Good Kill

De oportunidades, y flaquezas Por Arantxa Acosta

Matar a personas a miles de quilómetros de distancia desde la tranquilidad de una cabina con aire acondicionado. Situarse ante la consola, calcular dónde va a estar exactamente el objetivo en los diez segundos que tarda en llegar el misil desde el dron. Y apretar el botón. “Good kill”. Salir de fiesta, hacer una barbacoa con la familia. Y plantearse continuamente si se está o no convencido, y de acuerdo, con las órdenes recibidas.

Éste es el material de partida para la nueva incursión de Andrew Niccol en el oscuro terreno militar, ahora desde el punto de vista de un comandante de las fuerzas aéreas amargado por no poder salir a volar y, en su lugar, dedicarse a “jugar a matar” sentado frente a un terrorífico simulador de vuelo. Un material que hubiese sido perfecto para realizar una dura crítica política acerca de lo poco éticos que son los mecanismos de inteligencia a la hora de decidir qué target es o no peligroso, demostrándonos que muere mucha más gente inocente de lo que podemos llegar a imaginarnos ¿Dónde está el límite de la guerra preventiva? Parece inconcebible que, en base a patrones de comportamiento se dé la orden de matar a un grupo de personas que están hablando tranquilamente en un mercado, por ejemplo. Una crítica social sobre el cómo nos vemos influenciados por el entorno y lo que se nos quiere vender como la diferencia entre el bien y el mal en este terreno militar, comparando las distintas formas de pensar de los diversos militares protagonistas, y sin limitarse a una conversación casi anecdótica durante el descanso en el trabajo. Y, por último, un llamamiento a rebelarnos de alguna forma, ayudándonos al sentirnos más o menos identificados con el personaje principal y las dudas que le asaltan. Sin intentar posicionar emocionalmente al espectador.

Good Kill

Queríamos, en resumen, algo más similar a En Tierra hostil (The Hurt Locker, Kathryn Bigelow, 2008). Centrado en el creciente uso de los drones en la lucha. En la deshumanización de la guerra, no sólo a nivel mental de los soldados , sino en cuanto a la distancia emocional conseguida con la automatización de las muertes y, por tanto, posibilidad de menor remordimiento, incluso. Queríamos una reivindicación sin entrar en sentimentalismos, que obligase a abrir el debate y sin que se nos condujese abiertamente hacia una opinición con reta, ni cerrada. Pero Niccol no es Bigelow, no.

Niccol en Good Kill se limita a rellenar con escenas de muertes a distancia gran parte del film, y prefiere, como resulta previsible, dejar como héroe individual al protagonista, que se toma la justicia por su mano.

¡Ah! La cultura americana en todo su esplendor: la premisa “alcanzar el éxito” sea como sea se transforma aquí en potenciar el distanciamiento del grupo. Por una buena causa, sí. Pero no es suficiente razón para encumbrar al personaje, tal y como se hacía en la fallida La última llamada (The Call, Brad Anderson, 2013).

Good Kill 2

Así que una buena idea tiene un mal desarrollo de su argumento. En cambio, Niccol sí brilla en algunas decisiones: la comparativa entre la cabina de trabajo y el mundo real, que paradójicamente se trata de una ciudad de cartón-piedra: Las Vegas. Muy buena reflexión: cómo dejar de vivir dentro de un videojuego si lo que espera fuera son construcciones imposibles llenas de luz, ruido y color, o casas unifamiliares adosadas, que proyectan sensación de seguridad en medio del desierto del condado de Clark. Las imágenes de la ciudad serán siempre aéreas, coloridas por supuesto, y acompañadas de una música rock a todo volumen. La ciudad perfecta para olvidar las órdenes recibidas cada día en el trabajo: matar a inocentes.

Como otro punto positivo, destacaremos también que el director consigue tensión en las escenas de muerte, algo loable teniendo en cuenta que básicamente miramos a una pantalla. El problema reside en su incapacidad de, o bien recortar metraje, o bien profundizar en las escenas de introspección del protagonista porque, tal y como es ahora el film, el no avanzar en la exposición de los hechos acaba por ser tedioso.

Good Kill 3

Pero quitando estos dos aspectos, las escenas parecen igual de cartón piedra que la ciudad. Un Ethan Hawke que ni tan siquiera puede lucirse, o no quiere hacerlo, porque la taciturna visión a la que dota el personaje no permite ni conexión, ni repulsión. Nada. Porque se limita a trasladarse cabizbajo de casa al coche, y a la tienda de licores, poco más. Dado como avanza la historia, se nos antoja que Tom Cruise hubiese sido mucho mejor protagonista para el guión de Niccol. Y si Hawke no se luce, January Jones simplemente no puede. Si la sacamos de papeles en las que tenga poca relevancia, demuestra su falta de capacidad interpretativa.

Por tanto, Good Kill es una oportunidad desaprovechada del director de volver a la cumbre a la que le subimos una vez gracias a Gattaca (1997). Aunque reconozco que a mi, personalmente In Time (2011) me gusta, y mucho. Quizá sea que se le da mejor la ciencia ficción.

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] a los films: pocas han sido las grandes decepciones, entre ellas Cymbeline y Good Kill, curiosamente protagonizadas por el mismo actor. Las sorpresas (y recomendaciones) son varias: The […]

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