Daïchi Saïto y Teruo Koike

La segunda vida de las imágenes (I/II) Por Arantxa Acosta

"I'm blind to all but a tenth of the universe"El hombre con rayos X en los ojos (X, Roger Corman, 1963)

Según un estudio publicado en ‘Attention, Perception & Psychophysics’, el cerebro procesa las imágenes que le llegan desde la retina en trece milésimas de segundo. Eso implicaría que nuestra visión no únicamente es una mera transportadora de datos, sino que también “busca” los conceptos de lo que está viendo. Dicho esto… entonces, ¿qué podemos llegar a ver, realmente, e interpretar? Si las imágenes pasan por delante de nuestros ojos a gran velocidad, o las ordenamos de una forma coherente dentro del en principio casual nexo entre ellas… ¿conseguimos finalmente ver algo que no estaba allí? Imágenes repetidas, aceleradas, subliminales, abstractas… un regalo para dejar volar la imaginación.

Daïchi Saïto y Teruo Koike se empeñan en conseguir que lo que estemos viendo pierda todo significado. Conectar mentalmente con otro lugar, otro tiempo. Evadirte. Pensar. 

Daïchi Saïto experimenta con el impacto visual, creando verdaderos bombardeos de imágenes que aparecen y desaparecen tan rápidamente que la retina es incapaz de asimilar su velocidad, creando nuevas formas, engañando al cerebro de tal forma que la única salida es no intentar comprender la realidad de lo que se está viendo, sino lo que se evoca. De esta forma, en Green fuse (2008) el autor parte de la repetición de imágenes fijas, centrándose en el tronco de un árbol, un único individuo que divide la imagen en dos partes. Cuando se acerca y aleja, se superpone a él mismo, se combina con imágenes de otros árboles… sólo entonces nos damos cuenta de que se fusiona, y explota, convirtiéndose en bosque, en parque. Consiguiendo el efecto de un taumatropo, la imagen proyectada se nos antojará mucho más amplia, y poco a poco nos mostrará a personas paseando en un mar de confusión. La imagen nos hipnotiza, nos emplaza en el propio parque, para turbarnos y devolvernos momentáneamente con los cortes separados por instantáneos fotogramas azules, que acaban también integrándose en el paisaje que nos hemos creado cada uno de nosotros, como si de un cielo azul se tratase. 

Trees of syntax, leaves of axis (2009) se presenta como una evolución del corto anterior, no únicamente por incorporar tratamiento del color en los fotogramas sino por su deliberada transformación pero, sobre todo, por incluir un elemento externo que convertirá las mismas imágenes que las ya vistas en Green fuse en un universo completamente diferente: la estridente, llamativa y angustiosa melodía que surge del violín de Malcolm Goldstein. El director experimenta con el sonido, con la imagen, con la película, con los encuadres… para jugar con las sensaciones del espectador.

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Daïchi Saïto, Trees of sintax, leaves of axis

Algo tan inocente como un árbol, tres árboles, hojas superpuestas, se convierten a veces en un mundo subterráneo, subatómico o incluso cósmico, que se nos acaba antojando como el interior de nuestro subconsciente, y ese rojo inaudito en un bosque se convierte en personas chillando, corriendo. En una alegoría sobre la angustia del ser humano.

Utilizando las mismas técnicas que en los anteriores trabajos descritos, encontraremos un sentido y sensaciones similares en Blind Alley Augury (2006) y All that rises (2007), en los que aún el director no se ha centrado en explotar una única pieza central de la naturaleza, sino que juega con los elementos que podemos encontrar en la ciudad: edificios, grúas, alambres, sombras, flores que crecen en el suelo… curiosamente, cuando todas las imágenes corren más rápido de lo que, teóricamente, consideramos somos capaces de comprender, es cuando parece que todo tiene más sentido. La hermosura y los peligros (otra vez, generados por el violín de Goldstein) que conlleva vivir en una ciudad se agolpan en la mente entre luz y sombras o intercalando interrogativos fondos negros,  para que cada uno acabe extrayendo la conclusión que más sentido le dé a su propia existencia. 

Finalmente podemos disfrutar del binomio compuesto por Chiasmus (2003) y Chasmic dance (2004), los trabajos menos recientes de Saïto que pueden verse en el festival y en los que claramente experimenta con  la repetición y contraste de las imágenes.  En Chiasmus se nos presenta inicialmente un cuadro blanco sobre negro, centrado… el cuadro se convertirá en una proyección, en la que nos adentraremos, positivizándola. Sonidos de una mujer se mezclan con la imagen de partes de su cuerpo. Primer plano, medio plano. Partes de un cuerpo que nunca veremos al completo, pero que se nos permitirá imaginar. Blanco sobre negro, negro sobre blanco… imágenes que nos permiten pensar en las distintas facetas del ser humano, en sus deseos, sus miedos, sus necesidades e intenciones. Nos proyectamos sobre la mujer para querer saber más de nosotros mismos. Chasmic dance es un corto más abstracto, basado en dibujos y luces y sombras aportadas por el blanco y negro, aunque también juega con la lectura que podemos hacer al intentar extraer información de unas mismas imágenes. Esta vez las composiciones de cada fotograma serán manchas, líneas que se repiten, que se forman y deforman más o menos lentamente repitiéndose en lo que nos acaba pareciendo un ritual. Avanzado el metraje, Saïto introducirá imágenes subliminales básicamente en la parte inferior del fotograma (¿o es fruto de nuestra imaginación?): vemos personas, calaveras… puro contraste que acaba por hipnotizarnos, consiguiendo el efecto y sensaciones deseadas, otra vez. 

Y si Daïchi Saïto experimenta con la imagen de forma que lleve al espectador a imaginar otros mundos, adentrarse en ellos y acabar reflexionando sobre su yo interior, Teruo Koike lo hace también, pero partiendo de una aproximación un tanto distinta: si nos acercamos a una imagen cotidiana, tanto que acaba pareciendo estemos analizando sus elementos utilizando un microscopio… ¿qué es lo que sentimos, como personas? ¿Que somos parte de algo más grande, un engranaje perfectamente pensado para que funcione con o sin nuestra ayuda? ¿o que somos dioses, conociendo el secreto de la vida, adentrándonos en saber cómo funciona?

Partiendo de una imagen cotidiana, reconocible, el director acerca su cámara, se recrea en filmar las imágenes estáticas, cuerdas enmarañadas moviéndose al ritmo otorgado por el  ’stop-motion’ en Ecosystem 6 – A sort of micelium (1989), o acercándose cámara en mano todo lo posible a las rocas de una playa en Ecosystem 5 – A tremolous stone (1988). Imágenes en movimiento frenético que se difuminan, se hacen ininteligibles y nos desconciertan acompañadas de un ensordecedor sonido del mar que regula tanto su ritmo como su volumen (caso de Ecosystem 5), para acabar transportándonos a un medio acuoso en el que miles de animales conviven. Y, de repente, esa imagen en frenético movimiento da paso a un montaje con inserción de fotogramas centrados en la imagen que hasta ahora estaba siendo nuestro centro de atención (y de evasión), para ser combinada con imágenes que nos confunden tanto que acaban dándole un mayor sentido a lo que acabamos de ver, y seguimos admirando como marco a ésta nueva y reveladora propuesta: cerebros en un tarro, animales fosilizados, la luna… Todos estamos formados por micropartículas, todos formamos parte de un todo que no supera, con creces. Sintámonos, igualmente, orgullosos de ello.

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 Teruo Koike, Ecosystem 6

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] hablar de Daïchi Saïto y Teruo Koike, cerramos la sección del S(8) dedicada a la transformación de las imágenes con la excelente […]

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