Una chica vuelve a casa sola de noche

Bajo el peso de su sangrienta naturaleza Por Yago Paris

La desmitificación de los géneros es una seña identificativa del cine de Jim Jarmusch. O, al menos, su personalísima reinvención de los mismos. Sus localizaciones son no-lugares, sus tramas se basan en la no-acción y sus viajes no llevan a ninguna parte. Sus personajes se desplazan constantemente –el coche es un símbolo identificativo; el travelling lateral de seguimiento es marca de la casa–, pero no van a ningún sitio. La parsimonia que los invade –excepto a los que interpreta Roberto Benigni; son casos de fuerza mayor– se materializa en un cine de miradas, silencios y mucha tranquilidad. De ella nace una sutil comicidad que coquetea con la autoparodia y acaba siendo el núcleo de esa desmitificación comentada.

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Ya en su opera prima (Extraños en el paraíso, 1984) hay travellings laterales de seguimiento.

El director estadounidense es un habitual del blanco y negro, especialmente en sus inicios, y su fotografía destaca por su contraste. La relevancia de la música en sus películas es una de las señas más características, tanto por lo exquisito de su selección como por su constante presencia, no sólo como acompañamiento sino como parte de las historias –quizás la representación más clara de esta simbiosis está en la figura del cantante Tom Waits, tan presente en sus bandas sonoras que acaba actuando en varias de sus obras. El inicio de su última película, Sólo los amantes sobreviven (Only lovers left alive, 2013) condensa esta idea, al abrir con un plano de un vinilo sonando. A ello se le suma que el protagonista –Adam, un vampiro intelectual y misántropo interpretado por Tom Hiddleston– sea una estrella del indie-rock y toque todos los instrumentos necesarios en sus composiciones. Es esa reinvención, esa desmitificación del terror gótico asociado al vampirismo, la que define su última película.

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Adam (Tom Hiddleston) en una sesión de grabación en Sólo los amantes sobreviven (2013).

Porque de vampiros –de vampiresa– trata este texto. Cambiamos al farsi, pero seguimos en EE.UU. Pasamos al blanco y negro, pero continuamos en un no-lugar. Oscurecemos el tono, pero mantenemos la desmitificación.

Una chica vuelve a casa sola de noche es hija predilecta del cine de Jim Jarmusch, lo que no le impide ser una apuesta con vida propia.

Basada en su cortometraje homónimo de 2011, la directora rueda su opera prima en el sur de California pero la ambienta en la ficticia ciudad iraní Bad City –una urbe desierta que bien podría ser la Detroit del inmortal Adam. En ella se muestra las andanzas hacia ninguna parte de un reducido núcleo de personajes, conectados por la misteriosa presencia nocturna de una joven de aspecto inocente pero colmillos retráctiles –Sheila Vand (Argo, 2012). Una justiciera de Far West que se dedica a estudiar sus conductas y a castigar a quien incumpla su código moral. En la película esta situación se hace patente; en el comic que la directora iraní desarrolló en paralelo, no queda tan claro. Los dos pequeños tomos que lo componen se basan en las reflexiones nihilistas y carentes de narración de la protagonista. Mata porque lo necesita, sorbe sangre porque es su naturaleza. En sus palabras, “Mato porque tengo que hacerlo. Es mi designio. ¿Por qué cuestionarlo? ¿Acaso un huracán se cuestiona su propósito?”.

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Viñeta del comic Una chica vuelve a casa sola de noche (2014).

Ese nihilismo en sus actos provoca una mayor violencia en sus consecuencias. Las viñetas, en un contrastadísimo blanco y negro que recuerda a Sin City (Frank Miller, 1991-1999), se llenan de sangre y vísceras y el personaje aterra más en su mayor amoralidad –aunque la barrera del asesinato infantil tampoco la traspasa el lápiz. Por su parte, la película presenta un tono sombrío, pero que juega más a la rareza con toques de violencia que al terror. La influencia de Jarmusch no desaparece completamente a este nivel, pues no deja de tratarse de un personaje de apariencia infantil –que recuerda a la protagonista de otro comic iraní, Persepolis (Marjane Satrapi, 2000-2003)–, cuyo elemento finamente autoparódico lo constituye su medio de transporte: un monopatín. Inocente es la relación que establece con el co-protagonista (Arash Marandi), un conjunto de momentos magnéticos comandados por silencios que recuerdan a buena parte de la Nouvelle Vague –no resulta casual la camiseta de rayas horizontales blancas y negras de esta vampiresa, tan similar a la de Jean Seberg en Al final de la escapada (À bout de souffle, Jean-Luc Godard, 1960). La fotografía, casi tan contrastada como el citado comic de Frank Miller, también apunta a esta corriente cinematográfica, aunque, sumada a la ligera sensación de extrañeza constante que presenta la historia, recuerda a su vez a Cabeza borradora (Eraserhead, David Lynch, 1977).

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Sheila Vand como la misteriosa presencia nocturna.

Película tremendamente musical, sus mejores momentos son aquellos en los que esta es protagonista. Una banda sonora que, haciendo honor a su mentor indirecto, suena en vinilos y en cassettes y recuerda a su estilo. Y, como buena obra que aspire a acercarse a este autor, debe haber un coche, elemento clave para esos desplazamientos hacia ninguna parte. Con éste, el público recorre los no-lugares de esta desierta y desértica ciudad en vías de extinción, cuya reducida población disminuye lentamente por acción de su protagonista femenina. Sus colmillos se clavan en cuellos ajenos como las máquinas extractoras de petróleo lo hacen en la tierra, y ambas acaban lentamente con los recursos de la zona. Los cadáveres metálicos se amontonan en el horizonte árido a medida que las bolsas de crudo se agotan, sin que nadie se moleste en retirarlos. Un cementerio de máquinas, que es el mismo que esta raquítica temible ha creado en un barranco cercano a esa carretera recurrente a lo largo del metraje. Humanos y vampiros acabando con los recursos necesarios para su existencia. Controlarse parece inútil; asumirlo, necesario.

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] Crosswind (Risttuules) del director estonio Martti Helde, el debut de la iraní Ana Lily Amirpour A girl walks home alone at night (que pudimos ver en Sitges), o la alemana Phoenix del director de Bárbara, Christian Petzold, en […]

  2. Isabel dice:

    Me parece interesante tu punto de vista, pero tu redacción me resulta un poco atropellada. En ciertos momentos dejas de lado el motivo del artículo y el centro se pierde, ya no sabía qué de toda la información era lo que me había interesado en un principio. Después de tantas referencias no entendí si te gusto la película, si la película es una mezcla de plagio tras plagio o qué chuchas D:

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