Byzantium

El egoísmo del hombre vs. su finita felicidad Por Arantxa Acosta

“Una familia... feliz”Lestat (Tom Cruise) en Entrevista con el vampiro (Interview with the vampire, 1994)

Revisionar Entrevista con el vampiro fue, sin duda, una de las peores cosas que pude hacer antes de venir a Sitges para prepararme el esperado regreso de Neil Jordan al género. La fuerza del guión que firmaba la propia Anne Rice, autora de la saga; la interpretación de un Tom Cruise que demostró, otra vez, aquí de una forma totalmente alejada de su imagen habitual que no era sólo un niño bonito; la banda sonora, omnipresente y perfectamente fusionada con el metraje, una inusual complementación de cada nota encajando con cada fotograma… El listón estaba alto para el propio Jordan, sí.

Esta misma sensación de decepción absoluta se puede evaporar si tomamos Byzantium no como (otra) historia de vampiros, sino como una reflexión acerca de la extraña vinculación que sentimos con la familia (sangre de mi sangre).

O sobre el poder que nuestro propio egoísmo ejerce sobre las decisiones más trascendentales de nuestro futuro, e incluso sobre la forma con la que nos  comportarnos con los demás cuando se trata de nuestro propio bienestar… Pero sobre todo sobre la “eternidad” y las devastadoras consecuencias que puede tener en el ser humano la prolongación de su vida. No en vano uno se hace la pregunta, tras ver la película, de si una esperanza de vida de más de ochenta años es, en realidad, una maldición. Sobrevivir a los seres queridos, malvivir con el único fin de sobrevivir. ¿Merece la pena? Así que llevándolo al extremo: ¿Por qué querríamos que alguien viviese “eternamente”?

Simplemente, para acompañarnos. Para no sentirnos solos. Para sufrir juntos.

Aunque seamos infelices.

Porque nuestro egoísmo prevalece incluso sobre nuestra visión de una buena para uno mismo y para los demás, si eso significa renunciar a nuestros intereses.

Byzantium

Soledad y Eternidad, ligadas a otra recurrente preocupación humana: la existencia del destino. ¿Por qué soy así, por qué elegí esta profesión, esta forma de ganarme la vida? ¿Lo escogí yo, o me vi condicionado a ello por mi entorno, por las circunstancias? Y, lo más importante: Si pudiese cambiar mi vida, ¿podría hacerlo, o estoy destinado a repetir mis errores o, en todo caso, a repetir lo que parece se me da bien?

Jordan consigue con Byzantium un film quizá demasiado tradicional en su forma (el montaje presente-pasado-presente lo hemos visto demasiado ya en este tipo de relatos, y más en televisión, desde el Buffy Cazavampiros o Angel de Joss Whedon hasta la reciente True Blood de Alan Ball) pero a la vez sencillo e incluso poético en muchas ocasiones, recordándonos los mejores tiempos del director. Bellísimas son las imágenes del puente que traspasan varias veces los protagonistas, un puente utilizado a lo largo de toda la película por el director como símbolo que nos ayuda a identificar que debemos avanzar para cambiar, para evolucionar. El uso de los distintos niveles y espacios en el hotel Byzantium, que servirán para emplazar también, subconsciente conexión mental por parte del espectador, presente y pasado, penurias y alegrías. Completos diálogos que se desarrollan exclusivamente en nuestra imaginación, traduciendo la expresividad que rezuma la potente mirada entre dos personajes. Planos en los que la acción secundaria, al fondo del encuadre, es tan importante como la del marco principal. Una música igual de cuidada que la de Entrevista con el vampiro. Pequeños detalles que demuestran que Neil Jordan sigue manteniendo un toque especial.

La profundidad del personaje principal, Eleanor, interpretado por la jovencísima y siempre convincente Saoirse Ronan, que dota a la vampiresa del cansancio por la vida que sólo los años te aporta, sin renunciar a la vitalidad que un cuerpo joven puede sentir, sobre todo cuando los sueños están al alcance de la mano, acompañada por el que puede ser su antagonista, Frank, un joven enfermizo tan apartado de la sociedad como Eleanor por distintos motivos (la soledad que nos convierte en “criaturas de la noche”, ajenos a los convencionalismos y a la aceptación por parte de una sociedad que nos aparta si somos “diferentes”), una interpretación de Caleb Landry Jones (que ya nos dejó fascinados en Antiviral - Brandon Cronenberg, 2012 – el año pasado también en Sitges) que provoca en el espectador una ternura desafiante, y que se presenta como el compañero de reparto perfecto para Saoirse.

byzantium_Jordan

Así, si Eleanor representa el raciocino del hombre, Frank es la bondad humana que aún queda en el mundo, y que sin embargo parece abocada a extinguirse, a no ser de recibo por el resto de sus congéneres. Una triste metáfora sobre los intereses humanos y la necesidad de adoptar las reglas del juego, en este caso del inframundo, para no verse pisoteado por los demás. Y siguiendo con la identificación de cada vertiente de la personalidad de un hombre, el capitán Ruthven, el que destrozará la vida de la madre de Elanor, Clara, es todo lo contrario, la representación del mal en estado puro; Clara es la practicidad que a veces nos es necesaria para responder a la recurrente pregunta ¿qué hago aquí?; y Darvell, el soldado que conocerá Clara, es claramente la representación de la duda y los remordimientos que también nos asaltan en el transcurso de nuestras vidas. Cinco personajes que en realidad son uno único: las etapas por la que cualquier ser humano pasará durante la “eternidad” que es su existencia.

El concepto de la creación del vampiro, concebido aquí como una fuerza oculta cuyo disfrute no tiene que ver con la participación de otro vampiro (exceptuando el conocimiento de dónde encontrarla) es también interesante: nuestro futuro, quizá con ayuda, nos lo tenemos que labrar, sin excepciones. Enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestros miedos y fantasías más ocultas es lo que nos ayudará en nuestra transformación, si es lo que deseamos. Pero el destino, nuestros genes, o lo que quiera relacionarse, estarán siempre ahí para limitar nuestra existencia. El ejemplo más evidente lo encontramos representado con la madre de Eleanor, Clara: vendedora ambulante secuestrada por un soldado en su juventud y obligada a ejercer de prostituta, tras cientos de años sigue explotando su sexualidad para conseguir su objetivo: vivir. Pero, ¿a qué precio?

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Las coincidencias con Entrevista con el vampiro no nos son ajenas, como si el propio director no hubiese podido desligar las dos películas de una base conceptual similar (igual que el destino nos hace reencontrarnos con escenas pasadas, con ideas preconcebidas, tal y como se muestra en los dos films). Ahí tenemos el sufrimiento de Eleanor, en su caso – no como el de Louis – no por ser incapaz de arrebatar una vida humana (aunque siga un código, cual Dexter Morgan) sino por su necesidad de dar a conocer su condición de vampiro, de redimirse para con su antigua vida humana, que sigue sintiendo como propia. Una chica esquiva, con una vida personal más que turbia, que podemos identificar tranquilamente con una adolescente que ha sabido evadirse de sus problemas (como el de reconocer el trabajo de su madre, por ejemplo). Este paralelismo con la realidad más absoluta es el que hace de Eleanor y Byzantium un personaje y film absorbente, aunque se nos haya explicado mil veces una historia si no igual, muy similar, siguiendo igualmente un formato muy simple (y seguro que también disfrutando de un presupuesto muy alejado a otros films de un Jordan en alza). En este punto la verdad es que Jordan se nos antoja “añoranza”, si pudiésemos calificarle de algún modo. Porque no dejamos de pensar en un director que se encuentra ahora aislado, tras años de “vagar” por el séptimo arte, y con el único consuelo de recordar el tiempo pasado, que explica su historia igual que las hojas del diario de Eleanor lanzadas al vacío, sabedora de que nadie se interesará por ellas, de que nadie la creerá, por muy ciertas (o buenas) que sean.

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Pero quizá el elemento más turbador de Byzantum, incluso más que la relación entre Eleanor y Frank, sea la uña de los vampiros. La uña que pudimos ver a Lestat, en ese caso de metal, y que utilizaba para desangrar a sus víctimas, se convierte ahora en objeto fantástico y aterrador: la uña como elemento diferenciador, como símbolo de justicia para decidir sobre el devenir de los demás bajo el propio criterio de los “elegidos”. Si nos fiamos de ellos, bien. Si no… Una uña que distingue al enquistado grupo de vampiros que se creen en poder de decidir sobre el devenir de su descendencia basándose en tradiciones anticuadas. Imposible no pensar en el entorno político de nuestros días: el consejo de vampiros que decide que una mujer no puede crear a otro vampiro; el integrante que decide revelarse contra esa decisión y escindirse creando su propia rama, pero dejando por el camino a uno de sus miembros más valiosos, aunque se le ha dicho desde el principio que no sería así (un punto bastante mal cerrado, por cierto)… Las cosas nunca salen como uno desea.

Por tanto, el director tiene entre sus manos un buen material, que en ocasiones sabe explotar a la perfección, y unos actores principales que sorprenden por su identificación con el personaje. Alta calidad venida abajo por un montaje poco atrayente y unos efectos especiales que expulsan al espectador de la historia al no sentirse capaz de seguir absorbido continuamente por el film,  simplemente por venirle a la mente lo horrorosos que son algunos de estos efectos (lo del paisaje con las cataratas “ensangrentadas”…). Incluso lo que podría ser un acierto, la contratación de actores con gran bagaje, se convierte en craso error: Jordan se rodea de varios actores británicos de renombre, o como mínimo conocidos, para su Byzantium. Personajes que no evolucionan, incluso demasiados sin saber exprimirles correctamente por falta de contenido, como si hubiese tenido que dar migajas a todos ellos como un favor personal. Destaca la figura del profesor de Eleanor (Tom Hollander), pero su cierre es tan precipitado como poco explotado (una escena que podría haber sido de las mejores y más tensas de la película). Así que Byzantium funciona como tv movie de alta calidad, y muy bien, pero se queda corta en la gran pantalla. Una lástima, porque ideas no le faltan y, repetimos, hay momentos verdaderamente brillantes. Cualquier plano que “enfrente” a Caleb Landry Jones y Saoirse Ronan es un verdadero disfrute, y en especial su encuentro en el restaurante y su posterior despedida en el citado puente. Porque siempre podremos coincidir con alguien durante esa travesía que es nuestra vida. De nosotros depende que queramos que nos acompañen o no, para bien propio o para mal ajeno.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] últimos años ha sabido escoger films tan interesantes como Antiviral (Brandon Cronenberg, 2012), Byzantium (Neil Jordan, 2012) o Tom à la ferme (Xavier Nolan, 2013). Y lo encontrado, no […]

  2. […] simultáneamente en cines y plataformas VOD: Los canallas (Les salauds, Claire Denis, 2013) y Byzantium (Neil Jordan, 2012). Poco a poco, este hecho ya no resulta tan inusual y de la misma manera que se […]

  3. […] y La danza de la realidad,  Peter Greenaway y Goltzius & The Pelican Company o Neil Jordan y Byzantium, sin olvidarnos de Upstream color, la nueva película del director de Primer (2004), Shane Carruth, […]

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