Jack Goes Boating, American Promise y Short Term 12

Una bofetada de realidad: la eficacia de lo cotidiano Por Arantxa Acosta

"Somos iguales. Todos sentimos dolor, todos tenemos caos en nuestras vidas. La vida es muy muy confusa, lo sé. No tengo respuestas pero sé que si lo sacas fuera te sentirás mejor"El profesor (Detachment, Tony Kaye, 2011)

Jack Goes Boating. EEUU. 2010. Director: Philip Seymour Hoffman

American Promise. EEUU. 2012. Directores: Joe Brewster, Michèle Stephenson

Short Term 12. EEUU. 2013. Director: Destin Cretton

Curiosamente, las tres películas que aquí describiremos, además de Ain’t Them Bodies Saints (David Lowery, 2013) y Upstream Color (Shane Carruth, 2013) que también pudimos disfrutar en el Festival Americana, tienen un tema/concepto en común:

Sumirse en una forma de vida “prefabricada” o despertar de ella. Aceptar lo que nos toca vivir o rebelarse contra ello. Ser ayudado, o ayudar a avanzar.

Visualizar una salida.

El 02 de Febrero de 2014 nos dejaba de forma inesperada uno de los grandes contemporáneos del séptimo arte, Philip Seymour Hoffman. Su única incursión en la dirección nos deja una película sencilla pero efectiva sobre las relaciones humanas, basada en la obra teatral de mismo título (escrita por Robert Glaudini en 2007) que él mismo interpretó en New York junto a los actores principales que también ahora participan en el film.

Y es que Jack Goes Boating es un drama romántico con ciertas dosis de comedia sobre la amistad, la necesidad de agradar o aparentar… para no sufrir. La ciudad de Nueva York es el escenario perfecto para identificarnos con cuatro personajes de corte clásico, típicos de este tipo de historias sobre amigos y parejas que siempre funcionan por lo fácil que es identificarse con ellas (se me vienen a la mente películas tan dispares como El último conciertoA late quartet, Yaron Zilberman, 2012 – e incluso, en una relación un tanto malsana, La cintaTape, Richard Linklater, 2001): Jack, tímido y retraído, se nos presenta como alguien con pocas aspiraciones, y para quien el que no haya sobresaltos en su vida ya es todo un triunfo. Escucha música reggae para encontrar la paz, y lleva el pelo con rastas… pero siempre tapado con un gorro de lana. Así es Jack: introvertido, intentando pasar desapercibido manteniéndose apartado, ignorado. En la escuadra. Su amigo y compañero de trabajo, Clyde, aparenta todo lo contrario: con dinero, seguro de sí mismo, casado con una guapa mujer, Lucy… que en realidad sabe le pone los cuernos y es incapaz de hacer nada al respecto. Ella echa de menos al hombre con el que se casó, pero no se comunican lo suficiente…  La cuarta en discordia, una desequilibrada mujer amiga de Lucy, Connie… que resultará ser la pareja perfecta para Jack si consigue conquistarla.

Jack Goes Boating

Jack Goes Boating

Una premisa sobada pero eficaz, que apuesta por un guión simple, sin frases o reflexiones filosóficas que enturbien la mirada del espectador ante la realidad tan común que se le está presentando, y a la que Philip Seymour Hoffman saca un gran partido. El director/actor se retira del front-line aunque mantenga el papel protagonista para dejarnos disfrutar de la actuación de unos actores para nosotros desconocidos, que están a la altura de la película, y del actor. Música íntima y romanticona y colores apagados del invierno en la fría Nueva York complementan la sencilla propuesta. Así el director consigue que nos identifiquemos con alguno de los personajes, o con todos ellos, porque … ¿es que no hay algo de retraído, cobarde, atrevido y psicopático en cada uno de nosotros? ¿Quién no ha actuado alguna vez de forma irracional? ¿Quién no ha querido agradar, aunque lo que se le pida esté fuera los límites que teóricamente uno mismo se había autoimpuesto siguiendo reglas sociales, morales o éticas?

¿Quién no ha querido sentirse parte de algo alguna vez?

La evolución de Jack desde que Connie le besa en la calle y accede a que en una próxima cita se vayan a navegar juntos se plantea lenta pero con adecuada progresión: no hay prisa para saber qué pasará con Jack, o sus amigos. Como la vida misma, las escenas cotidianas se suceden hasta que, finalmente, para el espectador dejarnos conocer a Jack no será dejarnos descubrir al ‘freak’, sino al más normal de todos. Un hombre, como nosotros, que lo que necesita es confianza en sí mismo para poder dar, y recibir a cambio. Aunque sea llegando a ser feliz complaciendo las necesidades de su por fin novia…

Jack Goes Boating es, en definitiva, un cuento con moraleja: visualizar lo que se que quiere hacer para que cuando llegue el momento, todo salga perfecto (nadar, cocinar…). Proyectar los deseos de forma que parezcan más reales que nunca, y de esta forma, conseguirlos.

Y se consiguen. Y veremos que Jack es el más afortunado de todos. Que realmente se libra de su cascarón auto-impuesto. Que encuentra su lugar.

Sale a navegar.

E, irremediablemente, se nos antoja que Jack goes boating es una versión mucho más simple pero con la misma idea que L (Babis Makridis, 2012), aquella película griega en la que el protagonista, literal y metafóricamente, también acaba en un barco… encontrando la felicidad.

Si Jack Goes Boating nos habla de la necesidad de hacer todo lo posible para conseguir lo que uno quiere, es sencillo ligar esta reflexión con el tema central de American Promise:

Dos niños afroamericanos son filmados por sus padres durante doce años, desde el momento en que son admitidos en una escuela de élite por sus brillantes resultados académicos. A partir de ahí seguiremos cronológicamente las “aventuras” de los estudiantes y sus famílias. ¿Soportarán bien la presión? ¿Destacarán en su vida académica, o social?

¿Triunfarán?

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American Promise

Sin más, y sin ser su intención por supuesto, seguramente una de las pocas preguntas que sí se nos vienen a todos a la cabeza al ver el documental es pensar cómo habrán conseguido seleccionar el material final pero, aparte de eso, lo único que nos invade es la profunda sensación de que quizá su denuncia es cierta, pero que sólo se incluye una visión parcial del problema, e incluso, aparentemente, de forma distrosionada (los testimonios de los directoras de los colegios, ¿a qué año pertenecen? Porque en algún momento aparece una misma persona vestida igual en dos ocasiones, cuando habla teóricamente hace 5 años y en la actualidad…). Cosas como ésta son las que hacen perder credibilidad a la historia explicada por los dos matrimonios y, no obstante, no deja de ser cierto que, como mínimo desde su punto de vista, han sido desplazados por motivos raciales.

El problema es que la subjetividad de American Promise acaba cuestionando la denuncia de sus imágenes.

Así, en lugar de conseguir tratarse de una reivindicación, acaba siendo un especial Gran Hermano, que te deja ver exclusivamente la cámara seleccionada por el realizador. ¿Qué está pasando al otro lado? Es la gran incógnita que no resuelve el documental. No obstante, la parte final es quizá la más rebeladora: el niño que fracasa estrepitósamente es el que consiguió quedarse en el colegio “bueno”, “para blancos”, gracias a la estricta educación de sus padres. ¿Es esta la moraleja, si es que debe existir alguna? ¿Que es mejor quedarse con los de tu misma etnia, con los de tu misma clase social, con los “guetos” socialmente aceptados? ¿O más bien que es mejor dejar libertad a las nuevas generaciones, para asegurar que son felices según sus propias necesidades, y no la de sus padres?

Al final no se trata, o no debería, de problemas interraciales. Se trata de algo mucho más simple: de las relaciones humanas.

Jack es feliz junto a la paranoica Connie. Los niños son felices con sus amigos del barrio. Tendemos a juntarnos con lo que conocemos y nos hace sentir más cómodos… si lo encontramos. Nos ayuda a mejorar como persona, y como representantes de la sociedad.

Es una cuestión de sobrevivir en el conjunto.

Quizá el error de estos padres fuese presuponer que entrar en la escuela ya era el logro, cuando en realidad era necesario seguir luchando. De eso saben mucho los niños de Short Term 12

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Short Term 12

La bandera americana ondenado al viento, atada al cuello de un niño que uye de sus cuidadores, metros tras él. Esta es la imagen que resume todo de Short Term 12, ganadora del premio del público en la edición del Americana Film Festival.

  • América, la sociedad,  arropa a los suyos, pero también les aísla del exterior si no se adaptan. Sean sinceros, o mientan. Denuncien, o no.
  • Tendríamos que hacer más caso a los niños, que, en realidad, van un paso por delante que todos nosotros.
  • Sin los niños, sin hacer crecer a las nuevas generaciones de forma libre, nos quedamos solos.

La película, igual que podríamos decir de Jack goes boating, no aporta nada nuevo: historias de niños marginados que buscan su lugar. Historias de adultos que intentan reformar sus vidas, ayudando a los que están sufriendo lo que ellos ya han pasado.

Pero Short Term 12 es mágica, por la engañosa dulzura con la que consigue que el espectador reflexione sobre temas incómodos.

Cámara en mano, nos ayuda a adentrarnos en el día a día de los niños, y sus cuidadores. Escenas tan íntimas como cotidianas se entremezclan con el horror de las historias de los niños hacinados en la casa de acogida: nos identificamos con la niña que sufre abusos, con el chico que debe abandonar el reformatorio al cumplir los 18 años y no tiene adónde ir e incluso con el que no quiere hablar durante toda la película. Y también con la forma de evadirse de su trabajo de los cuidadores, contando historias absurdas una y otra vez, o marchándose a casa a no pensar en los que están cuidando, para no recordar su propia infancia.

Short Term 12 juega además con ventaja: lejos que querer regocijarse en el horror que está explicando, se presenta con un guión ligero, con buena dosis de comedia emplazada quirúrgicamente en las mejores escenas para no caer ni en la sorna, ni en el dramatismo. Pero lo más destacable de la película, de su guión, es que retrata a los jóvenes como adultos. Perdemos de vista su edad para conocer sus problemas. Sufrimos con ellos desde un punto de vista humano, y no tanto atendiendo al sentimiento paternal, al que podría haber sucumbido el tono del film si se buscase la empatía fácil. Y no es el caso, sorprendentemente.

Además, la frescura de los dos protagonistas principales, los dos cuidadores, y el buen casting en general, acentúa que la película fluya sin descanso y mantenga al espectador atento en todo momento, envuelto en esa falsa aura de cotidianidad agradable que nos intenta proteger de los temas mas hirientes que trata el director.

Porque, independientemente de querer mostrar los serios problemas que padecen física y psicológicamente algunos niños, la película no quiere dejar pasar la oportunidad de hacernos recapacitar sobre la conveniencia o no de ser padres, de evaluar si estamos preparados y tener la valentía de enfrentrarnos a la respuesta; sobre la cruda realidad que hay ahí fuera y que nosotros, que hemos crecido entre algodones, no seremos capaces de imaginar ni soportar a no ser que lo queramos de verdad (el personaje de Nate, el cuidador que decide cogerse excedencia para conocer este mundo, es toda una parodia de cómo nos enfrentamos, o más bien damos la espalda si podemos, a los problemas de la sociedad); o sobre la necesidad de protestar y cambiar las normas sociales actuales.

Al igual que Jack Goes Boating, Short Therm 12 demuestra que el cine de denuncia social puede ser tan impactante como sencillo en su producción. Dejamos a un lado American Promise, cuyas ansias de convertirse en EL documental la emplaza, inexorablemente, en el olvido.

TRAILER JACK GOES BOATING:

TRAILER AMERICAN PROMISE:

TRAILER SHORT TERM 12:

 

 

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Comentarios sobre este artículo

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