Carmen

Un telefilm con vestido de auto Por Yago Paris

Dos niñas enfermas se han colado en el imaginario cinematográfico español en los últimos años. La más mediática, Camino; la más estimulante, Alicia. La primera da título a la obra de 2008 de Javier Fesser, una historia en torno al devenir de una niña de once años con un tumor maligno, que, al igual que la reciente Ma Ma (Julio Médem, 2015), se instala en la turgencia de los sentimientos a flor de piel para afrontar la fatalidad desde la vitalidad. Alicia no es la protagonista de Magical Girl (Carlos Vermut, 2014), pero sí la piedra angular sobre la que se construye el relato. Los inocentes últimos deseos de esta leucémica niña provocan una escalada de impulsos de naturaleza violentamente perversa, en la que la más pequeña al final se muestra como la más fuerte, la versión femenina del “standing man” sobre el que se cimenta El Puente de los Espías (Bridge of Spies, Steven Spielberg, 2015).

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 Alicia, niña leucémica de Magical Girl

 

Dos niñas, dos tumores, dos maneras de afrontarlo y dos maneras de filmarlo. La manipulación lacrimógena de Camino (Javier Fresser, 2008) contrasta con la mala leche virtuosa de Magical Girl, el atraco emocional frente al desconcierto sobre lo mostrado. Los caminos son opuestos, pero la esperanza frente a la enfermedad nunca es una opción, como así ocurre en Carmen, una de las películas proyectadas en la VI Muestra de Cine Rumano 2015. En su frío retrato social, el director filma la historia de Carmen, una niña enferma de cáncer, y lo hace desde el fatalismo del final inevitable, que el público intuye desde el comienzo del metraje. El pesimismo invade el fotograma y la narración se convierte en un goteo de puertas cerradas y negativas. La cámara sigue a Mariana, madre de la enferma, en su desesperado deambular, más por no parar que por convicción, situación que el autor rumano aprovecha para diseccionar una sociedad comandada por la precariedad, las diferencias de clase y una sanidad privada que las acrecienta.

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Todo cierto, todo patente, todo buenas intenciones, nada cuaja. Aunque por motivos diferentes, la situación es similar a la de Techo y comida (Juan Miguel del Castillo, 2015), drama social español de reciente estreno sobre los desahucios de la crisis económica, interesante por el mensaje que manda pero cinematográficamente pobre; las buenas intenciones poco tienen que ver con la creación artística.

Carmen se construye siguiendo el modelo de los hermanos Dardenne de “mujer en apuros económicos yendo de un lado a otro en busca de una solución que nunca llega”, pero lo hace sin esa urgencia tan característica en el cine de los autores belgas, que invade la composición del fotograma con turbulencias de encuadre.

La película tiene un ritmo pausado, que se complementa con esos ambientes gélidos para fomentar el lento ahogamiento en el que se sume la trama, pero sus decisiones narrativas cortan el hilo de la empatía. La trama, tejida de lugar común en lugar común, se acerca peligrosamente a los terrenos del telefilm de sobremesa. Las motivaciones, los conflictos y las resoluciones son las mismas, y sólo la puesta en escena evita esta catalogación, aunque sea una decisión más estética que discursiva.

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Un modo de filmación que, analizada la obra en su conjunto, lleva al engaño. La construcción visual habita los terrenos del cine de autor, pero lo hace en su vertiente más superficial, la de la austeridad formal y los planos largos. Al igual que el cine indie estadounidense busca el preciosismo, la fragmentación narrativa y el jugueteo con el enfoque y el desenfoque a base de teleobjetivo y escasa profundidad de campo, el cine de autor europeo se nutre de la aridez, los planos generales y de huir de una manera de narrar que facilite a la audiencia dónde colocar la atención de la mirada. Todas estas características aparecen en Carmen, pero la sensación es más cercana a la necesidad que a la voluntad. El discurso narrativo es pobre y la filmación es anodina, componiendo un estilo en el que las decisiones tomadas, lejos de tener personalidad, son fruto de la carencia de medios y/o de una imitación de modelos alejada de toda comprensión.

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