Molho, a Bookstore in Six Chapters, Un Voyageur y The Israeli Code

La vida es bella Por Arantxa Acosta

“Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla. Como en una fábula, hay dolor. Y, como una fábula, está llena de maravillas y de felicidad.”La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997)

Molho, a Bookstore in Six Chapters. Director: Wolfgang Els. Grecia, 2013

Un Voyageur. Director: Marcel Ophüls. Francia/Suiza, 2013

The Israeli Code. Director: Ayelet Dekel. Israel, 2013

Pasado y presente del pueblo judío, pero sobre todo esperanza y alegría de observar el espíritu de supervivencia y evolución de la gente que lo conforma, se aúnan en esta revisión de tres documentales que pudieron verse en el Festival de Cinema Jueu de Barcelona. Enfrentarse al pasado recordando a los que lo vivieron en primera persona para retenerlo y que no sea nunca olvidado, a modo de homenaje a los supervivientes, o rememorar en primera persona, filmando las aventuras vividas en propias carnes, tanto las penurias como la ilusión de aquellos años y cómo se superaron, y, finalmente, una mirada a la sociedad actual. Toda aquella lucha, ¿en qué se ha convertido?

Contrastes generacionales y distintos tipos de rodaje documental veremos en Molho, a Bookstore in Six Chapters, Un Voyageur y The Israeli Code. Pero todos ellos con un nexo común: descubrir que la vida, es bella.

Nos adentramos en Molho, a Bookstore in Six Chapsters para descubrir la historia de la familia que acabó fundando una de las librerías más importantes Tesalónica y que, lamentablemente, no ha podido superar la evolución tecnológica y los hábitos de las nuevas generaciones, debiendo cerrar sus puertas. Así, el film, narrado voz en off por la propia hija de los fundadores, no únicamente se convierte en un valioso documento homenaje a sus padres, sino también en un recuerdo en imágenes sobre la Historia de los judíos sefardíes, desde los orígenes de su pueblo hasta nuestros días, a través de la obligada aventura que debieron vivir sus antepasados, superando de la dispersión de su comunidad y, más en detalle, la Segunda Guerra Mundial, gracias a la ayuda de personas desinteresadas que también son homenajeadas en el film.

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Molho, a Bookstore in Six Chapters

Técnicamente, el documental es muy simple: utilizando la animación de fotografías troqueladas de la época (un mérito si consideramos el poco material que se debe conservar para explicar la historia) y dibujos y animaciones preparados para el documental, se convierte en un mero apoyo visual de la narración monotona de la hija (únicamente rota por la simulación de la lectura de una carta en francés escrita por el padre a su futura esposa), que, aunque no dudamos de su buena fe y del sentimiento volcado en el proyecto, puede provocar la desconexión de un espectador que no se ve sorprendido por cambios en el lenguaje cinematográfico. En este sentido, su duración es, por tanto, óptima. Así, por supuesto, el elemento más destacable del documental es que la lectura de toda esta narración se ha doblado también al ladino, idioma hablado en España ya en el siglo XV, todo un tesoro histórico que podrá ser conservado gracias a este documental y que pudimos disfrutar en la proyección del festival.

Pasado y presente se aúnan en el documental dirigido por el propio Marcel Ophüls, famoso tanto por ser hijo del director judío Max Ophüls como por haberse convertido él mismo en un aclamado director de documentales, ganador del Oscar por Hôtel Terminus (1988), basado en la vida de un alto oficial de las SS.

 

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Un voyageur

En Un voyageur parece que Ophüls haya querido, igual que en el anterior comentado, hacer un extenso homenaje a su padre, al que le dedica casi la primera mitad del largometraje, revisando su biografía y, por supuesto, fragmentos de sus películas. 

El director opta por combinar metraje de documentales con fotografías y las explicaciones del propio director ante la cámara, lo que, aquí sí, ameniza más el film. Pero en cuanto entra ya a centrarse en su propia vida, quizá por lo extraordinario de lo que explica, quizá por el deje de superioridad y condescendencia con el que habla a la cámara, pero seguro porque se centra en explicar conversaciones con grandes estrellas del cine bastante fútiles, sus comentarios se nos antoja poco realistas, de bajo interés. De hecho, sorprende que el documental se inicie explicando abiertamente cómo maltrataba a su mujer (mostrando incluso en el propio salón de su casa dónde le dio una patada en la espalda), motivo por el que se separó de él. Es un inicio desconcertante, no a la altura de lo que después podremos descubrir, más como cinéfilo que como espectador, respecto su pasado judío. Porque la sensación que le queda al espectador tras ver el film es que se han omitido, o pasado de forma realmente superficial, los pasajes más temibles que tuvo que sufrir la familia. Sí, se habla de que no tenían dinero para comer y que los amigos de Hollywood daban trabajo a su padre para que pudiese salir adelante, pero de forma anecdótica, como si lo importante fuesen los años que pudieron pasar allá, lo que pudo aprender en el cine, o la carta que Woody Allen le escribió agradeciéndole poder incluir referencias a una de sus películas. Poco más que un autorretrato de su particular época dorada, explicado además sin orden cronológico, volviendo atrás y adelante según su propio antojo (dentro de una límites, eso sí), o, mejor dicho, según la relevancia de lo que en ese momento parece haber recordado. 

Y, aquí, el gran dilema que se le plantea al espectador: ¿es que, en verdad, no es esto lo importante? Lo que vemos es a un hombre orgulloso de su vida, que no teme hablar de su pasado, aunque no se enfrenta a él, pero que supo sobrellevarlo. Un hombre que ha viajado mucho y visto mucho, y que prefiere ser recordado por haber conseguido, pese a todo, disfrutar de la vida como nadie, codearse con los grandes, y convertirse él mismo en uno de ellos. Cuando consideramos el documental desde este punto de vista, atendiendo a su figura pública y no al hombre que tuvo que realizar investigaciones seguro nada placenteras para la realización de sus documentales sobre los años treinta y cuarenta del siglo XX, el documental adquiere otra dimensión, seguramente no la buscada, pero sí mucho más disfrutable.

Finalmente, nos adentramos en uno de los documentales más divertidos y sugerentes del festival, por su contenido y formato narrativo y porque, además, es todo un descubrimiento de la cultura  israelí actual para los que la desconocemos. Hablamos de The Israeli Code.

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The Israeli Code

Desarrollado en capítulos, como Molho, a Bookstore in Six Chapters, el documental es un llamamiento a comprender a los habitantes de la sociedad israelí, indagando en su evolución a través de las fotografías que Alex Levac, periodista, ha ido guardando desde hace décadas (mostrando principalmente comparativas con las fotos de los años ochenta), pero también conociendo de primera mano historias o exposiciones de personalidades actuales, famosos creativos o sociólogos como Gad Yair, pero también de anónimos cantantes callejeros, o simples peatones interrogados a pie de calle. De esta forma, cada capítulo se inicia siempre para complementar una reflexión anterior, con su título escrito simulando tiza sobre pizarra, y que se nos antojan tan próximos como pasajeros, igual que el presente de un pueblo que se reintenta y cambia continuamente, superpuesto a esas fotografías esparcidas sobre una mesa y que veremos gracias a útiles planos cenitales, que irán siendo escogidas por los protagonistas para ahondar en su significado. Así, se hablará de la libertad de expresión al mostrar varios graffitis “mancillados”, alterados por otros artistas o simples peatones que no están de acuerdo con lo que se muestra en la imagen, comparando esta supuesta falta de respeto con la cultura europea, que no altera el trabajo de otros aunque no sea del agrado del artista. Esto llevará, a su vez y encadenando temas, a hablar de la tendencia arquitectónica israelí, tan vario pinta que en realidad conforma un estilo propio; del muro palestino, de amigos y enemigos; de que sea un hecho normal para cualquier habitante de Tel Aviv el que la gente salga a pasear ya no con pistolas, sino con metralletas; de que no exista un código de ética civil y, si existe, se salten las normas por sistema; de que lo verdaderamente importante es la tierra, el nacionalismo, que demuestran todos y cada uno de ellos al utilizar la bandera para cualquier cosa….

Porque el código israelí es, precisamente, la falta de código. La diversidad a la hora de vestirse, de hablar, de actuar. La falta de respeto por los demás, si están fuera de sus propios intereses. Anarquía pura y pura, que, no obstante, no es para nada reprochable. Como indica una de las entrevistadas, dedicada a la moda y tendencias: “¿quién va a fijarse en la moda si se está en casa esperando que en cualquier momento suene la sirena?”. Lo israelíes se han acostumbrado a no pensar en el futuro, y disfrutar del día a día, que en cualquier momento puede ser el último. Anarquía para no sufrir. Todo vale, para sobrevivir. La vida, ahora, es bella. Hay que divertirse.

Corto Completo (en inglés): Molho, A Bookstore In Six Chapters

TRAILER: Un voyageur

TRAILER: The Israeli Code

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