La chambre bleue

Les amateurs frénétiques Por Fernando Solla

"Is this what you call love?
This endless and insatiable
Smothering pursuit of me.
You think that this is love?
Is This What You Call Love?"Passion, Sthephen Sondheim y James Lapine, 1994

El D’A 2015 ha presentado dentro de la sección Direccions la última propuesta como realizador de Mathieu Amalric, que ha escogido, ni más ni menos, que la novela homónima publicada en 1964 por Georges Simenon para ponerse de nuevo tras las cámaras después de su anterior largometraje Tournée (2010). En esta ocasión, y manteniendo en sus personajes a una amalgama de criaturas afectadas por las heridas del pasado, Amalric ha desarrollado su historia borrando cualquier tipo de frontera que pueda haber entre cine negro y drama romántico, consiguiendo en hora y cuarto de metraje una turbadora película cuyo visionado propicia que el espectador se sitúe en un horizonte donde cine y literatura conviven felizmente del mismo modo que los dos géneros cinematográficos.

Simenon es un autor que ya ha sido adaptado en numerosas ocasiones a la gran pantalla. Luces Rojas (Feux Rouges, Cédric Kahn, 2004) y Betty (Claude Chabrol, 1992) serían quizá los dos ejemplos que Amalric parece tener en cuenta para este insólito ejercicio que es La chambre bleue, obra que en su formato original combina la predisposición de Simenon hacia la intriga, así como la fascinación por el género femenino y el sexo. En su labor como guionista, Amalric ha centrado la trama no tanto en su vertiente criminal como en la investigación de un hombre destrozado por el deseo y la lujuria. Oscureciendo la percepción que podamos tener del personaje principal, el actor presenta a un Julien cuyo sentimiento de culpabilidad estará siempre en primer plano y que se mueve constantemente entre la realidad y el recuerdo (o fantasía). François Gédigier se ha convertido en la mente del protagonista y ha realizado un montaje que, igual que Julien, transita entre el ahora y la evocación, de manera que nuestra percepción de la historia es siempre cambiante.

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Esta técnica narrativa funciona a la perfección para incluir en la investigación criminal el elemento romántico y dramático. Este salto constante hacia atrás y adelante, entre pasado y presente, palacio de justicia y dormitorio, miedo y deseo… aportará pistas gradualmente y con cuentagotas sobre lo que sucedió entre los amantes Julien y Esther (Stéphanie Cleau, también coguionista) y el impacto de esta relación en el matrimonio de ambos, especialmente en el de Julien con Delphine (Lea Drucker). Sin revelar demasiados detalles durante el desarrollo, Amalric guardará para el tramo final información que resulta imprescindible para la resolución del delito, aunque intercalará planos recurrentes a modo de pista, como esa gota de sangre que aparecerá en varias ocasiones.

La dirección artística jugará mucho con las texturas y las formas, delimitando el lugar de la acción geométricamente en un cúmulo de líneas y aristas de arquitectura perpendicular y paralela, tensionando aún más si cabe el ambiente opresivo por el que deambula el protagonista. En este terreno, la fotografía de Christophe Beaucarne y la música de Gregoire Hetzel irán de la mano en el salto también constante entre la sordidez del presente y el impresionismo del pasado o recuerdo, capturando ese retorno constante en la mente de Julien a un lugar (la habitación del hotel) repleto de saliva, sangre, sudor y lágrimas en el que sentiremos (y oiremos) hasta el sonido del vello púbico de Esther al ofrecerse a su amante en un formato que podrá recordar al cine melodramático de los años cuarenta o cincuenta.

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Volviendo de nuevo a la novela de Simenon, recordamos cómo el autor plasmó su experiencia en una pequeña ciudad de provincias regida de ideario profundamente católico. Allí convivió durante una temporada con su mujer y su amante hasta que los vecinos empezaron a entrometerse, tachándole de inmoral. En la película de Amalric, asistiremos a un proceso similar. Durante la primera parte del largometraje nos sorprenderá cómo en momentos puntuales (y fuera de plano) algunos figurantes miran fijamente al protagonista. Este comportamiento se evidenciará más a medida que avanza la trama hasta demostrar la dificultad de Julien de defenderse ante un sistema (judicial y social) que basa su acusación en un cúmulo de apariencias y sus testimonios en una especie de venganza personal contra la ruptura de las pautas de conducta imperantes. Además, durante las últimas secuencias de La chambre bleue cobrarán importancia capital las breves intervenciones de los personajes secundarios, sobretodo en la reconstrucción de los hechos que el protagonista realizará en su cabeza.

En su triple labor como actor-autor (realizador y guionista), Amalric sobresale en dos aspectos, principalmente. En primer lugar, la reflexión lingüística que realizamos de la mano de Julien. La diferencia que hay entre las palabras dichas en mitad de un encuentro íntimo y la lectura de las mismas, transcritas de una declaración judicial. ¿Pasó de verdad o se está inventando el protagonista su historia, no tanto como coartada sino como le gustaría que hubiese sucedido en realidad? La vida no será lo mismo cuando la vivimos que cuando la recordamos, momento en el que todo parece hermoso, pero inverosímil y, aunque quizá real, no válido para defendernos ante terceras personas. ¿Cómo reducir nuestra historia de infidelidad y deseo a una plantilla rellenada a modo de test por un funcionario de prisiones? Como decíamos, en esta hibridación del género negro y romántico, llegaremos a dudar (como el mismo protagonista) si se le acusa de asesinato o adulterio, ya que la información sobre el romance se desgranará ante nuestros ojos en los interrogatorios y a partir de baterías de preguntas y respuestas más habituales en un contexto judicial que en una película romántica.

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En segundo lugar, Amalric ha trasladado a la historia de amor a juicio para que la entendamos, a la vez que su protagonista que, constantemente, se verá sometido a una dicotomía frenética y angustiosa entre ver y ser visto. Todo queda expuesto, incluso embellecido en el recuerdo, hasta que el interrogatorio previo al juicio lo desmorona todo y donde la pareja se dará respuesta a las cuestiones prácticas que nunca tuvieron tiempo a plantearse. ¿Quién es la víctima? Igual de muertos parecen caer los cuerpos de los amantes el uno en brazos del otro después del orgasmo. ¿Es ese el crimen? La cámara cambiará constantemente de plano, aumentando la manía persecutoria de Julien, para que finalmente no juzguemos su crimen (si es que lo hay) ni su amor, sino a un hombre desafortunado.

Finalmente, hay que destacar la atmósfera creada durante el largometraje sobre la que parecen pulular a modo de ancestros nombres como los de Kahn y Chabrol, pero también Resnais, Patricia Highsmith, Agatha Christie, Raymond Chandler o Dashiell Hammett. Una especie de fusión entre cine y literatura que en un giro final parece aunar los mundos de Simenon y Amalric a los de Kafka, en una última e impresionante metamorfosis que juega incluso con el título de la obra que nos ocupa, convirtiendo ni que sea en la mente del desventurado protagonista, a los amantes en insectos y a La chambre bleue del hotel en una mucho menos atractiva cámara del palacio de justicia. Detalle sórdido y hermoso a la vez, como todo el filme.

TRAILER:

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