Luton, Harmony Lessons y Blue Ruin

Mantener el equilibrio Por Arantxa Acosta

Luton. Director: Michalis Konstantatos. Grecia, 2013

Harmony Lessons. Director: Emir Baigazin. Kazajstán, 2013

Blue Ruin. Director: Jeremy Saulnier. EEUU, 2013   

Todos tenemos una vertiente violenta. Más o menos intensa, más o menos controlable. Para algunos, simplemente imaginando alguna situación que nos permita liberar esa tensión, ya nos es suficiente. Para otros, la necesidad de ser violento es consecuencia de una psicopatía, quizá detectable desde la adolescencia, por una mirada, por una agresión a pequeños animales, a personas. Finalmente, una explosión puntual de esa ira contenida puede terminar en un acto irracional, e ilegal. Sea o no justificable.

Luton se nos presenta como la nueva rareza griega, siguiendo la estela de películas tan conocidas como Canino o Alps (Giorgos Lanthimos, 2009, 2011), incluso Borgman (Alex van Warmerdam, 2013).

Si bien es verdad que puede llegar a desilusionar a todo aquél que busque un film aparentemente sin sentido como los ya citados, la crudeza con la que se desarrolla el tema principal la hace tan interesante como, por qué no decirlo, desagradable.

La película muestra de forma radical, desnuda y nítida la definición de soledad. Y no por no tener a nadie en la vida, sino más bien por estar rodeado de gente a la que no le importas, lo que se nos antoja mucho peor. Tres personajes aparentemente desconectados serán los que nos acompañarán en este descenso a nuestro propio interior, porque es imposible no pensar en algún momento en el que no hayamos sufrido este tipo de sensación: el ser apartado, ninguneado, ignorado. Como los tres protagonistas. El tema es qué hacemos para liberar toda esa rabia que se nos acumula en nuestro interior.

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Luton

Adolescente, ejecutiva y dueño de un negocio de barrio, serán calificados también, cada uno en su entorno, hijo, mujer y marido. Porque sentirse solo no tiene edad, ni podemos transformar el sentimiento en función de nuestra circunstancia familiar, o económica. El director plasma en su opera prima la rutina diaria de los protagonistas, utilizando también el lenguaje cinematográfico: una sucesión de día, tarde y noche para la mujer, el chico, el hombre. La veremos a ella en el gimnasio, al chico en la clase, al hombre sentado tras el mostrador. A ella de compras, tan necesitada de cariño que se conforma con tocarse en los probadores; al chico saliendo del colegio, esperando que venga alguien a buscarle; al hombre en el supermercado, de compras con su mujer… planos simples y efectivos, tan crudos como la vida misma.

Y mientras tanto, esperamos, atentos, a que se sobrevenga algún acontecimiento… Como si sus vidas, las nuestras, estuviesen necesitadas de algo: sentirse vivos, romper las reglas.

Y sí, el acontecimiento llegará, relacionando por fin (aunque no hubiese hecho falta) a los tres protagonistas. De hecho, se tratará de una sucesión de situaciones tan impactantes como innecesarias, según se mire, ya que el director habrá conseguido previamente con creces su cometido, sin recurrir a la violencia: el dejar, a medida que avanza el metraje, un vacío en nuestro interior, un dolor inconsciente. No obstante, es muy posible que los eventos que se acumulan aceleradamente ante el atónito espectador sean imaginados, puras fantasías que ayuden a descargar la rabia sentida hacia el mundo en general de cada uno de los protagonistas.

En cualquier caso, la polémica, el puñetazo casi físico en el estómago para el incrédulo espectador, está servido.

El director es perspicaz: nos avanzará, sin nosotros saberlo, el temible suceso. Modificando la rutina de los protagonistas, y por ende la de un espectador convertido en objetivo voyeur: primero se variará el orden de presentación, el montaje, al que se nos tenía acostumbrados (mujer, chico, hombre). Posteriormente, se acelerará el ritmo de las escenas. Más cortas, más vívidas, y más temibles. Así, hasta conseguir el colapso de un espectador que intenta, eso sí, sin conseguirlo, retirar la mirada de la pantalla.

Luton no es sólo una ciudad del sur de Londres. Luton es sentirse lejos de todo, y de todos.

Lejos de todo y de todos encontramos al protagonista de Harmony Lessons, Aslan, un adolescente apartado por sus compañeros por orden del típico matón de clase, y que se refugiará tras la protección de su casa, con su abuela, hablando casi exclusivamente con sus dos únicos amigos, otros dos marginados.

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Harmony Lessons

Un niño, vestido de negro, atraviesa un campo verde, de espaldas al espectador y hacia el horizonte, y no podemos otra cosa que pensar en A dos metros bajo tierra (Alan Ball, 2001-2005): la imagen, aun con el colorido del campo, se nos antoja desoladora, premonitoria. Y aunque en verdad luego veremos que está conectada con la parte final del film, el encuadre y su intenso verde dejará paso a los títulos de crédito. De ahí pasaremos a un blanco sucio, el de la nieve pisoteada, predominante en el resto de la película, invadiéndola. Una tonalidad sólo rota por los oscuros trajes de los niños en la escuela. Un color, un paisaje, clave para conocer el entorno en el que Aslan crece. 

Ese entorno, de la casa a la escuela y al revés, poco más, se nos presentará mediante largas secuencias y lánguidos planos que transmiten más que lo que se verbaliza, que es realmente poco. 

Porque Harmony Lessons destaca por sus detalles, por provocar al espectador para que sea tan observador como el propio protagonista.

Sólo así, recorriendo la pantalla con la mirada, recuperando escenas anteriores para conectarlas con los sucesos venideros, conoceremos al adolescente, y su lucha interior. Comportamientos, miradas, actos… todo estará relacionado desde el inicio.

Aslan aparece como un chico muy callado, maniático y que no muestra en ningún momento sus sentimientos. Puede parecer tímido y retraído, pero un vaso, una especie de cucaracha y un amuleto nos servirán para evaluar el equilibrio del protagonista, tan perdido, que el director no duda en mostrárnoslo utilizando como paralelismo la revisión médica que abre la trama del film. Aslan chequeará varias veces a lo largo del metraje, mirándose en el espejo, si conserva sus plenas facultades, si mantiene ese equilibrio del que tan seguro estaba, pero siempre acabará por no tocarse la nariz con el dedo. En definitiva, se tratará de otra representación para decirnos que él mismo no está seguro de su integridad mental, continuamente cuestionada desde el inicio del film.

El vaso, detonador que inicia el brote de rechazo hacia su persona, y que se le quedará grabado a modo de trauma (o eso querrá hacer creer a sus compañeros) hasta que consiga resarcirse de él, puede considerarse el desencadenante de la maquinación del protagonista. Consciente o inconscientemente, cada aparición del vaso de cristal en la rutina de Aslan y la reacción que le provoca, desestabilizándole, marca un avance en los acontecimientos del argumento relatado. Llegado un punto concreto, el reparto de vasos en clase, la película cambiará el ritmo, permitiéndonos diferenciar claramente, entonces, dos partes del film: la rutina de Aslan y sus compañeros en primer momento, y la investigación policial posterior tras el delito cometido en los alrededores de la escuela.

Las cucarachas tendrán un doble sentido en la película: por un lado, representan la necesidad de sentirse superior de Aslan, siendo éstas el objeto de su único hobby: la tortura. La rabia que le produce el rechazo escolar, la soledad a la que le han condenado, la expulsará maltratando a los pequeños animales. Esa necesidad de superioridad nos recuerda a la violencia de Luton, ya que, al fin y al cabo, alberga una misma causa: el sufrimiento por no sentirse parte de algo, y la ira que este sufrimiento produce. Por otro lado, el acto en sí de la tortura, sin sentir ningún tipo de remordimiento, nos dice mucho, también, de Aslan.

Pero las cucarachas también nos aparecerán como el constante recuerdo para el niño de su condición de renegado. Se sentirá identificado con ellas, de ahí a que su único hobby sea torturarlas, igual que él se siente torturado en el colegio. La aparición de estas cucarachas en todos los escenarios (en la casa, en la escuela, en las instalaciones policiales), estén allá física o metafóricamente, será siempre la proyección del estado anímico del protagonista.

Finalmente, el amuleto, por mucho que sorprenda, es el único enlace con la realidad del protagonista. El recuerdo de que es querido, y de que se le considera digno de ser protegido. Junto con el amuleto, la tarjeta para el complejo recreativo conformará las ansias de libertad (verse liberado de su propia mente) del protagonista. Escapar, ser normal, ser aceptado.

Así, los tres elementos irán apareciendo a lo largo de la película para conformar el carácter y estado de Aslan, hasta que su propia imaginación (cada espectador es libre de pensar en qué momento se inicia ésta) toma protagonismo en la película, en escenas concretas, para adentrarnos en su mente y darnos cuenta del nivel de alienación del niño. La empatía, entonces, se nos hará insoportable. Y aun así la sentiremos.

Con una necesidad de elevada concentración para comprender al protagonista, posiblemente se nos puede antojar residual en el guión esa irrupción en la película de un discurso con reivindicaciones políticas, e incluso religiosas (véase cómo se habla de las creencias musulmanas, o el retrato que se desprende para la situación policial en el país), que más bien descentran al espectador. Quizá está hecho de forma consciente por parte del director, para evitar que el espectador relacione desde buen inicio las acciones de Aslan, pero no acaban de encajar en la película, distrayendo en demasía al espectador. Dicho esto, la también opera prima es otro de los aciertos de la programación del D’A de esta edición.

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Blue Ruin

Finalmente, abordamos Blue ruin, segunda película del director, Jeremy Saulnier, y también de género, en la que la violencia, ahora realista, toma protagonismo. La primera mitad de la película es más que interesante, gracias a un guión que no nos explica absolutamente nada de lo que está pasando, centrándonos en seguir al protagonista, un vagabundo que vive en su coche y se alimenta de los restos que recoge en las basuras. Diálogos mínimos y unas imágenes potenciadas por una música instrumental que nos recuerda a la de Drive ( Nicolas Winding Refn, 2011) captan nuestra atención, en lo que parece va a ser un thriller de venganzas. No obstante, a partir de un momento concreto del film, la película cambia ligeramente su enfoque: empieza a explicarnos más, a incrementarse la interacción entre personajes, y a introducir un humor negro que sin duda es uno de los grandes aciertos de una historia que, por sí misma, no tendrá mucho misterio cuando la conozcamos. 

Blue ruin podría habernos parecido original por esa combinación acción-violencia-humor si el Festival de Sitges no nos hubiese traído en su última edición Chip Thrills (E.L. Katz, 2013) o Big Bad Wolves (Aharon Keshales, Navot Papushado, 2013).

Y es que la película juega más al suspense que al humor, incluso acercándose al género western, pero quedándose en un punto medio entre las dos citadas. Porque si Chip Thrills nos enganchaba con un guión sorprendente, aderezado de una violencia igual de realista como la que ahora nos ocupa, es verdad que el humor pero sobre todo el surrealismo de la situación que viven los dos protagonistas permitía hacer evolucionar a buen ritmo una historia con un final digno de toda la trama. Aquí, muy al contrario, no hay surrealismo, exclusivamente un misterio inicial incapaz de ser mantenido en cuanto se nos despeja la verdad. Una verdad poco atrayente, además. Así, Blue ruin se queda en término medio: ni acaba de utilizar ese humor que tan bien le funciona como elemento clave para la historia, dejándolo a un nivel de frases ocurrentes o situaciones que nos arrancan una sonrisa, ni acaba consiguiendo un final impactante tras el suspense generado a lo largo de la película, como podríamos obtener con Big Bad Wolves. Eso sí, si no se ha visto ninguna de éstas, Blue ruin puede dejar un muy buen sabor de boca.

TRAILER Luton:

 

TRAILER Harmony Lessons:

 

TRAILER Blue Ruin:

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] es comprobar las líneas de continuidad que el realizador establece con su anterior propuesta, Blue Ruin (2013). Más allá de la estética y el cromatismo, Saulnier parece establecer un patrón común de […]

  2. […] 2011), L (Babis Makridis, 2012), The Eternal Return of Antonis Paraskevas (Elina Psikou, 2013) o Luton (Michalis Konstantatos, 2013) seguían sin género de dudas por los caminos tortuosos y enrarecidos […]

  3. […] tuvo una reacción similar, la selección de la nueva y sangrienta película de Jeremy Saulnier (Blue Ruin), Green Room. Y algo parecido experimentarían los fans del cine asiático al descubrir en el […]

  4. […] de postura, sus intenciones y su frío y distanciado tratamiento el film ucraniano recuerda mucho a Harmony Lessons (Emir Baigazin, 2013), aunque The Tribe está mucho más ajustada, tanto en lo que se refiere a lo […]

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