El tramo final

Aprendamos, urbanitas... Por Arantxa Acosta

Nos creemos los más importantes, los únicos que trabajamos bajo presión y los que peor lo pasamos con la crisis. Estamos programados para una rutina que cuando se ve amenazada, o directamente, destruida, caemos en una profunda depresión y no sabemos salir de ella. Porque todo nuestro entorno sigue avanzando hacia adelante, pautando un futuro que no se preocupa de los que van cayendo y no pueden ya seguir el ritmo.

Sí, hablo de los que vivimos en grandes ciudades. Nos olvidamos de que la crisis económica no nos afecta exclusivamente a nosotros… y es ahí donde documentales como El tramo final son de gran valor. Porque nos descubre otros parajes que parecen tan remotos que tenemos que hacer un esfuerzo para darnos cuenta de que a unos pocos quilómetros, ya no sólo la crisis pero también la naturaleza está destruyendo la base de la economía familiar.

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Dice Óscar Pérez que quería retratar una zona, la de la desembocadura del río Ebro, desde el contraste: mientras el mar gana terreno destrozando las cosechas de arroz, incluso las casas más cercanas a la costa, y no hay trabajo para los que no se atreven a emigrar a Francia o Alemania, los habitantes este peculiar territorio siguen una vida normal, llena de celebraciones. Conoceremos a Manolo, que casado con cuarenta años vive aún con su madre porque no tiene trabajo desde hace años; a niños que se divierten ajenos a su desesperanzador futuro; a propietarios de terreno que observan sin rechistar cómo cada año ganan menos dinero con lo que cultivan; a los trabajadores de la cocina de un restaurante que cada vez llena menos… todo aderezado con comidas populares (veremos cómo todo el pueblo se vuelca en construir el recinto de la fiesta), con cenas de cazadores y con el hombre que graba los anuncios del supermercado para ser reproducidos con el altavoz mientras recorre las calles del pueblo con su furgoneta.

Al fin y al cabo, El tramo final retrata lo que debe ser la vida: disfrutar de los demás, y agradecer lo que uno tiene.

Y en las ciudades lo olvidamos.

El director no se involucra, no fuerza ninguna situación, simplemente sitúa su cámara en el día a día de esta comunidad mostrando imágenes que pueden parecer random, escogidas al azar. Bueno, confiesa que fue él quien regaló el saco de boxeo a uno de los protagonistas, Manolo, a ver si conseguía algo más de acción en su historia. No lo hizo, y es normal: en el momento que se pretende distorsionar la realidad en beneficio propio el resultado se ve afectado. Así que mucho mejor quedarse con que el único guión de Pérez era el de ver cómo pasan las estaciones, y cómo llega el temporal a la desembocadura. Un temporal que se nos antoja tan fuerte como el traído por la crisis económica, y que sin embargo no consigue que perdamos la esperanza. O, como mínimo, que nos mantengamos a flote y sin olvidar lo más importante: a los nuestros. A la familia por la que hay que seguir luchando.

Algún pasaje del film nos puede recordar a nuestros propios orígenes, al pasado de nuestros padres y cómo tuvieron que espabilarse para “salir del pozo” que teóricamente era quedarse en el pueblo. Curioso que ahora en films como Greece: Days of Change (Elena Zervopoulou, 2014) se nos muestre todo lo contrario: la gente de ciudad vuelve a los pueblos para vivir con mucho menos dinero (y menos preocupaciones, teóricamente). Pero ya sabemos no hace falta irse a Grecia para darnos cuenta de que nuestro futuro pasa por repoblar las zonas rurales…

Por último: otros pasajes, sin embargo, nos plantean serias dudas sobre cómo serán acogidos fuera de las condiciones en las que han sido rodadas estas imágenes. Me refiero a la descontextualización de la conversación, y en concreto la de la comida de los cazadores. Sería una pena que se penalizase el film por algo tan inocente y divertido, dado el entorno, de lo que se dice, porque estoy convencida que en una situación de alegría (y alcohol) como la que se nos presenta, en más de una casa se ha dicho algo similar… En cualquier caso, esta escena, como cualquier otra de El tramo final, debe saborearse con una triste sonrisa. Esperamos que nos sirva a los de ciudad a no lamentarnos sólo de nuestra situación y, por qué no, a plantearnos, como los protagonistas de Greece: Days of Change, a hacer algo al respecto.

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