La entrega (The Drop) y La chambre bleue

Pequeños gestos y grandes pasiones Por Manu Argüelles

La entrega (The Drop). Director: Michael R. Roskam. EUA, 2014. Sección Oficial.

La chambre bleue. Director: Mathieu Amalric. Francia, 2014. Perlas.

En esta nueva entrega del Festival de San Sebastián proseguimos con la plasmación del relato negro en el cine contemporáneo, tras La isla mínima, Black Coal y Catch Me Daddy, buenas muestras que se han concentrado en los primeros días de esta edición. Ahora abordamos dos películas que se reflejan como un espejo invertido. La presencia del crimen tanto en La entrega (The Drop) como en La chambre bleue actúa como un mecanismo propulsor dentro de la narración, ayuda a definir ciertas variables que definen el entorno y el comportamiento de los personajes, pero que no funcionan como núcleos fundamentales. Tampoco existe en ninguna de ellas un ejercicio metalingüístico referido a su propio enclave genérico, si bien ambas difieren en su materialidad a la hora de escribirlo.

La entrega (The Drop) es una humilde película intimista, que tiene más de melodrama centrado en el retrato psicológico de su personaje principal que de thriller propiamente dicho. Su perfil bajo y sus discretas intenciones hace que se distancie notablemente de anteriores y célebres adaptaciones de novelas de Denis Lehane como Mystic River (Clint Eastwood, 2003) o Shutter Island (Martin Scorsese, 2010), las cuales trabajaban la grandilocuencia y los sentimientos bigger tan life. En La entrega (The Drop) las señas más reconocibles del cine negro se canalizan especialmente a través de los personajes secundarios como el de James Gandolfini, en su última aparición cinematográfica, y en los chechenos mafiosos propietarios del bar, donde trabaja el personaje de Tom Hardy. La película deposita especialmente todo el peso en el actor británico, que con cada nueva interpretación que nos brinda consolida su fuerza actoral. Tras ese tour de force que ha supuesto la recién estrenada Locke (Steven Knight, 2013), aquí incluso está todavía mejor. La película finalmente se ha alzado con el premio a mejor guión en esta edición, algo que nos suena más a premio al célebre escritor, quién adapta él mismo su novela, más que al guión en sí. Porque en caso de galardón consideramos que lo mejor de La entrega (The Drop) es el actor principal, en su forma de construir el personaje y de hacerlo madurar, en esos minúsculos matices donde deja traslucir la vida interior del fantasma urbano, desde lo mínimo de una expresividad muy controlada y ajustadísima. Su estrategia es la de jugar con lo imperceptible, porque aunque se presenta de una pieza y fácilmente definible como una persona de pocas luces, bonachón e ingenuo, trasluce en pequeñísimos detalles un fondo oculto. Su labor es la de hacernos sentir que lo que vemos no se trata más que de un disfraz. Parece ser el componente débil y sensible de un entorno duro, especialmente patente en la relación con el personaje de James Gandolfini, que actúa como su jefe. Siempre hay algo que no encaja, y no sabemos muy bien cómo lo hace pero nos transmite esa sugerencia, manteniendo intacta su zona de misterio, algo fundamental para el clímax de la película basado en el twist y la sorpresa.

La entrega (The Drop)

A Joan Sala la película le remite a James Gray y yo en cambio pienso en Gran Torino (Clint Eastwood, 2008). No por las similitudes en la trama, aquí ambientada en un bar que sirve para blanquear el dinero. Tampoco por las contigüidades entre ambos personajes, aunque ambos atienden a una evolución similar en la forma en la que acaban implicándose en la acción. Básicamente, me recuerda en su formato de película pequeña y en su forma de procesar los elementos del thriller junto a la refomulación de las constantes del cine negro, señas debilitadas en virtud de un enfoque intimista centrado en su rol principal. En todo caso, aunque el film no pierda su encanto y se siga con interés, justamente, donde más pierde puntos es en su tratamiento visual demasiado impersonal, a diferencia tanto de Eastwood como de Gray, lo que hace que no le sepamos encontrar su voz propia. Aunque yo tenga mis difcultades para entrar en una película como Bullhead (Rundskop, 2011), no le puedo negar una fuerza y un posicionamiento muy personal y abigarrado por parte de su director, Michael R. Roskam. La que supone su segunda película y su desembarco dentro de las líneas de producción norteamericanas, nos parece la negación de la anterior, cumpliéndose la típica asimilación a la que se someten las voces personales europeas cuando trabajan en Norteamérica. Quizás ha sido una renuncia obligada para introducirse mejor y afianzar posteriormente su propia firma en futuros trabajos. Si ese ha sido el caso, una lástima que La entrega (The Drop) haya sido la víctima involuntaria. Porque en otras manos con más garra, la película se habría elevado por encima de la media. Le falta poco.

La entrega (The Drop)

La entrega (The Drop)

Lo que le falta a La entrega (The Drop), lo tiene a raudales La chambre bleue. Aquí también se adapta una novela de un famoso escritor de ficciones policíacas y de ámbito criminal, en este caso de Georges Simenon, popular por su serie de historias protagonizadas por el comisario Maigret, llevadas al cine en innumerables ocasiones. Amalric lleva a la pantalla La habitación azul, que ya tuvo una previa adaptación en 2002, dirigida por Walter Doehner. No hemos leído la novela, algo que sin duda haremos, pero nos parece que su proceso de traslación parte de una óptica irreverente, en cuanto a Amalric los ingedientes más propiamente dichos del género negro le importan tres pimientos. Poco importa si estos dos amantes infieles con sus respectivas parejas fueron los autores criminales de ese doble asesinato. Menos todavía tiene valor alguno el formato de thriller judicial en el que se asienta el film, construido a partir de arremolinados flashbacks que dan constancia de una imagen de la pasión. La chambre bleue es un cine del arrebato, hipervitaminado y construido con un músculo visual absolutamente fascinante e hipnótico. Bien podríamos estar ante un Chabrol en cuanto ambientación, personajes y trama, pero la puesta en escena de Amalric se olvida del minimalista, distanciado y frío trabajo del director de la Nouvelle Vague. Lo de Amalric es la plasmación del amour fou en mayúsculas (que vuelva a la mente Ascensor para el cadalso ya es decirlo todo) y donde pone absolutamente toda la carne en el asador en este intensísimo y manierista trabajo compositivo donde cada imagen está milimétricamente estudiada. Desde los primeros acordes de la bellísima y sinfónica banda sonora de Grégoire Hetzel, viajaremos a aquel tiempo del cine donde los amantes sentían con voluptuoso padecimiento. La música como evocación y principal vehículo del rescate de aquellos grandes melodramas clásicos en la línea de The Deep Blue Sea (Terence Davies, 2011), pero desde la heterodoxia. Porque Amalric siempre se muestra muy inquieto como director, siempre obsesionado por dotar de densidad y significación a la imagen, muy amante de las perspectivas audaces y de las métricas irregulares y pronunciadas que rompen la armonía heredada de la pintura renacentista, que fija desde antaño unas líneas ideales de proporción en la constitución de lo visual. Cífrense esos primeros planos sesgados y situados en el extremo del marco; ese elaborado trabajo de la profundidad de campo que distribuye de forma muy original las presencias; esos encadenados simbólicos como, por ejemplo, las gotas rojas, de sangre y de mermelada…

Es cierto que Amalric arranca con un vigor cautivador y una embargadora sensualidad (la manera de registrar el cuerpo femenino no tiene paragón) en aquellos instantes de auténtico frenesí en la habitación del título en la que los amantes consuman su affaire. Empezar en un pico tan alto obligatoriamente implica un descenso. De intensidad sí, pero no de atención para el que esto escribe. Desde ahí, en los pasos de la detención como presunto asesino y en la rutinaria reconstrucción de los hechos, Amalric se regodea con sumo delirio y fruición en la plasmación de la pesadilla claustrofóbica para su personaje. En ese dibujo de víctima indolente que ha caído presa de las garras de la femme fatale su tono es más laberíntico, en una estructura en cascada como el frenopático recuerdo en nuestro interior, especialmente cuando los flashbacks más que proporcionar información suponen más desconcierto. Se aturrulla el discernimiento de lo que ocurrió y Amalric no ofrece ningún tipo de calma al espectador, porque niega una fácil comprensión. Se genera una brumosa tela en torno a lo que se vivió y lo que se vuelve a traer al presente. No hay nada fácilmente legible porque en La chambre bleue lo que importa son las sensaciones en un cine condensado que sabotea lo narrativo. Lo descompone, lo fragmenta y lo enloquece para dar paso a los estados de ánimo en el vértigo de la vehemencia, la pasión y su desesperado vitalismo, el pathos del fatalismo, la irresistible tentación del pecado. Para mí este es un cine en el que vivir, como con Tournée: yo quiero entrar y nunca salir.

La Chambre Bleue

La chambre bleue

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] / Silent Heart), junto con un director como Michaël R. Roskam que viene a revalidar su debut con (La entrega / The Drop), después de Bullhead, su salto a Hollywood, nada menos que con Tom Hardy, Noomi Rapace y James […]

  2. […] Black Coal, de forma muy similar a como ya sucede en La chambre bleue (Mathieu Amalric, 2014), todos los ingredientes característicos del noir quedan supeditados a la […]

  3. […] que ya fue motivo de una retrospectiva en la primera edición del D’A, Matthieu Amalric (The Chambre Bleue), Hong Sang-Soo (Hill of Freedom), Ulrich Seidl (In the basement), Aaron Katz (Land Ho!) o Gregg […]

  4. […] y Christian Petzold cumplían el rol de ser primeros espadas, acompañados en una zona media por Michäel R. Roskam, Cédric Khann y Danis Tanovic. En este marco no obvio la presencia española, que sin duda […]

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