Is the man who is tall happy?, The secret society of fine arts, Ritual

Ralentizando la realidad Por Arantxa Acosta

Is the man who is tall happy? Francia. 2013. Director: Michel Gondry

The secret society of fine arts. Dinamarca. 2012. Director: Anders Rønnow Klarlund

Ritual, a psychomagic story. Italia. 2013. Directores: Luca Immesi, Giulia Brazzale

Cuando un cineasta quiere que su obra sea valorada por su público (obviando que éste sea más o menos cuantioso), debe decidir la forma y formato en el que va a presentarla. ¿La realiza para ser vista u observada, oída o escuchada? Aunque pueda parecer obvio que siempre se busca la profundidad, la máxima atención, la segunda opción de la dicotomía expuesta, por supuesto… ¿no es verdad que en ocasiones es necesario sacrificar alguna de las dos para el bien de la película? ¿No es verdad que, a veces, el cineasta debe quedarse, por mucho que le pese, en segundo plano?

Razones, varias. Una de ellas, porque la forma puede ser la mejor manera de hacernos llegar el contenido. Aquí el cineasta se las debe ingeniar para mantener al espectador no sólo atento a lo que se explica sin distraerle sino también suficientemente concentrado para que no esté tentado a dejar de ver el film. Otra, que la obra se convierta en puro arte visual, tensando la cuerda de la experimentación. En este sentido, claro, lo que busca el autor no es tanto pasar desapercibido como demostrar que es capaz de desafiar las normas preestablecidas o, mejor dicho, ya interiorizadas en la industria. La última razón se refiere al supuesto sacrificio del guión, dejándolo en la mínima expresión con el fin de potenciar el argumento y la forma de relatarlo, de forma que coja fuerza el entorno que apoya el mensaje principal. 

Por estos tres motivos, la película se convierte en soporte de algo mucho más amplio: una idea, una visión, una teoría. Y por este orden, los encontramos en los tres films a comentar del Atlantida Film Fest: Is the man who is tall happy?, The secret society of fine arts y Ritual, a psychomagic story.

Gondry iniciará así su documental, mientras le vemos a él mismo, representado en sus propios dibujos, realizando la rutina de trabajo de este film: dibujar, fotografiar; dibujar; fotografiar…

El cine y el video son manipuladores de la naturaleza. El montador propone un montaje de segmentos escogidos que tiene en mente. El contexto se convierte en mas importante que el contenido. Y al final, la voz que parece salir del sujeto sale en realidad del cineasta. Por eso me parece manipulador. El cerebro olvida el corte, una facultad humana que descubriré que Noam llama continuidad psíquica. El cerebro absorbe una continuidad creada como realidad y se convence de estar viendo una representación real del tema. Por otro lado, la animación que decidí usar para la película es la interpretación de su autor. Si se pueden ofrecer mensajes o incluso propaganda, el público recuerda que no esta viendo la realidad. Y de ellos depende decidir si están convencidos.

Is the man who is tall happy

Is the man who is tall happy?

Con esta simple introducción, y necesitando no más de dos minutos, el director reta a la industria, muestra su convicción sobre qué debe ser realmente importante en su película, y manifiesta la forma que considera menos perjudicial para que el contenido sea relevante. Alejándose del formato tradicional de entrevista documental, el director se pregunta cuál es la mejor forma de captar la atención del espectador hacia “el pensador vivo” más importante del mundo, atendiendo a sus teorías igual de entusiasmados que el propio realizador. Y lo consigue con la animación de sus intencionadamente simples dibujos. 

Porque estos dibujos de Is the man who is tall happy? no deben resaltar más que las palabras del entrevistado y, sin embargo, tienen como misión ilustrar los conceptos de Chomsky, quedándose en nuestra retina para que podamos asociar los complejos pensamientos que van saliendo de la boca del filósofo. 

Gondry actuará entonces como mediador. Quiere que escuchemos a Chomsky. ‘Una imagen vale más que mil palabras’, se suele decir, y en este caso la imagen, simplemente, ayuda a retener el mensaje. Chomsky habla y Gondry imagina, sin trasponer el sentido de lo que se está diciendo, sino simplemente apoyándolo con imágenes. A veces se nos pueden antojar incluso absurdas, sin necesidad de ser creadas, pero sí es cierto que su presencia, en cualquier caso, apoya siempre el discurso del lingüista. Así, por un lado Gondry consigue que Chomsky encuentre una forma de simplificar la exposición de sus cavilaciones, además de acercarnos a ellas de manera más que comprensible. Y, al entenderlas, nos choca conocer teorías como la de la gramática generativa y ciencia cognitiva, sobre cómo el hombre es capaz de construir sus frases y, por encima de todo, sobre cuándo empezó el lenguaje a ser el principal medio de comunicación. ¿No es simplemente impresionante pensar que pudo existir un único ser que nació con el gen que permitiría la comunicación, y que éste lo diluyó al procrear, extendiéndose generación tras generación, tras tras clan, hasta que gran parte de los hombres pudieron “desatar” esa habilidad concecida? La evolución de la comunicación no entendida como casualidad pero sí como algo casi mágico que tiene que darse en un lugar y momento concreto para que realmente pueda desarrollarse. Lenguaje, magia, arte… hablaremos de ello en Ritual.

Aunque quizá las ilustraciones más importantes son las que acompañan al deseo de Chomsky de hacernos ver que lo más importante es cuestionarse, sorprenderse, para evolucionar. Porque “cuando empiezas a cuestionarte cosas, todo pierde sentido”. Cabezas de Galileo o Newton se pasean de lado a lado de la pantalla, y la sensación es, siempre, la de pensar: sí, es necesario cuestionarlo. Y sí, también es necesario conocer el origen de ese cuestionamiento y resultado. Si no… ¿por qué es tan importante analizar? ¿Qué información nos dará conocer el por qué el ser humano, siendo ya un bebé, es capaz de mover el verbo de afirmación a pregunta de forma estructural y no lineal en la frase (de ahí el título) ‘Is the man who is tall happy?’, que viene de ‘The man who is tall is happy’?. Pues es necesario para comprendernos, para conocer nuestros mecanismos a la hora de razonar. Porque el hombre necesita simplificar, pero también, siempre, poner un orden a lo que está viendo, haciendo, sintiendo. 

Gondry sale airoso de su experimento documental, dejando su propia marca en un film que pensado y llevado a cabo con los elementos más corrientes a los que se nos tiene acostumbrados en este tipo de formato pasaría más bien sin pena ni gloria (aparte, claro está, de lo que nos pueda atraer una conversación con Noam Chomsky, claro). 

Eso sí, Gondry, cineasta con orgullo, no deja escapar esta forma de relatar sus encuentros con Chosmky para dejar claro que algo sí puede aportar. Es gracioso ver a este consagrado y respetado director no únicamente afirmar que está nervioso al encontrarse con su ídolo, sino justificarse para con su espectador con respecto a las preguntas realizadas, para que éste no considere están fuera de lugar. Y, en realidad, no habría nada de malo en demostrarse a sí mismo que no pasa nada sintiéndose inferior ante tanto talento. Pero un autor es un autor…

Recurrimos aún a Chomsky para continuar con este texto: el pensador dice que “el arte es sugestión”, y que “la finalidad del arte es curar, porque si no cura, no es verdadero”… y lo ligamos con la afirmación de uno de los protagonistas de The secret society of fine arts: “El arte es un mundo que no entendemos”.

secretsociety

The secret society of fine arts

La última (literalmente) película del danés Klarlund parece responde de forma similar que otros thrillers de género a la siguiente pregunta: ¿cómo hacer que el espectador despierte del letargo en el que la sociedad le ha introducido? ¿Cómo captar su atención, y que además se le remueva la conciencia?

Al igual que Gondry, Klarlund decide cambiar las pautas establecidas para que el espectador se concentre en lo importante: aquí se opta por concentrarse en  la belleza de las imágenes. Porque la película es una sucesión de fotografías debidamente montadas (exceptuando el uso de vídeo en contadas ocasiones), simplemente interrumpidas por los pasajes en negro que permiten, entonces, poner atención y escuchar lo que los protagonistas dicen. La película, como se anuncia en la sinopsis, utiliza el concepto de photo-roman de La jettée (Chris Marker, 1962), cortometraje al que además homenajea (el museo de animales prehistóricos como centro de la narración, por ejemplo), pero eleva el uso de la fotografías al convertirlas, muchas veces, en relatos oníricos por sí mismas. El director nos obliga a pararnos en todos los detalles de cada una de las fotografías mostradas, recorriendo la pantalla de lado a lado con la mirada, dejando que cale el mensaje del grupo terrorista a través de la magia visual que sus acciones revelan… susurros que acompañan sus hazañas, o simplemente su forma de vida. Cuando ya estamos tan metidos en la propuesta (recordemos a Chomsky de nuevo, y la capacidad del cerebro de crear la continuidad en las imágenes, en los sucesos), el director, en boca de su personaje principal, nos hace esta confesión: “Tengo un problema con el movimiento (…). Cuanto más corremos, menos sentimos”. Así que ya adentrados en la película, atrapados, nos alecciona. Vivimos en un mundo en el que no nos paramos a disfrutar de lo que tenemos alrededor, tan empeñados como estamos en seguir nuestra rutina (autoimpuesta, por otro lado). Desde que se pronuncian estas palabras nos sorprendemos prestando incluso más atención al relato, imaginando que se nos revelará, otra vez, una verdad tan conocida como no reconocida…

Por supuesto, aunque se trata de un difícil ejercicio dada la fuerza de su estilo, si prescindimos no obstante de la estética conseguida, la propuesta de The secret society of fine arts es (tristemente) tan común que no nos arranca ningún tipo de simpatía: ¿personas revelándose contra el sistema reivindicando el arte versus el asesinato o el terrorismo? 

Se nos vienen a la mente algunos ejemplos: V de Vendetta (James McTeigue, 2005), El club de la lucha (Fight club, David Fincher, 1999), incluso Los edukadores (Die fetten jahre sind vorbei, Hans Weingartner, 2004)… tampoco le hace bien haberle dedicado tan poco contenido al guión en sí, que se nos antoja, sobre todo en esos momentos con la pantalla en negro, tan poco creíble como “de relleno”, queriendo volver a disfrutar de las imágenes, de su luz, de su significado (el otorgado teóricamente por el autor, o el que queremos darle cada uno de nosotros)… Y el hecho de que se intente politizar tanto, en lugar de apoyar el resultado, le hace perder fuerza, de nuevo, a esa reivindicación que debería ser el tema principal del film: ralenticemos la realidad, démonos tiempo a disfrutarla… 

En cualquier caso, el film es elegante en su presentación, y no deja de ser interesante, aunque sólo sea para convencernos de que nuevas y sorprendentes formas de trabajar con la imagen y su velocidad en el séptimo arte son posibles (y, por supuesto, no nos estamos refiriendo a los 48 fotogramas por segundo de Peter Jackson, algo que contradice absolutamente la convicción de Klarlund…).

Chomsky hablaba del poder de sugestión del arte, y en Ritual, a psychomagic story encontramos no únicamente las ansias de conseguir una película sugestiva sino también que hable sobre la sugestión. Una vez finalizada, no es difícil recordar, además, las palabras de Gondry que también citábamos al inicio, “si se pueden ofrecer mensajes o incluso propaganda”

ritual

Ritual, a psychomagic story

Y es que la película está concebida básicamente para exaltar la técnica de sanación ejercida por Jodorowsky (que sí, el artista aparece en el film, pero más bien poco. Utilizarlo como gran reclamo se antoja casi desesperación, igual que decir que la música es de Moby… un hecho que, lamentablemente, no la convierte en película ni más cool, ni más alternativa, ipso facto).

Sabiendo esto, hay que decir que los directores consiguen un thriller psicológico medianamente notable, otorgando una sensación de claustrofobia bastante imponente sin entrar a utilizar ningún recurso externo que ayude al espectador a sentirse agobiado (sonidos inquietantes, espacios reducidos…), sino exclusivamente explotando la mirada de la actriz principal, Désirée Giornetti, que consigue llevarnos al interior de su mente y sufrir con ella de forma completamente efectiva. En este sentido, el no intentar diferenciar los espacios ni la iluminación cuando estamos presenciando alucinaciones de la protagonista es también un acierto, ya que obliga al espectador, tal y como se desea, a mantenerse atento. La película, entonces, pretende jugar con nosotros para que adivinemos de qué trata en realidad Ritual (cosa que no tardamos en darnos cuenta, y dudo que sea la intención), queriéndonos confundir con el pasado de la muchacha, sobrina de una mujer que ejerce la brujería; con una relación masoquista con su pareja; con unos pasajes un tanto sórdidos… Sí, todo está relacionado para comprender el estado mental de la protagonista, pero, en realidad, no deja todo de ser un envoltorio, como decíamos,  mejor escrito o desarrollado, para representar un rito de psicomagia en el cine, con el añadido de que incluso el final de la historia se nos puede antojar como una amenaza: si no se efectúa correctamente y por profesionales, las consecuencias pueden ser devastadoras. Cuidado….

Así, Ritual, a psychomagic story entretiene pero no consigue su cometido. Quizá por no ser tan original como parece se crea, quizá porque, una vez descubierta la farsa, pierde todo interés. En cualquier caso, puede valer la pena si se quiere profundizar el conocimiento en la técnica de la psicomagia y ver la representación de lo que debe ser un ritual típico de esta forma de sanación.

 

TRAILER: Is the man who is tall happy?

TRAILER: The secret society of fine arts

TRAILER: Ritual, a psychologic story

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