In Darkness y El último de los injustos

No miremos nunca hacia otro lado Por Arantxa Acosta

"Estamos trabajando muy duro para hacer de este mundo un mejor lugar para que crezcas en él."El niño con el pijama de rayas (The Boy in the Striped Pyjamas, Mark Herman, 2008)

In Darkness. Directora: Agnieszka Holland. Alemania/Polonia, 2011

El último de los injustos. Director: Claude Lanzmann. Austria/Francia, 2013

Recuperar la película seleccionada para los Oscars 2011, In Darkness, en el Festival de Cinema Jueu de Barcelona (FCJ Barcelona) ha sido sin duda uno de los grandes aciertos de esta edición para la que, bajo el lema que ya recuperábamos en el texto de presentación, “aprender a sobrevivir, y hacerlo desde la ternura”, la película se convierte en su máximo estandarte.

Agnieszka Holland filma In Darkness con mirada objetiva y alejada de sentimentalismos, convirtiendo la película, para el espectador, en un enfrentamiento crudo, directo y, por supuesto, claustrofóbico.

La historia, basada en los hechos reales narrados en el libro de Robert Marschall, nos invita a conocer a Leopold Socha, un empleado polaco del alcantarillado que ve la oportunidad de hacer dinero fácil al ayudar a un grupo de judíos que escapa del desalojo (y consecuente liquidación) de su gueto. No obstante, Socha acabará llamándoles “mis judíos”. Y no será menos, vista la transformación del personaje.

La directora, que recrea la época con un gran trabajo de producción, utiliza varios elementos y recursos en la película como símbolos de la penuria judía durante el dominio nazi. Y es que, por supuesto, la penumbra de las alcantarillas se nos antojará también un claro reflejo del sentimiento de los protagonistas. Porque su situación, su ceguera, no es únicamente física, también es mental: en el propio grupo veremos quiénes tienen carácter suficientemente fuerte como para sobrevivir cueste lo que cueste (robos y amenazas incluidos), y quiénes se dejarán arrastrar por la locura de meses de autoimpuesto cautiverio. Una micro-sociedad a metros bajo tierra.

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In Darkness

Como es de suponer, la película se mantiene con una mínima iluminación durante casi todo el metraje, permitiendo que nos acostumbremos, al igual que los protagonistas, a vivir entre sombras, y haciendo que no nos parezca tan raro que, aun en las pésimas condiciones, el grupo que convive encuentre tiempo para el sexo, el amor, los cuentos y las risas… al fin y al cabo, el sentido de supervivencia será por supuesto el predominante, pero, incluso en esos instantes, es necesario permitir que la mente encuentre sus momentos de fuga, con el único objetivo de salir adelante. Así, asistiremos vastamente a momentos que, en otra situación, serían perfectamente cotidianos, mientras se nos permite observar también las vicisitudes por las que tiene que pasar el cada vez más entregado trabajador polaco, poniendo en riesgo no sólo su propia vida, sino también la de familia y allegados, cuando la situación en las calles se vuelve cada vez más peligrosa, aunque lo desconozcan los refugiados.

Por otro lado, Holland será como decíamos muy dura en la representación de la violencia que se desarrolla tanto en la superficie como en la alcantarilla, incluso el parto que tiene lugar, una de las escenas más sobrecogedoras, es tan realista que el espectador es incapaz de retirar su mirada. La directora no se ha concedido un vestigio de debilidad, o de protección hacia el espectador porque, en definitiva, lo que se quiere es no edulcorar ni una sola situación. Y es que, ni en su escena final, cuando los judíos recuperan su libertad con el fin de la guerra, cuando la luz llena la sala de proyección, intencionadamente, para cegarnos, Holland tampoco se permite una concesión a la compasión y mostrará, simplemente, la escéptica recepción por parte de los vecinos del lugar, para cerrar enseguida con una explicación sobre qué fue de las vidas de los judíos y, por supuesto, del tierno antihéroe. Así, la realizadora se aleja muchísimo de películas sobre la temática que proliferaron más en los noventa, con La lista de Schindler (Schindler’s List, Steven Spielberg, 1993) como estandarte, acercándose mucho más a la visión severa de Roman Polanski en El pianista (The Pianist, 2002). 

Finalmente, no podemos olvidarnos de las ratas, comunes en las alcantarillas, sí, pero también animal con el que llegaron a comparar los nazis a los judíos. La directora se recrea en mostrar, primero, la aversión de los hombres a tener que estar rodeaos de este asqueroso animal, para acabar finalmente conviviendo con las ratas como si fuesen sus propios vecinos, o animales de compañía. Y esa visión, repetida varias veces en el metraje, no hace más que entristecer a un espectador que, por supuesto, se da cuenta de que la comunión con las ratas no es otra cosa que la asimilación por parte del grupo, por supuesto errónea, de su condición de proscritos, de seres inferiores que no merecen otra cosa.

Pero, a diferencia de In Darkness, El último de los injustos aleja cualquier ternura, por escasa que sea en la primera, para centrarse en el dolor de esa época, regocijándose, no con saña, sino mucho peor, mostrando hechos irrefutables confirmados por los propios supervivientes, para que, igual que la anterior, el espectador sea incapaz de apartar su mirada.

Una etapa Histórica que sin duda se ha convertido en la obsesión de Claude Lanzmann, por todos conocido por sus rigurosos documentales acerca de los campos de concentración. Sabemos, gracias a la excelente presentación que Xavier Antich preparó para el festival, que Lanzmann cuando estuvo preparando el encargo que le hicieron y que posteriormente se convertiría en la aclamada Shoah (1985), se dio cuenta de que no existía material sobre el exterminio en sí, únicamente las fotos que hemos ido viendo repetidamente en numerosos documentales de judíos muertos, apelotonados, desnutridos. Pero nada de las cámaras de gas, por ejemplo. Así fue como empezó su particular cruzada, filmando horas y horas de material que ha ido recuperando en sucesivas películas y que ahora también utiliza para El último de los injustos

Ahora se centra en recuperar las entrevistas que mantuvo con Benjamin Murmelstein, el último presidente vivo (las sesiones son de 1975) del consejo judío del campo de Theresienstadt. Un campo “modelo” que construyeron los alemanes y que servía de escaparate universal para demostrar que se trataba bien a los judíos que lo habitaban. De ahí a que nos haya sido inevitable recordar al inicio de esta reseña la frase de El niño con el pijama de rayas: un campo creado específicamente para ser, más que una cárcel, una burla.

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El último de los injustos

El documental comienza en la actualidad, con el propio Lanzmann, que hará de maestro de ceremonias, por así decirlo, mientras nos acompaña por las estaciones de tren por las que tuvieron que pasar los miles de judíos engañados, o por el antiguo campo de concentración eje de este largometraje. La tristeza recorre su rostro al transitar por tan penosos recuerdos, reforzados con la lectura de pasajes de libros, e incluso con dibujos que recrean los peores momentos que esas calles tuvieron forzosamente que vivir. 

Las imágenes actuales se entremezclan con los fragmentos de entrevista junto a Murmelstein en Roma, a veces recuperando imagen y sonido, a veces dejando que la conversación fluya, voz en off, sobre imágenes de repetitivas calles y tejados de edificios. Ciudades que parecen vacías y que incluso, a veces, nos sugieren ser la forma del director de decirnos que no se cree muchas cosas de lo que el entrevistado está contando.

Y es que en todo momento se palpa lo que le incomoda hablar de todo ello a Murmelstein, pero, sobre todo, se puede extraer el orgullo que sin lugar a dudas le hace sentir el rememorar alguno de los sucesos. Cuando lo que explica parece hecho por el bien de su comunidad, perfecto, pero… ¿acaso no se entrevé que el trabajo que realizó para altos mandos alemanes le gustaba, por mucho que critique el discurso de Hannah Arendt sobre “la banalidad del mal”? ¿Acaso no se delatan sus ansias de poder?

El propio ex-presidente del consejo hablará de todo ello de forma tan objetiva que el entrevistador acabará por preguntarle si nada de todo lo que dice le despierta el más mínimo sentimiento. Y será en ese preciso momento en el que el lado humano saldrá a la superficie, no con palabras, pero con gestos, dándonos cuenta de que la coraza que tuvo que llevar durante tantos años formará parte ya siempre de su discurso, porque es la única forma de no sucumbir emocional y mentalmente ante tanto horror. Es entonces cuando comprenderemos que el entrevistado acabe considerando a Lanzmann un amigo, y que el entrevistador no pueda evitar sentir, en ese momento final del film, la necesidad de abrazar a un hombre que sobrevivió, quizá defendiendo siempre sus propios intereses, pero sin duda logrando que los concentrados en Theresienstadt pudiesen aguantar mejor que otros las duras condiciones a las que eran sometidos.

El documental, muy denso y con un formato poco atractivo (dejando a un lado sus casi cuatro horas de metraje), pero totalmente imprescindible, es un legado a las futuras generaciones que, por supuesto, no deben olvidar nunca, ni permitir que todo esto se repita.

 

TRAILER: In Darkness

TRAILER: El último de los injustos

 

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