Ne parlez pas d’amour y Ballen

¿Aquellos maravillosos años? Por Fernando Solla

“Cuando eres joven, no importa casi nada y cuando encuentras algo que te gusta, es todo lo que tienes”Kids (Larry Clark, 1995)

Ne parlez pas d’amour. Director: Hadrien Bichet. Francia, 2013

Ballen. Director: Janne Schmidt. Holanda, 2013

El Festival Internacional de La Guarimba 2015 presenta dentro del apartado de ficción dos títulos que empañan cualquier mirada nostálgica o indulgente hacia la edad adolescente y el paso a la vida adulta. El visionado conjunto de Ne parlez pas d’amour (aka Don’t Speak about Love, Hadrien Bichet) y Ballen (aka Balls, Janne Schmidt), ambos cortos realizados en 2013, conforma un díptico que se recibe como un abrupto choque frontal entre la candidez que se le presupone a ciertas edades y la asimilación de algunas certezas irrevocables, cuya incorporación no imaginamos en nuestras vidas hasta tiempos improbables y ulteriores.

Sería absurdo, por reduccionista e insuficiente, limitar este proceso vital a unas normas y directrices comunes, pero sí que es cierto que podemos aproximarnos desde distintos puntos de vista, como son el psicológico, el sentimental, el social, el físico… y las relaciones que se establecen entre ellos.

En Ne parlez pas d’amour el realizador ejemplifica a través de la figura de Samir (Christopher Yavau) cómo los prejuicios y la manera cómo los demás nos ven pueden determinar la relación que establecemos con el mundo que nos rodea, modificando nuestra manera de entender y comprender las relaciones humanas, así como la concepción de nuestra propia persona. Es decir, lo mutable e inmutable de la propia personalidad. Samir es un alumno de instituto que, a medida que avanza el metraje, asimilará el amor que siente por Léa (Manon Carrand), compañera de clase, cuya minusvalía (física) la obliga a desplazarse en silla de ruedas.

La contraposición entre las realidades de ambos será el motor del conflicto, puesto que en el caso del chico el factor social será el determinante mientras que en el de ella lo será el físico.

El punto de encuentro, en cambio, será común, puesto que el paso a la vida adulta se verá interrumpido por factores externos. Para Samir, de raza negra y familia desestructurada, no habrá posibilidad de desarrollarse con naturalidad puesto que tutores y demás miembros del consejo escolar vomitarán sus prejuicios sobre él, negándole su asistencia al instituto a causa de un acto vandálico que no ha cometido. Privado de un lugar físico donde coincidir con su amor, deberá ingeniárselas para seguir manifestándolo, aunque eso implique la destrucción del espacio común. En el caso de Léa, veremos como la joven despierta al mundo y abandona progresivamente la coraza intelectual en la que venía sumida, descubriendo gracias a Samir cómo a pesar de no poder seguir un desarrollo físico en paralelo al de las demás chicas de su edad, puede dar un paso más comprendiendo, a la vez, la necesidad de apoyarse y confiar en su chico.

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Ne parlez pas d’amour

Bichet emociona con su capacidad para dosificar el alto contenido simbólico de su cortometraje bajo una apariencia de total y austera normalidad formal, que podemos resumir en dos escenas: la introducción del corto con un barrido por el patio del instituto mientras la cámara retrata la fachada del mismo, plagada de un conjunto de aulas idénticas con forma de nichos color pastel y, en segundo lugar, ese descenso a los infiernos al estropearse el ascensor (símil del cuerpo paralítico de Léa) y el accidentado paseo en brazos de Samir, que a pesar de su fortaleza física no podrá superar el peso de las circunstancias. Ambos caerán en la cuenta del verdadero drama, que no será otro que la imposibilidad de mantenerse al margen del juicio del mundo que les rodea si quieren dar el siguiente paso, hacia la vida adulta.

En el caso de Ballen, Teun (Bram Suyker), estudiante universitario que ya debería haber superado la fase adolescente y estar prácticamente preparado para ingresar en el sector adulto de la población activa, verá truncado el transcurso natural de los acontecimientos cuando se le diagnostique cáncer testicular. Pronto empezará la quimioterapia, por lo que se verá forzado a abandonar su piso de estudiantes y volver al hogar paterno.

La holandesa Janne Schmidt triunfa con Ballen en su manera de plasmar la regresión del auto concepto del “yo mismo”.

Cuando ya todo parece construido y empezamos a tener nuestras propias herramientas para volar del nido y valernos por nosotros mismos, nuestro propio cuerpo, el mismo que hace escasos años ha incrementado la producción de esa hormona masculina llamada testosterona, desarrolla un cáncer que nos vuelve dependientes y elimina el control sobre nuestro propio cuerpo. En este caso será el factor físico el que delimitará el social y psicológico.

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Ballen

Los compañeros de piso de Teun organizarán una cena de despedida donde las emociones de todos estarán a flor de piel. Ante la negativa del protagonista de establecer un final donde debería haber un principio, el joven tomará las riendas de la situación y tras agitar en la coctelera un combinado de alcohol, risas, miedos y preocupaciones, el resultado será una manifestación física de apoyo del grupo hacia su compañero y amigo. Si todos se rapan la cabeza, ¿quién será capaz de diferenciar (externamente) al enfermo del resto? De este modo, las bolas a las que hace referencia el título del cortometraje no serán las que pensábamos en un principio. Por supuesto que harán referencia al valor que le echan todos al asunto, pero finalmente, será una emocionante y literal muestra que el paso del niño al hombre puede reflejarse antes en el uso de la cabeza que en el de los genitales.

Finalmente, nos encontramos ante dos muestras que nos recuerdan que, aunque probablemente ya esté todo planteado no está todo dicho. Sin dibujar una temática novedosa en su contenido, ambos títulos consiguen a través del modo de contar sus historias, que no apartemos ni un segundo nuestra mirada de la pantalla. Planteando muy claramente por qué se quiere contar una historia y a quién se quiere llegar, el resultado es un cómo y un qué francamente conmovedor y escalofriante. A partes iguales.

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