Life

Dean, icono. Stock, facilitador. Corbijn, arte. Por Arantxa Acosta

Un hilo rojo incandescente ilumina tenue pero progresivamente, y en primer plano, el encuadre en negro. Quince voltios de un hilo tan cálido y respetuoso como la película que firma Corbijn. Porque el filamento de wolframio rojo que abre el filme es ya toda una declaración de intenciones de un director que homenajeará una profesión, la del fotógrafo, como sólo sabe hacerlo alguien que lleva siéndolo toda su vida.

Escoger la figura de James Dean para hacerlo no es baladí, aunque no era el requisito indispensable, por mucho que pueda parecerlo. Estamos en 1955, año de nacimiento del fotógrafo/director, y año en el que Dean se convierte en una estrella, igual que el fotógrafo que vio en su mirada algo tan perturbador como hipnótico. Y es que Corbijn no se centra en Dean, sino en Dennis Stock, el fotógrafo profesional que apostó por hacerle un reportaje cuando aún ni se había estrenado Al Este del Edén (East of Eden, Elia Kazan, 1955).

Dean, militante de la perezosa rebeldía, aparentemente casual erudito, estrella fugaz que no se olvidó sus raíces. Stock, el perdido hombre que encontró en el actor una apuesta de salida al túnel en el que se encontraba, tanto a nivel personal como profesional. Un amigo en el que encontró, de nuevo, el respeto por la vida y la forma de interactuar con los demás, y en especial con su propia familia. Y, por encima de todo, la fotografía no sólo como arte sino como fuerte y básica herramienta para informar, e influenciar, en el público. En el caso de Dean, clave para lanzar su estrellato. Y en cuanto a marcar una época, nada mejor que James Dean in Times Square.

Y como de una oda a este arte se trata, Life se compone de planos cuidados hasta el último detalle (algo ya nartural en sus filmes), pequeñas fotografías que no se olvidan de iluminar constantemente, con más o menos intensidad, con mayor o menor dramatización, el rostro del actor cada vez que aparece en pantalla.

Un encuadre detallista al que ya nos tiene acostumbrados el director se observa durante todo el metraje, desde la composición de las habitaciones de Dean o Stock hasta los planos que captan los diálogos entre los dos protagonistas. Porque Corbijn no se limita a recrear el episodio, sino que consigue, como en todas sus anteriores películas, trascender la historia a través de conseguir la empatía con sus personajes principales.

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Y es que, con el ritmo característico de sus filmes, normalmente poco comprendido y tildado de tedioso (de forma muy injusta, opinión personal), el director demuestra la creación de los lazos de amistad que unirán a los dos protagonistas. Recreando lo que seguramente fueron sencillos diálogos y situaciones cotidianas, Corbijn acerca al espectador a su idea de filme que defiende que el arte es sólo posible cuando existe una conexión entre objeto y creador, entre temática y pasión por lo que quiere captarse, y transmitirse. Una conexión que se ve reflejada gracias a una sorprendente actuación por parte de un Pattison que cada vez nos convence más y de un Dane DeHaan que, aunque no llega a conseguir ni tan siquiera vagamente que pensemos es James Dean, demuestra también que ha intentado copiar al máximo gestos, miradas y forma de hablar de la leyenda, presentando una inestimable esencia del malogrado director. Pero quizá este sea el problema de Life: pensar continuamente que se trata de un pasaje real.

Life funciona mucho mejor si obviamos que se trata de dos figuras notables del panorama artístico de mediados de los cincuenta…

… y nos limitamos a dejar que nos sorprenda esa amistad entre dos personas que aparentemente no tienen nada que ver y cuyos objetivos, finalmente, acaban convergiendo: la búsqueda del éxito. El nexo con la familia, con los orígenes.

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Pero el director aprovecha Life, y su condición de cine dentro del cine, para arremeter (muy sutilmente y apoyado por la historia del séptimo arte, eso sí) contra el poder fáctico de las productoras en la industria. Warner es el objeto de la crítica, pero casi con toda seguridad es extrapolable también a día de hoy. En cualquier caso, el director, aunque ha preferido volver a un tipo de filme homenaje más alejado de su interesante última incursión en el género del thriller político que fue El hombre más buscado (A Most Wanted Man, 2014), continua planteando sus filmes como sobrias y detallistas propuestas, que deben ser saboreadas poco a poco, sin prisas, pero sin pausa. Porque sólo atendiendo a cada momento es posible disfrutarlos de verdad. Y qué mejor que observar a Dean y Stock en el momento álgido de sus vidas para (re)vivir una época clave, además, de la historia reciente estadounidense, ya alejada de la postguerra y a las puertas de una revolución social…

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. rene gongora dice:

    El comentario no va al fondo del asunto y queda como artículo rosa. La pelicula sencillamente no funciona porque los actores parece que están en planos distintos convirtiéndola en algo tedioso, muy al estilo de Corbijn. Directo al DVD, si tiene esa suerte. De Pattinson, si sigue en esa línea, está a punto de convertirse en el clásico actor de relleno. Por su parte, DeHaan hace lo que puede. En fin, el arte es subjetivo.

    1. Arantxa Acosta dice:

      Gracias por tu comentario. El personal estilo de Corbijn puede provocar una lectura del filme tal y como describes la filmografía del director: tediosa. Personalmente me provoca un sentimiento totalmente contrario, considero que sabe transmitir historias de elevada relevancia (por su improtancia o por su lugar en la historia – del cine, de la música) de forma sencilla y al ritmo que se merecen, el de la vida. En España se estrenó en salas y duró muy poquito, como sus anteriores películas. Quizá o llega su estilo y su ritmo o, simplemente, no se consigue entrar en la propuesta del director.

      Respecto a los actores: Pattinson convence mucho más que en anteriores trabajos, y DeHaan no consigue que nos olvidemos del icónico Dean, sobre todo por haber querido imitar una forma de moverse y hablar demasiado personal. Quizá si no se hubiese esforzado tanto en parecer James Dean, hubiese perfilado un personaje que nos recordase vaga pero firmemente al fallecido actor. En cualquier caso, tal y como comento, el filme es un sentido homenaje al arte. ¡Otra cosa es que llegue a gustar o no cómo lo lleva a la gran pantalla! El arte es subjetivo, sí.

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