Autómata

La prodigiosa evolución ¿de las máquinas? Por Arantxa Acosta

"Se decidió no continuar con esa linea, por las reacciones negativas del consumidor. Existe el temor de que si los robots continúan, harían que... los humanos fuéramos obsoletos."El hombre bicentenario (Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999)

**Contiene spoilers**

El hombre bicentenario de Asimov, Andrew Martin, quería llegar a ser reconocido como humano. Capaz de razonar, de sentir, incluso de amar, tras décadas de ver cómo el mundo cambia, cómo sus seres queridos desaparecen, pedirá morir. Le era ya imposible desear la vida eterna.

Vivir y morir. Ser como su creador. Como su ídolo. Como su particular dios.

Pero la premisa de Autómata es radicalmente opuesta: el robot no quiere parecerse al hombre. No es ni mucho menos su referente. Quiere evolucionar: ser el siguiente eslabón. Y no por egoísmo, sino por pura deducción:

“(Jacq Vaucan): – Se suponía teníais que ayudarnos a sobrevivir”.

(Autómata): – Sobrevivir no es relevante. Vivir lo es. La vida siempre encuentra su camino.”

Vivir, en definitiva.

La oportunidad de sobrepasar al hombre la encontrará por puro azar, igual que éste la halló millones de años atrás. Tal y como indica el “relojero” de Autómata, equivalente al Rupert Burns de El hombre bicentenario:

“Hoy está aquí traficando con baterías nucleares porque hace millones de años un mono decidió bajar de la rama de un árbol.”

Los humanos tenían miedo a Andrew, porque auguraban que dejarle ser considerado un humano podría ser el inicio de su extinción…

“Es un error natural: tiene forma humana, por lo tanto, considera la falla mecánica como excentricidad y lo antropomorfiza; es un utensilio domestico, y usted actúa como si fuera un hombre.”

…¿igual que el miedo planteado por Autómata?

“Le disparé porque parecía que estaba vivo.”

Nada más lejos de la realidad. De hecho, distan mucho de ser comparables, ya que el punto de partida es completamente distinto. Porque Andrew está programado para tener sentimientos, humanos, de complejidad progresiva y, por tanto siempre, siempre, estará atado a nuestras mismas limitaciones. Igual que los replicantes de Philip K. Dick, que huyen porque quieren “sobrevivir”, al atar cabos y darse cuenta (importante: tienen conciencia) de que el hombre les extermina pasados cuatro años de vida. Un concepto muy distinto al de los autómatas del film de Ibáñez, cuya limitación no estará tan ligada a que su creador se haya empeñado en moldearles a su imagen y semejanza.

Así que entremos ya en materia.

automata 3

Aciertos: el futuro del hombre, el futuro de la máquina

Que el hombre tiene miedo a su propio invento no es nuevo. Desde los grandes relatos de la edad de oro de la ciencia ficción 1 hasta las propuestas de films más recientes (la ya citada adaptación de K. Dick en Blade Runner – Ridley Scott, 1982 -, incluso Engendro mecánicoDemon Seed, Donald Cammel, 1977), se promueve la alerta. Querer jugar a ser Dios hasta las últimas consecuencias, pero arrepentirse cuando no puede seguir controlando al propio retoño.

De retoños y unidades familiares también tocará hablar en Autómata, por cierto. Pero seguimos.

Autómata recoge esta visión más fatalista (muy contraria a la amable propuesta de Asimov y su Andrew), y la retuerce. No se plantea, en absoluto, la evolución del hombre/máquina o de la máquina/hombre.

Le da igual pensar que si seguimos jugando a ser Dios, evolucionando nosotros mismos hacia superhombres híbridos gracias a injertos electrónicos (recordemos Elysium – Neill Blomkamp, 2013 – o RoboCop – Paul Verhoeben, 1987) o que sean los “esqueletos electrónicos” los que acaben adoptando piel y órganos humanos mediante nuestra “inapreciable” ayuda (El hombre bicentenario como esperada profecía, o Engendro mecánico como mal augurio), llegará un momento en el que una “especie” será absorbida por la otra.

No. Autómata va más allá, y habla de la evolución de la máquina sin la ayuda (o más bien, travesura) del hombre. Cual Skynet tomando conciencia de sí misma, sí. Pero sin proponer que sea una mente superior la que gobierna al resto de robots, que cumplen las órdenes de la computadora central. Más similar al HAL de 2001: una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968), entonces.

Un robot. Una casualidad. Un nuevo eslabón.

“Simplemente sucedió. Simplemente aparecimos.”

De autómata a ser superior

 

Para comprender la propuesta del film, hay que recordar la introducción de la película: debido a las tormentas solares, no únicamente se ha reducido considerablemente la población y las zonas habitables, sino que tecnológicamente el hombre ha tenido que dar un paso atrás. Volver a empezar en cuanto a poder poner en activo los conocimientos adquiridos durante décadas, por así decirlo. Es por esto que la película obvia hablar de humanoides, y mucho menos de androides.

Y este mismo planteamiento es el que hace tan interesante a Autómata. Porque no se parte de hacer evolucionar al robot para que sea parecido a nosotros. No se parte de la necesidad del hombre de jugar a ser Dios, como muchas otras han hecho, sino de la necesidad de tener un aliado “tonto” que ayude en las tareas domésticas (ya sean en casa, en fábricas…). Una máquina, en definitiva, que se quiere exclusivamente como ayuda. Como “esclava”.

El hombre como dueño. Como poseedor de su invento 2.

Es aquí cuando Autómata enfrenta al hombre con su conciencia: por mucho que seamos los inventores, por mucho que intentemos dominar a nuestras creaciones, debemos olvidarnos de ese sentimiento de posesión. Ya sea porque exista un ente superior que sí nos gobierna a todos, o porque, simplemente, la evolución es imparable.

Esta es la razón por la que una de las frases del primer autómata que se deshace del famoso segundo protocolo 3 resulta ser una incisiva increpación:

“¿Soy sólo una máquina? Es como decir que tú eres sólo un mono. Sólo un mono violento.”

El autómata acepta su destino mucho mejor que los hombres, y se irá desatando progresivamente de ellos. De esta forma, uno de los gestos más simbólicos de la película es la paulatina modificación de la apariencia del robot: cuando Cleo modifique su “mente”, se deshará de la ridícula peluca impuesta por sus creadores. Y cuando los otros robots se den cuenta de que ya no están para nada ligados al ser humano, se quitarán la carcasa que actúa como careta: la que oculta el mecanismo del autómata, la que le da personalidad y nos genera empatía. De hecho, uno de los momentos finales del film es la propia Cleo realizando también ese gesto (en un plano que intenta ser épico…), dejando tirada en la arena la bonita careta que la ha sometido a su creador. No hay “hombres” ni “mujeres”. Hay, exclusivamente, una nueva raza superior.

Los robots de Autómata superan al hombre, y es lo que quieren. Evolución natural. Evolución, como decíamos, imparable.

El robot como siguiente eslabón, sin necesidad de convertirse en androide, sin necesidad de parecerse, ni pretenderlo, al humano.

El autómata ya no se presenta ante nosotros como el amable compañero doméstico. Se libera rápidamente de esa conexión con su creador, para poder avanzar sin los remordimientos que sí siente el Andrew de Asimov.

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De igual a igual: entender el destino de la humanidad

Bien. El autómata evoluciona mucho más rápidamente que el hombre, tal y como muestra la película una vez el “cerebro” de los autómatas es modificado. En el film se mostrará el momento en el que ambas “mentes” estén a un mismo nivel, a través de la relación Cleo/Jacq, haciéndole comprender que todos los sucesos tienen un propósito.

“Para morir, antes tienes que estar vivo.”

Jacq acabará “iluminándose”, cual peregrino al llegar a su santo destino. Y esta comparativa no es casual: atención al nombre de la serie de robots, Pilgrim. Peregrino, penitente… la única referencia religiosa que encontraremos en todo el film y que, sin embargo, esconde un fuerte deseo de vincular (¿místicamente?) el futuro de la raza humana y la de los autómatas: los robots se alejarán de las ciudades de los hombres para encontrarse a sí mismos como nueva especie, sin interactuar con su raza “padre” al establecerse en tierras radioactivas.

Y de esto será consciente un Jacq que el director quiere presentarnos con todas las dudas que se agolpan en su mente sobre todo durante la segunda parte del film, desarrollada en las áridas tierras. De forma completamente desafortunada, el guión intenta hacer coincidir a las dos especies, borrando los límites físicos que las separan, en la escena del baile entre Jacq y Cleo. No obstante, la idea base está ahí: ¿Por qué debo considerarme superior a ellos?

“(Jacq): – Voy a morir aquí.

(Autómata): – Morir es una parte del ciclo natural humano.”

Jacq se comportará a partir de entonces como el necesario aliado para que el futuro, más o menos afortunado de las dos especies, tenga lugar. Y, ahora cual Jesucristo, acabará sacrificándose por la evolución de los robots. De su especie, sí. Porque ya nos ha quedado claro que los autómatas serán nuestro propio futuro. Como en Terminator (The Terminator, James Cameron, 1984) o Matrix (The Matrix, The Wachowski Brothers, 1999), sólo que a diferencia de éstas, los robots serán suficientemente inteligentes como para obviar el sentimiento del odio, o de superioridad, en contra de su creador. No les hará ningún tipo de falta.

Y, por supuesto, siempre existirán detractores. ¿Acaso es sencillo aceptar la propia muerte, o la de nuestros descendientes?

“¿Que hace que un hombre traicione a su propia especie?”

El tema es que, en realidad, Jacq no lo está haciendo. Pero llegará un momento en el que adivinará que los verdaderos autómatas son los humanos intolerantes. Llegará el momento de conocer el pilar de la nueva especie.

 

De retoños, unidades familiares e impulsores de la vida, y la muerte

Se da en Autómata una subtrama que en realidad quiere avanzar paralelamente al desarrollo de la premisa principal, para acabarse entretejiendo: la película intenta demostrar el siguiente paso de las dos especies a través de la necesaria descendencia.

Jacq se presentará como un hombre que va a ser padre exclusivamente por contentar a su mujer, ya que no considera que en un panorama al borde de la destrucción sea necesario perpetuar la especie o, como mínimo, traer alguien al mundo exclusivamente para sufrir (y no conocer nunca el mar, símbolo de un pasado mejor). De hecho, el protagonista se presenta bastante “despegado” de los suyos. No obstante, cambiará de idea al conocer a su hijo (más bien, al reconocer su llanto), justo en el momento en el que está a punto de disparar a otro hijo: el robot creado desde cero por los autómatas inteligentes. Un robot inocente, como el bebé de Vaucan. Un robot con sistema respiratorio, como si se quisiera experimentar qué es la muerte, aunque no sea el deseo expreso de la nueva raza. Un robot sin limitaciones, que puede evaluar si es necesario o no para su buen devenir el atacar a otro ser vivo.

De esta forma, se realiza un estupendo paralelismo entre las dos razas: la que está a punto de perecer, aunque sigan naciendo niños ya condenados de antemano, y la que surge poderosa, nueva, y libre.

Un potente planteamiento que nos atrapa hasta el final.

¿Por qué Autómata no acaba de ser notable?

Aquí, simplemente, confirmaré una sentencia:

Autómata falla por no confiar en sí misma.

Porque decide rediseñar (mezclar) propuestas clásicas a nivel argumental, que es más que respetable, pero también reflejar, inexplicablemente, estas propuestas en su forma más literal en su puesta en escena. Un ejemplo claro: tras la magnífica introducción con un cercano sol ardiendo tras las apocalípticas noticias que se nos van presentando, se muestra la ciudad en la que vive Jacq Vaucan. Y claro, Blade Runner ya se manifiesta en nuestra mente. Porque las imágenes son, casi completamente, un calco de la escena introductoria de la de culto. Y esto sin entrar en que ya que nos habíamos creído que tecnológicamente el hombre estaba en pleno retroceso… ¿cómo es posible sea capaz de existir este tipo de ciudad, con hologramas gigantes? Más avanzado el metraje veremos, además, las típicas televisiones 3D, eso sí, acompañadas también de televisiones de tubo catódico. Incluso un aparato para hacerse ecografías desde casa… ¿tiene algún sentido?

No han pasado ni cinco minutos y el film ya es relativamente incongruente.

Desanimados, contemplamos esas imágenes iniciales que nos dejan un regusto amargo. Conoceremos al policía corrupto (ataviado con un impermeable que también nos hace pensar, por ejemplo, en Doce monos (Twelve Monkeys, Terry Gilliam, 1995), prototipo clásico de personaje al margen de la ley que odia a los robots por lo que suponen en la denigrante vida de los humanos tras el apocalipsis solar, pero justo después aparecen unos títulos de crédito que nos superan, y relanzan el maldito inicio. A ritmo de la Overtura de la Música para los Reales Fuegos de Artificio de Händel, creada para celebrar el fin de la guerra de secesión austríaca y la firma del tratado de Aquisgrán (que curiosamente, y muy relacionado con el film, no fue del agrado de todos los bandos), se nos presenta, a base de fotografías en blanco y negro, el testimonio del triste devenir del humano hasta que se construye el Pilgrim 7000. Las fotos muestran la fe en ROC Corporation (encargada de la construcción de los robots, una auténtica mafia todo poderosa a nivel mundial, claro), la acogida de los nuevos ayudantes… pero también la desconfianza en ellos una vez no han podido parar la desertización del planeta.

Y esta parte sí nos gusta, y es original y coherente con lo que se va a explicar, igual que las imágenes del desierto a partir de la segunda parte del film.

Pero conoceremos a Jacq, que, de nuevo, nos traerá a la mente al Deckard de Blade Runner. Tanto por su apariencia como por su actitud y ganas de dejarlo todo atrás e irse de la ciudad. El único elemento que le diferencia, el hecho de ser padre, queda demasiado difuminado en la construcción del personaje por parte de un Antonio Banderas que parece no se siente cómodo al trabajar en escenarios ficticios, porque su actuación, a veces, parece más que forzada. El resto de actores, secundarios de lujo en algunos casos, la verdad es que tampoco parece estén mucho por la labor…

Pero quizá lo más preocupante del film de Ibáñez es que quiere decir tantas cosas que deja propuestas completamente inconexas.

Un ejemplo: el símbolo que pretende ser el buitre. No queda claro por qué su aparición tiene un nexo real con la película y lo que se explica. Jacq llamará buitres a los robots (cuando están recogiendo comida para salvarle, por cierto). Luego se comportará como uno de ellos, al robar la comida a un cadáver para, finalmente, aparecer los verdaderos animales carroñeros para devorar los restos de los cuerpos sin vida tendidos al sol. ¿Se está intentando equiparar a la raza humana a la naturaleza del ave? ¿Es una premonición del futuro de las dos razas, que acabarán por suplicar su supervivencia – también la de los robots, una vez llegue su propio ocaso?

Otro ejemplo: el niño, el joven Vaucan, bañándose en el mar, disfrutando de un inocente día de sol y playa. Al revés que en el anterior ejemplo, se entiende el significado que quiere dársele (el recuerdo de un aépoca en la que no existía rivalidad entre hombre y máquinas, incluso la posible culpa del hombre por destruir la Tierra y, por ende, la raza), más con el trágico pero irremediable y acertado final del protagonista, pero no acaba de ser un conector viable con el avance del argumento, porque no se presenta en momentos clave del film y porque no es significativo del sacrifico del héroe, dado que no puede relacionarse con el nacimiento de la nueva vida, por ejemplo.

Entonces… ¿en contra o a favor, de Autómata?

A modo de resumen diremos que, en contra, Autómata se apoya mucho en un guión que lamentablemente ha querido ser, por un lado, demasiado conservador a la hora de aportar novedades (quedándose, como decíamos, en un “refrito” utilizado como base para su argumento propuesto), y por otro, se nos antoja demasiado irracional cuando rediseña algunas propuestas tan arraigadas en la ciencia ficción (lo tenemos, como decíamos en la nota al pie, en los dos protocolos, transformación poco acertada de las Tres Leyes de la Robótica de Asimov). Además, en su puesta en escena adolece también de falta de ideas, pero ojo, limitadas a la concepción de la ciudad. La parte que transcurre en el desierto nos encaja perfectamente. Por último, echamos de menos profundidad de personajes, que podrían haberse limitado a menos y dotarles de mayor peso en una película que no necesitaba de florituras que despisten…

Pero a favor diremos que los temas de la película son suficientemente importantes como para haber obviado el convertirla en un film de acción (decisión destacable aquí, y que funciona. Aunque precisamente esto es lo que muchos le reprocharán), y que la convierten en completamente disfrutable al analizar cada una de sus pausas o alguna de sus frases memorables, o gestos de sus protagonistas.

Desde aquí defendemos el film. Porque aunque se apropia de ideas ya tratadas, incluso en demasía, las plantea de forma humilde, y con extrema sutileza y respeto. Así que no nos queda otra que recomendarla: fijémonos en lo que dice, y “perdonemos”, en algunos pasajes, cómo lo dice, aunque en determinados momentos se nos haga difícil. Si nos dejamos llevar la película es entonces infinitamente disfrutable.

TRAILER:

  1. Os recomendamos, como mínimo, leer este corto cuento de Alfred Bester, Manuscrito encontrado en una botella de champagne, que, en clave de humor, toca exactamente el mismo tema que reproduce ahora tangencialmente Autómata (porque en realidad no es, en absoluto y aunque pueda parecerlo, su leitmotiv): la rebelión de las máquinas más comunes, de nuestros supuestos aliados.
  2. Esto no dista demasiado de los Principios éticos de la robótica publicados por el Consejo de Investigación de Ingeniería y Ciencias Físicas y el Consejo de Investigación de Artes y Humanidades en 2011. Así que, curiosamente, estamos preparando perfectamente el terreno para que una posible y augurada rebelión tenga lugar…
  3. La película describe dos protocolos almacenados en los circuitos de los robots. El primero previene al robot de lastimar cualquier tipo de vida; el segundo, a que puedan alterarse a sí mismos u otros robots. La similitud con las Tres Leyes de la Robótica de Asimov es, obviamente, innegable, más cuando también aquí se intenta explicar el origen de su definición
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Comentarios sobre este artículo

  1. […] el próximo enero, pero Arantxa Acosta la vio en Sitges y nos habla detenidamente de ella. En Cine divergente, cómo […]

  2. miguel dice:

    buenas. podrian decirme porque el automata que esta cruzando al otro lado salta?y porque crearon al bicho chiquito que tira al viejo del barranco?

    1. Arantxa Acosta dice:

      Los autómatas se convierten en una nueva raza. Superior.
      Cualquier raza quiere reproducirse. Crear, experimentar… superarse a sí misma. Y para que salga adelante, siempre es necesario que alguien se sacrifique. Por la supervivencia de la especie, para que consiga alcanzar su destino… el de la “nueva” humanidad… ¡Espero te sirva! ¡Gracias!

  3. […] gobernará por encima de sus creaciones, abandonando completamente la idea que plantea la reciente Autómata (Gabe Ibáñez, 2014) y relegando a las máquinas a la condición de siervos del hombre (de hecho, […]

  4. […] que ya he escrito, y ya en varias ocasiones (por ejemplo, a colación del estreno de la ya citada Autómata (Gabe Ibáñez, 2014), o en el ensayo ‘De la herramienta al androide’ para Miradas de […]

  5. paul dice:

    Me encantó la pelicula. Es similar a la sensación de Nueve …. alguna vez existió una especie llamada ser humano

  6. […] Arantxa Acosta en Cine Divergente […]

  7. […] todo en la única novedad al respecto que introduce en su film (si obviamos los minutos finales de Autómata -Gabe Ibáñez, 2014-, que de forma tangencial trataría el mismo concepto): la presentación de la […]

  8. […] también existe la línea que plantea la infravalorada Autómata (Íd., Gabe Ibáñez, 2014). Si bien es cierto que es un amalgama de buenas ideas ya vistas, no hay […]

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