Strangerland

De ángeles y demonios Por Arantxa Acosta

"Okay's a relative term."Mysterious Skin (Gregg Araki, 2004)

Sin rastro de tus hijos. Un hecho terrorífico, sin duda. Ningún pensamiento medianamente positivo, como el de autoconvencerse de que han escapado de forma premeditada y están bien, puede llenar el vacío que deja en tu corazón su desaparición, el desgarre emocional de haber perdido una parte de ti mismo, seguramente por no haberla cuidado como se merecía. Por no haberle prestado más atención. Por seguir siendo tan egoísta como cuando esa parte de ti aún no existía.

Terrorífico, sí, más si no lo sabes ciencia cierta, que se han ido por propia voluntad. O si no quieres asumir que ese es el verdadero motivo. Es entonces cuando te autoengañas de forma más o menos inconsciente: simplemente se han perdido en el desierto y buscan ayuda desesperadamente. O mucho peor… pero no se han ido por mi culpa.

Imaginar situaciones extremas para no enfrentarse a la realidad que responde a cuatro simples preguntas, de las que se conoce la respuesta, además.

¿Por qué se han ido? ¿Por qué escapar? ¿Por qué no son felices?

¿Por qué no somos una familia feliz?

Kim Farrat salta a la gran pantalla con un drama familiar, tejiendo poco a poco todo un entramado de situaciones que se encargará de ir resolviendo a un ritmo que se nos antoja muy fiel a la realidad que está explicando. Pero, por encima de todo, la directora plantea abiertamente las sensaciones, sentimientos e irremediable forma de actuar de unos padres que no han sabido comportarse como tales, por mucho que lo hayan intentado.

De esta forma, el desasosiego paternal se presenta desde el inicio de Strangerland como un thriller con tintes psicológicos, adentrando al espectador en el filme desde la conmoción que viven los progenitores, haciéndole sentir la empatía que a priori se merecen para luego horrorizarle desde el interior de sus perversas mentes.

El género escogido se nos antoja, entonces, perfecto para explicar esta historia a un espectador demasiado acostumbrado a este tipo de sucesos. Porque, ¿aquí no hay monstruos, ni fantasmas, ni espíritus del pasado que deberían exorcizarse?

Quizá sí.

strangerland 2

El punto de partida de Strangerland es, precisamente, este: unos títulos de crédito fantasmagóricos acompañan a las desoladoras pero imperiosas imágenes aéreas del desierto australiano, a su vez bañadas con una música digna de una película de género de terror. De ahí pasamos a sumergirnos en un color tierra que envuelve cualquier fotograma, un color que representa no sólo el estado anímico de unos padres perdidos, sino el de todos los habitantes de una ciudad cuyo mayor entretenimiento es conocer a los forasteros recién llegados que no se relacionan con casi nadie. “Stranger”, forastero, desconocido. “Strangerland”, ciudad de forasteros, ciudad extraña… Una atmósfera opresiva que ahonda en nuestros pensamientos para acabar ayudándonos a juzgar a su pareja protagonista, no sin antes habiéndonos mostrado todos los elementos necesarios, de forma objetiva, para que fallemos en un veredicto, en verdad, lleno de dudas.

¿Cómo nos comportaríamos nosotros? ¿Nos seguiríamos apoyando el uno al otro, pasase lo que pasase?

Sentiremos entonces un terror absoluto que hiela la sangre a medida que se confirman algunas situaciones, algunos sentimientos. Porque el típico suspense con el que se abordaría la desaparición y posterior investigación policial que va desenterrando secretos matrimoniales nos forzaría a resguardarnos en la comodidad de no romper la cuarta pared. Y la directora busca precisamente lo contrario: la complicidad del espectador para reforzar que los sucesos no son nunca blancos o negros.

Farrat se arriesga con un guión poco convencional en Strangerland, ya no por la reacción de unos padres que también guardan sus propios secretos sino por la relación entre ellos dos: dos seres que se refugian el uno en el otro para sobrellevar la carga de ser unos miserables.

De la madre se intuye que con tal de preservar mínimamente su identidad, algo turbia, ha decidido mirar hacia otro lado en su propia casa. Del padre, que la sobreprotección a su querida hija esconde unos sentimientos más oscuros que sólo deja salir a la luz cuando “su” hija deja de ser “suya” a los ojos de otros. Dos seres, en definitiva, que se merecen el uno al otro.

Muchos espectadores condenarán la decisión de presentar una historia de estas características, y en verdad se demuestra mucha valentía. Una valentía cuyo testigo ha sido recogido por una Nicole Kidman capaz de meterse en la piel de la desesperada madre, y de un Joseph Fiennes que encara su personaje aprisionando sus emociones tras una cara impasible, y eficaz. El trabajo de un siempre excelente Hugo Weaving remata unas interpretaciones a la altura de la complejidad del guión, aunque la participación de este último sea casi un relleno innecesario. Su personaje es útil simplemente para enmarañar el no por menos previsible, temido desenlace.

STRANGERLAND

Pero reproches a Strangerland no faltan: varios fallos a la hora de tomar decisiones tan poco verosímiles como innecesarias en una historia que ya da pavor sin añadir elementos “fantásticos” se vuelven en contra de la directora novel. Y es que que la historia no siga las pautas más convencionales del suspense (de hecho tiene un avance similar al que recientemente pudimos ver en PerdidaGone Girl, David Fincher, 2014-, incluso con supuesto giro argumental incluido – si no fuese porque Farrant no esconde absolutamente nada desde la presentación de todos sus personajes) y se mueva por el terreno del terror no justifica que se intente “despistar” al espectador como si de Poltergeist (Tobe Hooper, 1982) se tratase. Los niños que juegan en el polvoriento paisaje post-tormenta de arena; la abuela santera que reza para proteger a los adolescentes, las supuestas desapariciones de niños como si de ofrendas se tratase… Estas incursiones sobran, no tanto por despistar de la trama original, sino por ni tan siquiera dignarse a cerrarlas de forma más o menos coherente. En este sentido, films como Magic Magic (Sebastián Silva, 2013) o, mucho mejor y con un argumento más cercano al que nos ocupa, Mysterious Skin, resuelven mucho mejor la telaraña fantástica que envuelve sus terrenales, y oscuras, verdades.

Strangerland puede resultar bastante anodina si el espectador no se mete en la mente de sus personajes, pero no por ello puede decirse que sea un film fallido. Muy al contrario, Farrant demuestra que quiere, y puede, abordar incómodas historias desde un punto de vista muy personal.

TRAILER:

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