Llenar el vacío

Obligación o amor. Respeto, y deseo Por Arantxa Acosta

“- Dime, ¿qué es el amor?
- Amor es abrir un poco más mis ojos y acelerar mi respiración un poco y calentar mi piel y tocar.”A.I. Inteligencia Artificial (Artificial Intelligence: AI, Steven Spielberg, 2001)

Una hija, una hermana que muere. Un nuevo matrimonio que debe ser concertado lo antes posible. Y una niña, la otra hermana, en edad de casarse. ¿No sería ideal que ésta se casase con el recientemente enviudado? Para ayudar a que el hombre encuentre una esposa rápidamente. Para evitar que el hijo de la rota pareja sea alejado de los abuelos maternos. Para mitigar el dolor de la familia. Para llenar, por supuesto, el profundo vacío que ha dejado la muerte de la querida hermana. Pero… ¿que hay de los sentimientos de la adolescente?

La propuesta de Llenar el vacío es arriesgada, para algunos incluso irreverente, pero Rama Burshtein la presenta, admirablemente, de forma tan sencilla y sincera como le permite su subjetivo punto de vista, presentando el poco conocido entorno de la joven pero, sobre todo, las emociones enfrentadas en su fuero interno. 

Porque la película nos introduce en el seno de una comunidad ortodoxa de Tel Aviv, siendo ésta la primera vez que se obtiene una visión de sus hábitos tan realista como certera, queremos suponer, al pertenecer la realizadora a esta rama religiosa judía. La directora, consciente de la intriga que suscita el conocer esta vertiente del judaísmo y sus costumbres, presenta a sus protagonistas cercanos, con problemas, inquietudes y sentimientos iguales a los de cualquier ser humano, pero sin olvidar su decisión de mantenerse firme en sus creencias (el único momento en el que somos conscientes de que existe “otra realidad” fuera de las costumbres de esta comunidad es brillante: cerrar las ventanas del comedor para no escuchar la música discotequera de la fiesta de los vecinos, sin duda judíos seculares). Así, nos sorprenderá la frescura con la que se tratan los sentimientos de los adolescentes, con una escena de apertura completamente efectiva diseñada para captar nuestra atención y romper prejuicios: madre e hija adolescente buscan identificar en el supermercado al pretendiente de la joven, que le será debidamente presentado pocos días después, en la petición oficial.

El planteamiento no se olvidará, por supuesto, de mostrar algo tan básico para ellos como el no dar tiempo a que el hombre se vea arrastrado hacia un duelo que no le permita seguir con su vida,  siendo la mejor forma de superarlo el entregarse rápidamente a la búsqueda de una nueva acompañante. Esta reflexión nos choca, sí, pero no podemos obviar que, en realidad, parece una de las mejores soluciones para cualquier ser humano que pasa por esta desgracia. Avanzar, para sobrevivir. Asimismo, se expondrá abiertamente también el papel de la mujer en esta micro-sociedad: con elevado poder pero sin posibilidad, ni ninguna intención de romper esa tradición, de compartir el mismo espacio que los hombres en las ceremonias. Aparentemente relegadas a segundo plano cuando en realidad su papel es central en el seno familiar, cualquier encuadre de la directora no evita confirmar esa formal diferenciación. Aun así, en cualquier caso, se deja claro que, en muchos aspectos, ellas son las que tienen la última palabra.

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Pero la película no se reduce, como decíamos, a querer adentrarnos en el mundo ortodoxo, sino que, más bien, conoce la magnitud de su alcance, emplazando una historia universal, llena de emotividad, superficial desarrollo y profundo análisis post-visionado, en un entorno en el que seguramente no hubiésemos pensado, y, además, y complicando aun más la propuesta, manteniéndonos siempre considerando el punto de vista de la adolescente. 

Un formato difícil ya que aparentemente parece que se nos presente el avance de la historia de forma objetiva, considerando las distintas reacciones y puntos de vista de cada personaje cuando, en realidad, lo que se consigue en Llenar el vacío es plasmar en imágenes los pensamientos que conforman el recorrido hacia la madurez de la niña protagonista, Shira.

Shira, a la que vemos hundírsele el maravilloso futuro que ya se había imaginado con su desconocido marido, deberá valorar si la propuesta de boda con su cuñado se convertirá, como puede ser previsible, en el borrado de su propia identidad. Sirah, “la sustituta”. Pero quizá esto esté únicamente en su mente, si atendemos a las palabras del propio padre cuando, hablando con su esposa, se niega a la idea de llevar a cabo este atropellado matrimonio ya que sabe que eso no es la forma de devolver a la vida a la fallecida hija mayor. Por tanto, esa obligación de acarrear con un destino no esperado… ¿es fruto de un sentido del deber real, o imaginado? ¿Se trata de un perfecto mecanismo de defensa de la protagonista para refugiarse en el rechazo que le produce la situación o, muy al contrario, es su forma de darse permiso a si misma para poder compartir su vida con el hombre que empieza a amar con locura, o, siendo más suspicaces, amaba incluso antes de la muerte de su hermana?

Siguiendo los actos de la protagonista (estar de acuerdo con el enlace, luego considerarlo un error y trasmitirlo como tal, luego volver a querer casarse…), la directora dejará en manos del espectador la respuesta, el necesario análisis. Porque Burshtein se guarda un as en la manga: jugar con lo abstracto de las sensaciones de la adolescente, que cual robot David del universo Spielberg son tan difíciles de identificar por ella misma como por los que la rodean (sin escapárseles al rabino, por supuesto), y que, no obstante, lo son, abstractas, porque en realidad su condición de aislamiento del mundo más occidental ha impedido sepa reaccionar ante sus propios sentimientos, y no saber identificarlos como temor, amor, e incluso lujuria.

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Esta ambigüedad será llevada hasta las máximas consecuencias con un montaje que cortará la imagen precisamente en los momentos clave en los que podríamos saber más sobre las intenciones o resolución de la protagonista, y sin duda es uno de los grandes valores del film, junto con haber adoptado el efecto de enfocar a los protagonistas cuando están dándole vueltas a sus propias cavilaciones, dejando al resto en segundo plano, desenfocados, en una situación o ubicación totalmente irrelevante en ese momento. Finalmente, y por si fuera poco, se puede asegurar que la estética del film está cuidada hasta el mínimo detalle, destacando la suave iluminación y colores seleccionados en los momentos en que casi podemos asegurar que lo que vemos es una ensoñación, un pensamiento de Shira, mientras que los claroscuros, conseguidos sobre todo con el mobiliario del escenario principal y vestuario, “acechan” a los personajes en los momentos más críticos.

Destacar antes de finalizar el papel de la madre, sufridora como cualquiera, que lo único que desea es conservar la felicidad en su familia. Un papel difícil por ser fácilmente asimilable a la conciencia egoísta de la protagonista (quedarse con el nieto, mantener la ilusión de que conserva a las dos hijas), y que sin embargo se nos antoja el más tierno de todos, porque sus emociones pueden ser de cualquier otra madre, en cualquier otra cultura, e incluso tiempo. Así, Llenar el vacío se convierte en un inusual drama que consigue arrancarnos varias veces la sonrisa pero que, por encima de todo, nos ayuda a acercarnos a otras culturas y tradiciones para revelarnos, una vez más, que no somos tan distintos unos de otros.

TRAILER:

 

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