Last Days in the Desert

La vida y el desierto. Jesucristo y la adolescencia. El destino Por Arantxa Acosta

Dudar de la misión, el destino que te ha sido encomendado con tanta ilusión. Respetar a los progenitores, pero en el fondo desear llevar una vida completamente distinta. Alejarse de la familia, vivir en la ciudad, forjarse el propio futuro. ¿Sueños de adolescente?

Last Days in the Desert recrea libremente los últimos días que Jesucristo pasa en el desierto y es tentado por el Demonio, introduciendo un elemento clave: verse reflejado en los sentimientos del adolescente hijo de una familia acampada allí mismo.

Jesucristo lleva más de un mes conviviendo con el Demonio en el desierto, y ya se retira a Jerusalén, tras haber tomado (y aceptado) el futuro que le espera, cuando se cruza en su camino una familia (padre, madre, hijo) que está montando la futura casa del descendiente casi en medio de la nada. Jesucristo tiene varias oportunidades de hablar con el chico: resulta que él quiere vivir en Jerusalén; que aunque quiere a su padre, se cuestiona sus decisiones, más si le afectan de forma directa; que le gustaría aprender un oficio… y su madre le apoya. De hecho, en más de una ocasión se ha sentado a hablar con el patriarca, pero este no da su brazo a torcer, por sus propias razones…

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Obviamente, Jesucristo se cuestionará su propia vida, a su propio padre, y recordará cómo le llama su madre, con quien tenia mucha más confianza. Y cada pregunta del adolescente será una pregunta que se hará él mismo… y que será respondida por el Demonio.

Un Demonio que no deja de ser esa voz interior que quiere llevarle a no morir en al cruz. Esa voz que todos hemos oído alguna vez, cuando queremos enfrentarnos a los deseos de nuestros padres. O evitar nuestros miedos cuando optamos por el camino más fácil. Un demonio que muy acertadamente tiene el físico del propio Jesús, proporcionándonos un doblete de Ewan McGregor exquisito: sólo el cambio en la expresión facial, el distinto tono con el que recita el guión de cada personaje Jesús/Demonio, hacen algunos episodios del filme sean tan extraños como deliciosos, manteniéndonos atentos a la pantalla.

El Demonio habla con Jesús, le tienta diciéndole que su Padre es vengativo, que nunca le ha querido, que nunca haría lo mismo por su hijo… pero Jesús también habla con el Demonio, le arranca confesiones que le hacen llorar, cuando rememora, por ejemplo, cómo es Dios y qué se siente al estar a su lado (“te hace sentir insignificante, pero también parte de él”, dice, con lágrimas en los ojos…). Rodrigo García juega, además, con la profundidad de campo cuando les hace interactuar (obviamente, también por una necesidad técnica en varios casos). Un profundidad de campo que mantiene repetidamente en primer plano a Jesús, en segundo al Demonio o a la persona con la que esté hablando, y en tercero, cómo no, a un desierto omnipresente.

Porque el desierto es desde el primer fotograma el personaje principal. El desierto, tan temible con su falta de recursos como agradecido cuando nos regala su paisaje desde distintos puntos de vista. El desierto, metáfora de la magnificencia de la vida, de los casi infinitos caminos que nos ofrece, y que pueden hacernos perder si no damos con el adecuado, con el que buscamos.

Apoyado en los silencios que ya propicia ese desierto, García filma una película reflexiva, en la que la luz inunda todos los fotogramas y los cortos diálogos plantean no sólo una revisitación alterada al pasaje bíblico sino también una dura introspección para un espectador que se ve sobrellevado por un torrente de emociones al apabullarse con recuerdos y futuras decisiones que, como siempre, o rememora con amargura, o aún no ha querido enfrentarse a ellos…

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La vida y el desierto. Jesucristo y la adolescencia, decisiones y obediencia…. así que tras ver el filme, se nos plantean dos preguntas básicas: la historia de Jesucristo, ¿es la nuestra? ¿O la nuestra la de Jesucristo? ¿Qué hay de real en lo escrito, y qué es una novela para

Y, quizá lo más importante: ¿puede cambiarse el destino? ¿Son nuestras decisiones, realmente, nuestras? A nivel personal, a nivel universal…

Preguntas importantes para Rodrigo García, que resuelve en Last Days in the Desert: el destino no existe. O, al menos, uno único.

El destino puede ser variado, ya lo hemos visto en este festival con filmes tan dispares como El nuevo Nuevo Testamento (Le tout nouveau testament, Jaco Van Dormael, 2015), TAG (Sion Sono, 2015) o Chasuke’s Journey (Sabu, 2015). Pero no esperábamos que fuese una premisa del filme de Rodrigo García. Jesucristo pudo enfrentarse a su final en la cruz y evitarlo. De hecho, ahí sus dudas, y su reflexión en el desierto. Pero García incluso se atreve, y es muy notable, a hablar de futuros alternativos de los personajes de la película.

Jesucristo pregunta al Demonio cual será el futuro del joven, ahora que el ha intercedido en su decisión. De hecho, sorprende que se ponga en boca del Demonio el relatar que, si Jesucristo hubiese tardado dos minutos más, ya no se hubiese cruzado con la familia y, por tanto, el chico se hubiese quedado en la casa, hubiese tenido descendencia, etc. etc. Una curiosa reflexión poco (por no decir, nada) explotada en este subgénero religioso….

Finalmente, destacar que García no se olvida de dejar un cierre moralista: el desierto, imponente, conocedor de una historia que deviene la nuestra, paisaje tan revelador como las palabras y actos de un Jesucristo que acabamos de ver morir en la cruz, acoge, de repente, entrando por la parte baja izquierda del encuadre, tan pequeños como insignificantes entre tan vasto paraje, a dos turistas que se hacen una foto con esa magnificencia de roca y arena de fondo. Y es que a eso hemos relegado la historia de nuestra religión en nuestras cabezas, a un divertimento de verano que únicamente nos permite entonar, al respecto, eso de que “¡yo estuve aquí!”.

 

 

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