Sacro GRA y La gran belleza

È solo un trucco. Por Laura del Moral

«Uno no sale; es un error.

Por otra parte, uno no puede salir, pero es porque no sale.

Uno no sale porque cree que ya está fuera.

Si uno supiera que está encerrado,

tendría al menos deseos de salir.»André Gide.

Sacro GRA (Italia-Francia, 2013). Director: Gianfranco Rosi

La gran belleza (La grande bellezza, Italia-Francia, 2013). Director: Paolo Sorrentino

Hablar de cine italiano, hablar de Italia, supone recordar algunos de los mejores años de mi vida, esa Italia en la que tanto me adentre y al mismo tiempo en la que nunca deje de ser una turista,  lo cual me otorgó una visión concreta y subjetiva de este país -la de mis experiencias- pero también anhelé ampliar todo aquel ensueño en el que me sumergí y me apropie de la de Bertolucci, Pasolini, Rossellini, Fellini, De Sica y otros tantos que han mostrado aspectos muy diversos de un país tan lleno de matices. La Italia marginal, la mística, la burguesa, la de las mujeres, la decadente, la teatral… Roma, ciudad abierta (Roma, città aperta, Roberto Rosselini, 1945) se erigió como el pilar fundamental de un movimiento estético de fuerte contenido testimonial al que poco después se rotuló como Neorrealismo y que se acabó convirtiendo, a pesar suyo, en una corriente y hasta en una moda. En Celuloide (Celluloide, Carlo Lizzani, 1996) la Anna Magnani de ficción “reaparece” reencarnada en la actriz Lina Sastri, para decirle a Rossellini-personaje: ”tú quieres hacer un film documental de lo que ocurrió pero hay actores profesionales, y los diálogos son de ficción” poniendo de manifiesto una de las contradicciones ocultas que llevaba implícito el Neorrealismo como intento, un riesgoso equilibrio, una rara mezcla que, con el tiempo, marcaría las limitaciones de una corriente que, se había consolidado con rasgos propios.

Sacro Gra

Sacro Gra

Hay un retorno a aquel importante movimiento cinematográfico en Sacro Gra mediante una exposición de la realidad y una crítica social, a través de los personajes que pueblan esta autopista en forma de anillo que circunvala Roma (Grande Raccordo Anulare), nos adentramos en las pequeñas historias cotidianas de sus vecinos como si estuviéramos de alguna manera irrumpiendo en Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino.

Habitantes anónimos que sobreviven a cada día, relatos costumbristas de la Roma más olvidada, retratados en una versión urbana.

Una película impulsada en una historia tras otra ofreciéndonos una visión de la pobreza, la marginación, la aristocracia venida a menos; una propuesta tragicómica inherente al comportamiento, apariencia y existencia de estos personajes que ofrece una perspectiva alternativa de la ciudad, lejos de esos lugares de postal de la Roma más turística.

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Sacro Gra

Ya en los años 50 se empezó a vislumbrar la decadencia del Neorrealismo, con la nueva Italia, montada en la industrialización, parecía que ya no había lugar para este tipo de cine. De pronto hay una burguesía en alza que ha renovado la sofisticación de la Vía Venetto y varios cineastas que, lejos de la documentación, intentan plasmar una estética atrevida, con rasgos expresionistas y cierta irrealidad, Federico Fellini arremete en 1959 con una monumental obra pautada por alusiones socioculturales y símbolos: La Dolce Vita, con toques grotescos se destilan trazos de cierta ironía y costumbres del paisaje urbano, un fresco de la decadencia burguesa en los placeres y vicios de Roma. Hay una nutrida influencia de este universo de Fellini en La Grande Bellezza), como inspiración y como homenaje. El Guido Anselmi de Fellini, ocho y medio (8½) (Otto e mezzo (8½), Federico Fellini, 1963) toma cuerpo en Jep Gambardella (Toni Servillo), la indecisión, la falta de ganas o de inspiración para encontrar una solución a esa angustia insondable que aparece cuando no se vislumbra el camino para articular alguna idea potente para crear, en este caso para escribir un nuevo libro. Acompañado por esta sensación, el escritor divaga melancólico entre esa belleza de Roma, quizá efímera, superficial, vacía, vulgar, hinchada por el botox y las palabras inútiles que hacen eco en las bocas decadentes de la burguesía romana, aburrida y arrastrada hacia ninguna parte.

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La Dolce Vita (izquierda) y La gran belleza (derecha)

Un discurso fílmico alucinado con un lenguaje que prescinde en muchos momentos de la representación de la realidad e instaura una compleja alquimia a través de la cual reelabora una mitología personal y colectiva de Roma. Un vaivén en el que van apareciendo los fantasmas del pasado, los amores imposibles, la banalidad de su propia existencia, el rumbo perdido, la decadencia: cultural, social, religiosa y política, la desgracia y el hombre miserable que trató ser el rey de los mundanos y acabó deambulando por el Lungotevere en una apartada y serena ociosidad.

La Gran Belleza es el territorio del tiempo perdido, de la inactividad gozosa, la incitación y las paradojas de una vida dirigida a lo imprevisto, o de otra definida por la monotonía y la repetición…

Que acaso puedan ser la misma. Una oda, un lamento, un aria de hastío romántico en donde hay lugar para la extravagancia moderna, un retrato épico de un hombre y una ciudad, elegante, provocativa, hermosa, divertida y una grande tristezza. El amor, el sexo, la muerte, el arte, la soledad, la reflexión, emergen de las profundidades de esa Roma que se perfila al mismo tiempo grandilocuente y mundana.

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Las distintas caras de la misma ciudad se prolongan en el tiempo, la Roma que nos mostró Rossellini, la que creó Fellini, la Roma de otros cineastas, la que han retratado Rosi y Sorrentino, más de 50 años de diferencia, y los mismos miedos, las mismas máscaras, los mismos invisibles, los mismos errores y posiblemente el mismo destino.

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