The World is Mine

Cuando la presa se rompe Por Pablo S. Blasco

El tercer largometraje exhibido en esta Muestra de Cine Rumano, The World is Mine, supone la ópera prima de su joven director Nicolae Constantin Tarese (1985), cuyo trabajo ha recibido el premio al mejor debut rumano del Festival Internacional de Transilvania además de una Mención Especial en el exigente Festival Internacional de Karlovy Vary.

The World is Mine presenta, en efecto, una serie de rasgos que la identifican como la ópera prima de un autor aún en ciernes, aunque sin duda a tener en cuenta de cara a los próximos años.

Se trata de un relato sencillo, lineal, de enfoque psicológico, cuya estructura recuerda al cuento clásico de Caperucita Roja. La cámara del cineasta decide adherirse a la piel y a la mirada de una chica adolescente que, durante unas escasas tres jornadas, intenta conseguir el éxito, o al menos su idea particular del mismo, en el reducido mundo de una ciudad de provincias. Por este medio, The World is Mine alcanza a radiografiar el nuevo microcosmos de los adolescentes actuales, sus aspiraciones, sus conflictos, sus traiciones, sus espejismos, su entorno familiar y sus aficiones con el tino y la comprensión de quien aún los tiene cerca, pero sin tratar por ello de elevarse a un discurso generacional más amplio, ni tampoco de trascender un género últimamente tan manido en el cine europeo.

La película de Tarese, por el contrario, asume la eventualidad, la intrascendencia, de su heroína protagonista, y eso es lo que permite al cineasta componer un film de pequeñas dosis, de escenas intuitivas, bastante físicas, atentas a la respiración, o a la asfixia existencial, de la joven Larisa, quien se presenta a sí misma, desde la voz del narrador con una pesadilla recurrente de naufragio, soledad y sufrimiento.

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Con esa imagen onírica de Larisa hundiéndose en las profundidades del océano, el director rumano declara enseguida su deseo de ampliar el estilo naturalista de las imágenes, de no dejarse limitar por ellas, para profundizar en la complejidad psicológica de la chica. El sueño cumple la función de sembrar un tono propio, una continua e indefinida expectativa, capaz de desvirtuar la tensión realista de la narración. Como veíamos en películas recientes como La vida de Adèle (La vie d’Adèle – chapitre 1 & 2, 2013) de Abdellatif Kechiche o Girlhood (Bande des filles, 2014) de Céline Sciamma, su acercamiento a la adolescencia persigue más la experiencia que el hecho consumado, la sensación del momento que la sucesión cronológica, y la percepción subjetiva de la chica que las circunstancias sociales de sus decisiones. La propia compresión del tiempo diegético en The World is Mine nos indica ese camino elegido por el cineasta, frenético, intenso y de fuerte atracción sensorial.

La realidad cotidiana de Larisa —las disputas familiares, la estrechez económica, el fracaso escolar— contrasta frontalmente con el universo de la juventud y su idea particular del éxito, del dinero fácil, del sexo y la popularidad en las redes sociales. La trama del film se escinde así en dos mundos divergentes que apenas se rozan. Y que, además, resulta inútil tratar de hacerlo, como vemos cuando el director del instituto, un hombre machista y lleno de prejuicios, le pide una explicación de sus actos y Larisa es incapaz de traducir el caos de sus sentimientos a un lenguaje común.

La película tiene claro desde la primera escena, con Larisa maquillándose ante el espejo, que solo va a procesar aquellos elementos que accedan al espacio contenido en un primer plano: el contacto físico, la pasión sexual, una conversación íntima entre amigas o los furiosos estallidos de violencia, que tensan la estabilidad de la imagen hasta revertir su equilibrio.Fuera de ese espacio vedado para la realidad se advierte, sin embargo, la misoginia de una sociedad patriarcal donde las mujeres asumen su eterno rol de víctimas. Desde la abuela incapacitada y anulada en su oscuro cuarto a la madre triste, recluida en el hogar y víctima de un marido brutal que maltrata y desprecia a la hija. El film retrata el destino de Larisa como una continuidad de violencia sin escapatoria, ya que la propia chica, tratando de huir de ese rastro, tendrá que experimentar así mismo el abuso y la explotación de los chicos de su edad.

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Larisa no es solo una mujer en un mundo de hombres, por lo demás; es una mujer de clase baja, una condición que la sentencia al último escalafón social. En la misma reunión con el director de su instituto, podemos comprobar esa indiferencia hacia los sufrimientos de las clases trabajadoras, ya que el hombre interpreta los moratones de su rostro como una violencia doméstica usual, tolerable e incluso instituticionalizada. El viaje de Larisa está destinado al sufrimiento desde que la vemos aparecer. Su intento de conseguir la popularidad, o simplemente la felicidad dentro de su mundo, se desvela surcado por lobos —tanto aquellos con piel de cordero como los que no, y en la práctica todos los personajes masculinos— y apenas reconfortado por dos amigas incapaces de paliar, por sí solas, la dura competitividad y la agresividad contenida en el espacio asfixiante del instituto.

Esta amenaza patente en la vida de Larisa es representada por Nicolae Constantin Tarese con diversos medios, como el uso de la profundidad de campo, al estilo del cine de terror —las apariciones de su enemiga Ana siempre por la espalda—, o el ocultamiento de su rostro cuando decide retrasar la emoción de una escena para desvelarla de forma repentina. Sin embargo, el cineasta tiene claro su deseo de infringir el realismo cotidiano y se sirve también del agua como símbolo más evidente de esa advertencia poliédrica e indefinida.

La idea obsesiva de Larisa consiste en ser abandonada en el océano y morir asfixiada en sus profundidades. Sin embargo, su vida transcurre junto a la costa en una declaración del riesgo, de la inconsciencia del personaje con los muchos peligros que la rodean. El agua tiene presencia en casi todas las escenas del film, aparece siempre a punto de desbordarse o, por el contrario, mansa durante sus breves momentos de felicidad. Puede ser en un cuarto de baño —anunciando una futura descarga de cólera—, en unos lavabos públicos, en un feliz paseo junto a la costa, en una pecera que va a romperse contra el suelo durante el instante decisivo o, simplemente, en el propio sudor que corre por la frente y nos alerta de algo, de una pulsión que busca maneras de estallar y de expandirse.

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Por momentos, incluso, The World is Mine parece aproximarse al género de horror en su catálogo de tragedias sucedidas al personaje, como ocurre en la larga escena de la discoteca, que puede recordar a la violencia con que también la describía un film como White God (Feher isten, 2014), o en la previsible consecuencia nocturna de todo su recorrido. No obstante, esta sucesión de catástrofes que le ocurren, en apenas tres días, a Larisa en The World is Mine están menos destinadas a condenar, a contagiar peligro o a censurar, de forma moralista, determinados ambientes de la juventud, que a construir mediante ellos un viaje inverso de liberación y superación, aunque algo apresurado durante sus últimos minutos. Como el cineasta nos había anunciado, la inundación tiene que llegar a su existencia. Como la película nos había prometido desde su pesadilla, Larisa ha de ser barrida por el océano que se cierne sobre su ingenuidad. Pero el contacto con este agua no va a ser irreversible como ella había temido. El agua se lleva su adolescencia, la obliga a cruzar el Mar Rojo del mundo adulto, pero su asfixia se convierte en anaerobia como desenlace de un proceso benéfico de autoconocimiento y madurez.

Sobre este hallazgo redentor reposa, en último caso, la propuesta de The World is Mine, una película quizá demasiado severa y negativa en su acercamiento a la adolescencia, quizá en exceso dependiente de ciertos tópicos del género, aunque valiosa, sobre todo, por su hábil y sensitiva puesta en escena, por su rastreo de sensaciones visuales y por su final desdramatización de los fantasmas y los horrores que tienden a desaparecer tras la línea de sombra más decisiva en el desarrollo humano.

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