Coche policial (Cop Car)

El objeto de deseo Por Arantxa Acosta

Cortos, impactantes y turbadores, los títulos de crédito de Coche policial parecen anunciar un filme de acción trepidante, o de terror psicológico. Y si no, al menos, algo muy bizarro…  y en verdad, Cop Car acaba siéndolo todo, a su estilo.

Dos niños. Un policía. Un secreto. Y un coche patrulla.

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Los niños: el tímido, el bueno, el que se ve arrastrado por el más malote…  las dos personalidades que invaden nuestra mente cuando observamos algo que queremos, que necesitamos, que deseamos conseguir. Ángel y demonio, bien y mal. Curiosidad inocente frente a pícaro sinvergüenza.

El policía, la autoridad corrupta, el antagonista a una inocencia que busca exactamente la misma finalidad: poseer, liderar. Sentirse superior a los demás. Aunque por distintos motivos.

Y el coche… El coche como la fruta prohibida. El coche como aliado. El coche como símbolo del poder, de y sobre las personas. La deidad inalcanzable, hasta que llega a controlarse. El trofeo que transforma a los que se han hecho con él, y el elemento externo que puede poner en peligro nuestras vidas, en función de quién y cómo tome el control. Aunque seamos nosotros mismos.

La pérdida de lo que consideramos nuestro. El temor a que descubran nuestros secretos.

Coche policial descoloca por cómo emplaza, y presenta, a sus personajes. Pero sobre todo por cómo los hace evolucionar teniendo en cuenta quién domina el coche y, por tanto, la situación.

Los primeros quince minutos nos presentan a los dos niños paseando por el desierto, jugando a decir palabras malsonantes. Nada más. Brillante forma de captar la atención de un espectador bombardeado poco antes con la introducción rotular. De repente, descubrirán el abandonado coche patrulla, con una secuencia que se plantea curiosa: como los simios de  2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Standley Kubrick, 1968), se asombrarán con el descubrimiento, se acercarán para tocarlo brevemente… y se lo acabarán apropiando.

El coche, el objeto inalcanzable, se convierte en su particular reino. Y alterará a los niños.

A partir de entonces, un paso atrás para conocer cómo ha llegado ahí el solitario vehículo, con la consecuente presentación del  villano: el oficial de policía. El espectacular trabajo de Kevin Bacon demuestra en pocos minutos que estamos ante un verdadero psicópata, que transforma su personalidad cuando interactúa con otras personas. La cámara capta en primeros planos (la presentación del personaje, o su primera llamada a la central son buenas muestras de ello), y normalmente en contrapicado, cómo modifica sus gestos, su mirada, en contraposición a los planos de cuerpo entero que se utilizan más cuando está solo (y muy turbado), enfatizando la postura corporal del personaje.

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Pero no todo el mérito recae en Bacon. Las escenas protagonizadas por los niños, y específicamente esa larga introducción que ya revelábamos antes y que potencia el contraste con los títulos de crédito, son muy interesantes. Porque transmiten el enfrentamiento con el mundo adulto desde la perspectiva del que aún idealiza su entorno, hasta el punto de fiarse de los desconocidos. La inocencia, como decíamos inicialmente, que siempre saldrá victoriosa.

Y entonces Coche policial se convierte en un pausado thriller en el que la persecución policía-niños se antoja tan poco verídica como fascinante.

Porque el director consigue que, a base de darnos información a cuenta gotas (sólo hay que ver que no es hasta mitad del metraje que el policía conoce el destino del vehículo), se incremente el interés por el desenlace. El avance (además de los paisajes)  nos recuerda mucho a la recomendable The Rover (David Muchôd, 2014), que pudimos ver en Sitges 2014, y que en esencia no dejaba de ser, también, la búsqueda de un coche para tranquilizar a un propietario que no tenía nada que perder, a parte del contenido del vehículo (aquélla, eso sí, con un trasfondo mucho más profundo que la que nos ocupa).

Pero en Coche policial no hablamos de coches. Hablamos de deseos de poder, desde la frágil ingenuidad hasta la preponderada arrogancia.

¿La lástima? Que Watts no sabe hacer evolucionar su idea inicial, perdiéndose en un desarrollo precipitado y demasiado convencional, cuando tenía muchas posibilidades de incrementar la tensión de forma exponencial sin salirse del minimalismo inicial. La aparición de dos nuevos personajes medianamente relevantes, la vecina y el “hombre” (curiosamente ya no se considera importante darle un nombre, caso contrario a los otros cuatro protagonistas), desmontan lo que podría haber sido una lucha “mano a mano” entre los dos extremos que buscan el mando en su propio beneficio (policía y niños). Su inclusión responde a ¿falta de imaginación para continuar el guion?¿miedo a salirse el esperado thriller de domingo tarde? Aunque bien es verdad que, de alguna forma, sirve para reforzar la idea de un mundo en el que cualquiera, tenga más o menos oportunidades, se ve afectado cuando se pone en contacto con el poder (alias coche).  De hecho, los encuadres descentrados son una muy buena baza de Watts para transmitir, precisamente, esa falta de foco existente en cualquiera de los protagonistas.

Afortunadamente, el cierre del filme le ayuda a no desmoronarse del todo convirtiendo Coche policial en un buen ejercicio de reflexión acerca de las consecuencias, cada vez más embrolladas,  a pagar cuando uno se obceca con su egoísmo.

TRAILER:

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