La distancia, The Infinite Man y Taller Capuchoc

"Surrealismo tonto", imprescindible Por Arantxa Acosta

La distancia. Director: Sergio Caballero. España, 2014. Oficial Fantàstic Competició.

The Infinite Man. Director: Hugh Sullivan. Australia, 2014. Noves Visions Ficció.

Taller Capuchoc. Director: Carlo Padial. España, 2014. Noves Visions Emergent.

Sí, he de reconocerlo. A mi me gusta el humor absurdo, el “surrealismo tonto”, tal y como se ha bautizado estos días en la cola de entrada de prensa de  Sitges 2014 a las películas tipo Réalité (2014), de consumo exclusivo para los que somos un pelín freaks y nos reconocemos fans de los Monty Python, Muchachada Nui y Pioneros del Siglo XXI.

En estos primeros días del Festival, para mi alegría, se han concentrado varias de este tipo. Películas que pueden parecer sin sentido, pero que obligan al espectador a pensar sobre lo que se le está intentando transmitir (al que le queden ganas de hacerlo tras un par de horas de supuesto sin sentido), si es que en realidad había una intención seria tras todo el argumento. Aunque, en definitiva, todos sabemos que da absolutamente igual cuál fuese la idea preconcebida de su autor. Porque lo importante es la interpretación que cada uno de nosotros acabemos dándole, siempre que nos sintamos satisfechos de ella. E incluso aunque no lo estemos. Sin duda, todos tendremos razón.

Empezamos con La distancia, el segundo largo de Sergio Caballero tras Finisterrae (2010). Y diremos, siendo honestos… que no puede explicarse.

Porque la película es una invitación a entrar en un estado mental. A dejarse llevar y aceptar que no hay reglas de ningún tipo. Ni argumentales, ni formales, ni espacio temporales.

De lo poco coherente que puede explicarse de la película, nos quedamos con que se trata de la descripción ordenada de la concepción y ejecución de un robo, cual Origen (Inception, Christopher Nolan, 2010) o Un trabajo en Italia (The Italian Job, Peter Collinson, 1969), por ejemplo. Eso sí, contratado a tres enanos con poderes mágicos (que escuchan lo que está haciendo alguien a varios kilómetros, que consultan información sobre objetos, o sobre el futuro, a videntes de otro mundo – croupiers de casino que utilizan métodos poco ortodoxos, para ser más exactos -, o que detectan el paradero de lo que están buscando utilizando la barriga como radar….), por parte de un artista/matemático/físico cuántico ya atemporal encerrado en una planta nuclear de Rusia desde hace años. El robo de “la distancia” será posible si consiguen sortear al vigilante de la planta, un ex soldado sometido a un experimento cuyos efectos secundarios fueron el no poder controlar su propia materia, desintegrándose al caminar para volver a esta dimensión pocos segundos después, y que tiene como “compañeros” a una chimenea y un cubo, japonés de ascendencia catalana, que además están enamorados.

Sí, esta es la parte coherente.

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La distancia

La distancia destaca por su frío formato y encuadres, que convierte las imágenes y el argumento que representan en absolutamente realistas, consiguiendo un estado de hipnosis del espectador que no puede más que empatizar con los personajes, aunque sólo sea por intentar comprenderles mejor. El guión no desaprovecha la oportunidad de dejar caer varias puyas hacia personajes célebres de la industria musical (la importancia de la mortadela “Yoko Ono” en el curso de los acontecimientos es, lo menos, desternillante), así como a la actualidad política (“Escucharé a Lenin mientras domine el capital”), además de aprovechar para incluir subgéneros del fantástico, entre ellos el de viajes en el tiempo (claro, cómo no va a haber saltos temporales teniendo en cuenta la inmaterialidad del guardia y su repentina evanescencia).

La película avanza tan segura de sí misma y de lo que relata, con ese trasfondo de seriedad que rezuma cada plano, que únicamente reafirma el potencial hilarante de lo que estamos presenciando. Interrogantes, igualmente, muchos: la importancia de los conejos disecados y la relación con el matemático; la relación previa entre el físico y los enanos; el final del romance entre la chimenea y el cubo… y, sobre todo, el significado de “la distancia”, que puede tener sentido, o no, cuando descubrimos la relevancia de lo que esconde. Todo un descubrimiento.

Entonces… ¿Qué es lo más disfrutable de La distancia? Todo. Siempre que se quiera entrar en el juego. Siempre que estemos dispuestos a que nos parezca, quiero pensar que erróneamente, que nos están tomando el pelo.

Hablando de saltos temporales, otra de las bizarradas del festival la encontramos en The Infinite Man. Si hace unos días hablábamos de Predestination (Michael Spierig, Peter Spierig, 2014), que ponía sobre la mesa el planteamiento de la inexistencia del libre albedrío (por mucho que nos engañemos al creer podemos cambiar nuestras decisiones) utilizando los saltos temporales como vehículo conductor, Sullivan encara la misma reflexión pero partiendo, se nos antoja, de una película de culto del subgénero, que no es otra que la excelente Primer (Shane Carruth, 2004).

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The Infinite Man

En Primer,su director y guionista explotaba dos conceptos básicos para el avance del film: el primero, qué pasaría si pudiésemos realizar microsaltos en el tiempo, y más de uno a la vez (de hecho, uno de los grandes dilemas del film es comprender cuántos protagonistas “repetidos” coinciden en un mismo espacio, es decir, cuántos saltos temporales se han dado realmente). Diferenciarlos es imposible, ya que visten las mismas ropas, claro. La única pista que nos regalaba Carruth era que, para los que saltaban varios días, se debaja entrever una barba de tres días como única señal diferenciadora…

El segundo concepto es que el protagonista de estos saltos, para intentar controlar la situación, podría ser capaz de grabar sus propias conversaciones para reproducirlas posteriormente, con las mismas palabras, al suplantar a algunos de sus otros yo, siempre con la intención de enmendar algún error anterior.

Pues bien, The Infinite Man prácticamente es esto mismo: varios saltos como causa, y consecuencia, de la búsqueda de perfección.

Llevado al género de la comedia en lugar de a la angustia psicológica, el director se basará en los multiples saltos de dos novios para conseguir que su aniversario juntos sea el mejor día de su vida.

Como en Primer, el nerd construye una máquina del tiempo para convertir en inolvidable la desastrosa celebración. El destino hará que varios malentendidos “obliguen” a Dean a viajar varias veces al punto de partida, y, de rebote, también a su novia Lana.

Es interesante cómo explota la complicada situación al hacer que personajes pertenecientes a un tercer bucle tengan que interactuar con los del primero, por ejemplo. Incluso que personajes que inicialmente parece que pertenezcan a un bucle se estén representando a ellos mismos, sin saber uno del otro que ya son “veteranos” en la situación, cerrando de esta forma siempre el loop y no pudiendo escapar nunca de él. Estamos, por tanto, en una concepción del tiempo y nuestra interacción con esta dimensión similar a Looper (Rian Johnson, 2012): siempre ha debido existir una primera vez antes del loop (al contrario de lo que plantea Predestination, y quizá podríamos decir que ésta maneja una teoría mucho más interesante), y lo que es necesario plantearse es si es posible el poder romperlo de alguna forma. Esta búsqueda de liberación, del triunfo del hombre sobre su destino, lo encontramos en diversas propuestas que defienden una u otra postura, o resolución.

The Infinite Man no pretende ser más original que sus fuentes de inspiración, pero sí es verdad que para los que amamos este subgénero siempre es de recibo encontrar films que intenten llegar de forma mucho menos complicada al público, convirtiendo la esencia de Primer en comedia (aunque seguiremos recomendando el visionado de la original). Por tanto, es de agradecer un guión sencillo pero hilvanado, que no deja ningún cabo suelto respecto a los múltiples bucles creados. Además, visualmente, la película cumple.

Pero el film de humor surrealista por excelencia del Festival (exceptuando Réalité, eso sí) ha sido la divertida Taller Capuchoc.

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 Taller Capuchoc

Miguel Noguera es el protagonista absoluto de esta incursión continuista de Mi loco Erasmus (2012), centrándose ahora en explorar el devenir de la juventud española (a veces riéndose de ella y sus quejas, a veces dejando la idea para que el espectador quiera – o no – captar la ironía que esconden), sus intereses y fobias, sus tendencias y modas. Una visión de los hipsters/modernitos que personalmente me ha recordado tangencialmente al acercamiento de los personajes de Pop Ràpid (Marc Crehuet, 2011-), serie catalana muy recomendable para treintañeros con alma de veinteañeros (la mayoría de todos nosotros, a todo esto).

Noguera interpreta a un escritor en horas bajas que cuestiona, y se cuestiona, la necesidad de rebajarse a dar un taller de escritura para conseguir dinero. El humorista, con su peculiar naturalidad a la hora de expresarse, nos adentra en la película, que no duda no sólo en ir adelante y atrás en el tiempo sino también en repetir diálogos en distintas localizaciones y momentos, en jugar con la existencia de algunos personajes y su condición (el psicoanalista es el mejor ejemplo), utilizando como elemento de reflexión tras cada idea lanzada, más o menos subliminal, la separación de escenas con la sobreimpresión de imágenes de múltiples lomos de libros, dejando ver sus títulos, y recordándonos la importancia de sus palabras, en yuxtaposición a los acontecimientos y mediocridad acontecidos en la pantalla.

Por supuesto, no falta en Taller Capuchoc el humor más gamberro, el de risa contagiosa, el universal. El que se utiliza básicamente para rebajar el nivel de surrealismo que tanto nos gusta – y no necesita de aditivos más convencionales.

No obstante, y aunque a la película le sobra algo de metraje (porque este tipo de humor, construido a través de micro-sketches, no se puede aguantar como largometraje sin cambiar algo el formato o dando paso a nuevos personajes y/o avance en la trama), hay que reconocer que mantiene el tipo y la atención de un espectador que, como decíamos al principio, está ávido de consumir “surrealismo tonto”.

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] La representación española corre a cargo de Sueñan los androides, Pas a Geneve, Lunático, Taller Capuchoc y Todo parecía perfecto, las tres primeras provenientes del Festival europeo de cine de Sevilla. […]

  2. […] Arantxa Acosta en Cine Divergente […]

  3. […] una de las mejores comedias españolas de los últimos años, Ilusión (Daniel Castro, 2013) o Taller Capuchoc (2014) de Carlo Padial que aprovechará para presentar un nuevo […]

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