y no casarse, por “miedo a no ser una buena esposa”. Y, sin embargo, confiesa que el mejor sueño que ha tenido en toda su vida es cuando soñó que llegaba al altar… lo que consideramos fracasos, lo sean o no, siempre nos persiguen.

Lore habla de su infancia y lo poco que le gusta recordar el matrimonio de sus padres. Porque los hijos lo ven todo, lo sufren todo. Y Diego Gutiérrez, mirando atrás, ha sido capaz de enfrentarse a su pasado, queriendo hacer ver a su madre que sería mucho más feliz si se decide  a enfrentarse al mundo sin “su hombre”. O quizá ha querido demostrarle a su padre que en realidad algo de amor sí que hay, aunque sea un pequeño resquicio, entre ellos. En cualquier caso, Partes de una familia es dura en su planteamiento, obligándonos a hacernos pensar en nuestros padres y en nosotros mismos. Lo único reprochable al director y su documental es que no haya respetado la voluntad de sus padres cuando éstos le decían claramente que no incluyense en la película lo que acababan de decir. Porque el hacerlo recuerda a un reality sin escrúpulos, a un periodista que lo hace todo por la exclusiva… y deja mal sabor de boca, aunque para el espectador suponga perder los mejores momentos de cada uno de los entrevistados. Una pena porque es algo que arranca de un visionado que nos mantiene hasta esos momentos completamente absortos.

De la cruda realidad, la esencia de una relación rota, a la ficción etérea sobre el cuestionamiento del devenir de la vida, durante la famosa crisis de los cuarenta, que encontramos en J’entends plus la guitarre.

garrel

J’entends plus la guitarre

Philippe Garrel nos muestra aquí al eterno adolescente, iniciando el recorrido por su vida durante su treintena, pasando por el efecto que una mujer le produce en el resto de sus decisiones para finalmente acabar haciendo lo que seguramente le gustaría al padre de Partes de familia.

Garrel opta por filmar situaciones irreales de forma realista, centrando la evolución de su historia en varios personajes que representan los extremos de la personalidad humana: la mujer rubia, Marianne, el hilo conductor de todo lo que se irá aconteciendo ante la cámara, representa el egoísmo; Gerard, el hombre enamorado eternamente de Marianne es el niño que todos llevamos dentro y que él hace aflorar (o mejor dicho, nunca ha escondido), el Peter Pan de esta película que vive la vida sin pensar en las consecuencias, aprovechándose también de los demás casi sin darse cuenta, incluida su propia mujer, representación de la sentatez, la que pone la nota de realismo; el amigo es la razón, el que sopesa pros y contras pero sabe mantenerse distanciado; la amante de Gerard es la duda, la que busca en una irreal relación el soporte que le haga olvidar la suya propia… y, en cualquier caso, en todo los personajes, con el amor como telón de fondo, encontramos un punto individualista: todos necesitan de otros para sobrevivir. ¿No es esto, obviamente, lo que en fondo queremos todos nosotros?

Relegando la música a momentos concretos, J’endens plus la guitarre se presenta descarnada y directa pero a la vez romántica y abstracta en su planteamiento, recordando más a una obra de teatro que a una película por no explotar muchas de las técnicas que el cine ofrece, prefiriendo basarse más en los silencios de los protagonistas y apostando exclusivamente en los diálogos para reforzar las dudas internas de sus personajes, con conversaciones poco comunes sobre el planteamiento de la vida y el cómo vivirla. Planos cortos y elipsis temporales bien tratadas, permitiendo al espectador poder seguir bien la película y el momento temporal en la todo ocurre sin tener que hacerlo evidente. Simple pero efectiva y, tan contradictorio como su planteamiento, no obstante aséptica para el espectador, que se ve relegado a serlo en todo momento, sin poder identificarse con alguno de los personajes ni, en cierto modo, sentir la necesidad de saber qué pasa con ellos. La distancia creada con la forma escogida para explicar la historia se convierte en el peor enemigo de Garrel, y ni los primeros planos ayudarán a poder, o querer,  entrar en ella.

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] también… y, en este punto y a medida que conocemos más, haremos una conexión mental con Partes de una familia (Diego Gutiérrez, 2012), documental sobre una pareja mexicana que bien podría tratarse de la […]

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