Slow West

Desmitificar mitificando Por Arantxa Acosta

"Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende."Monólogo de Segismundo, final del primer acto de la obra de teatro La vida es sueño (Calderón de la Barca, 1635)

Oh! For the West.

Oh!

Oh.

Jay y Silas. Belleza, y brutalidad. Onirismo y objetividad. Ganas de vivir y necesidad de sobrevivir.

El Slow West de John McClean es un filme de contrastes, en el que el espectador puede encontrar dos lecturas tan dispares como complementarias, y que sin embargo están focalizadas hacia un mismo objetivo: mitificar el viejo Oeste como precursor de la evolución americana y a aquellos inmigrantes que lo hicieron posible. Eso sí, sin obviar, y de hecho reivindicando, que para ello se llevó a cabo en el siglo XIX un terrible genocidio indígena no apoyado por todos.

Contrastes, decimos. De sueños y realidad. De esperanza.

El recién llegado, el que no tiene nada que perder. El que ya sabe qué significa ser forastero y deber protegerse. Juventud y madurez en una tierra extraña. Para el primero, una tierra, un hogar de oportunidades, de reencuentros. Para el segundo, un lugar en el que mantenerse siempre atento, pero sin perder la esperanza. El sueño, común, de cambiar de vida.

Las imágenes de Slow West que se muestran al espectador están pasadas por un filtro: la mirada del que aún es un niño…

… y se permite mirar a las estrellas cada noche y pensar en los nativos que habitan la Luna; la mirada del que recita sentencias tan poéticas como verdaderas (“el amor es universal, como la muerte”). La mirada de un enamorado que ha seguido a “su chica” a estas alejadas tierras, desde Escocia. Jay.

 slow west 3

Los sentimientos de Jay y cómo percibe el mundo centran la puesta en escena del filme: la impresión de ver a los indios asesinados, a todos los muertos que deja a su paso (ojo a la penúltima escena); el adentrarse en lo desconocido, en forma de un bosque invadido por una casi imposible neblina; la impresión de conocer a Silas, el “bruto” guardián en el que finalmente verá al protector que le apoyará hasta llegar a su objetivo, aparecido aparentemente de la nada para salvarle de la maldad de los buscadores de recompensas; el postrarse casi literalmente ante la belleza que invade una escena tan poco común como el escuchar cantar, alegres, a unos desvalidos hombres de color, como si en verdad la canción fuese lo más importante en ese instante, como si todo lo demás fuese simple ruido en su vida; la claridad, como si de un tesoro recién descubierto se tratase, que rezuma la casa de la chica, sola y centrando toda la atención en medio de un dorado campo de trigo… Incluso el desamparo que siente al sentirse perdido y sin rumbo fijo, solo en la meseta desértica, abandonado por su erudito y fugaz compañero nocturno.

Imágenes, entonces, las de Slow West, poco comunes en un western debido a su lectura subconsciente, a que plasman sensaciones más que realidades.

Los días, y sus importantes acontecimientos, pasan para Jay a través de sus noches. McClean separa cada capítulo de Slow West con el Cinturón de Orión, la pasión de un niño que parece vivir más para su imaginación que para ganarse el pan en esta nueva tierra. De hecho, el director decide filmar atendiendo a la desazón e importancia que Jay otorga a cada suceso: utiliza la cámara en mano, avanzando tan lentamente como sus protagonistas, al ritmo de su peregrinación, y colocándose su misma altura, para que podamos sentir que les acompañamos cabalgando a su lado. La cámara fija la limita casi exclusivamente a cuando descansan en una cantina, compran provisiones o llegan a su destino. Es decir, a cuando es necesario concentrarse en lo que está sucediendo, a no dejar que los pensamientos, de pasado, presente o futuro, invadan su cabeza. A no dejar que Jay se sienta un niño, en definitiva, y se comporte ya como un hombre. Como el hombre que es Silas.

slow west 2

Silas, el contrapunto de Jay. Curiosamente, el director novel y guionista decide que éste sea el narrador. Habla el hombre, mira el niño. El resultado es tan interesante que nos plantea una descabellada idea, plasmada en una lectura del film quizá poco convencional…

Podríamos pensar que Jay representa esa faceta emocional del que va en busca de lo nuevo, el que mantiene la ilusión de que todo lo que ha imaginado será su nueva vida se convertirá en realidad. Silas representa al hombre experimentado, el que ha visto y sufrido varias decepciones. La aparición de Silas en escena junto a Jay parece mostrarnos al hombre que se esconde tras el niño ahora desatado en tierra extraña. De hecho, Silas se presenta siempre que la decepción embarga al joven y, por tanto, ¿podríamos pensar que es Silas el que sí se ha aventurado a trasladarse a las Américas?

Silas, el que mantiene la calma cuando las circunstancias lo requieren. Silas, el que se deja embargar por sus esperanzas cuando consigue relajarse. Silas, el que sufre cuando se presentan injusticias delante de sus narices, desde el abandono a niños huérfanos hasta el presenciar el vil asesinato a sangre vía de los verdaderos pobladores de las tierras que va a visitar. Silas, el que está enamorado de Rose.

En definitiva: Silas, el Jay maduro, el que recorre el Oeste hasta encontrar una felicidad truncada, por el momento. “Necesitas mi ayuda porque estás sólo, a la deriva”, le espeta Jay a Silas en un momento del film. Jay, la inocencia perdida de Silas.

Y así, con esta sencilla relación entre personajes, llegamos al último símbolo: una herradura, con las puntas hacia abajo para derramar la fortuna sobre el que pasa por debajo del dintel. Con las puntas para arriba, para protegerle.

Slow West. Sosegada, verídica y mítica.

Oh.

Oh!

Oh! For de West.

 

TRAILER:

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  1. […] Arantxa Acosta en Cine Divergente  […]

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