Turbo Kid

Una gamberrada fascinante Por Arantxa Acosta

Una gamberrada fascinante, eso es lo que es Turbo Kid.

No hay otra forma de comenzar este texto, discúlpenme. Con clara influencia estética y musical de los años ochenta, además de contar entre sus alusiones argumentales (o simples guiños a una generación) con de filmes de culto como Terminator (The Terminator, James Cameron, 1984), Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985) y por supuesto Mad Max: Salvajes de autopista (Mad Max, George Miller, 1979) e incluso, aunque algo más lejana, con Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, Richard Fleischer, 1973), Turbo Kid basa su éxito en presentarnos un futuro distópico en el que realidad y ficción se combinan para presentar a personajes a caballo entre supervivientes y superhéroes, entre déspotas y villanos de cómic. Todo ello aderezado con unas actuaciones tan extremas, a lo Scott Pilgrim contra el mundo (Scott Pilgrim vs. the World, Edgar Wright, 2010), como los personajes de los cómics del género y de sangrientos mangas japoneses de los que también bebe para escenificar unas escenas de serie B que combinan a la perfección con las más cómicas. Pasando, ya que estamos, por reproducir batallas a lo Dragon Ball. Y, cómo no, algo también de videojuegos, por supuesto.

¿El resultado? Una desquiciada cinta que arranca alegres sonrisas, básicamente de simpática estupefacción acerca de la extraña pero extraordinariamente posible mezcla que se nos está proponiendo.

Turbo Kid 2

Una voz en off nos sitúa: estamos en el futuro, 1997 (otro posible guiño, ahora a la película de John Carpenter, 1997: Rescate en Nueva YorkEscape from New York, 1981). Tras el Apocalipsis, la sociedad está renaciendo tras la destrucción de la civilización. El agua es un bien escaso que se compra a base de trueques y, en concreto, nuestro protagonista, el adolescente que acabará convirtiéndose en la versión Júnior del superhéroe más aclamado por los habitantes de su ciudad (tras encontrar el traje del héroe/soldado), la obtiene entregando objetos que recuerdan al perdido mundo: bolis con imágenes de mujeres con poca ropa, por ejemplo. El objetivo del mayor villano, Zeus, que mantiene su reinado desde hace años básicamente gracias a los matones que le rodean y a la forma que ha encontrado para financiar a su grupo, es encontrar la fuente de agua. A partir de aquí, la historia es la común a cualquier cómic: el héroe buscará al villano para vengarse del mal que le hizo cuando era niño, y para liberar de su tiranía al pueblo oprimido.

Inevitablemente, aparte de las referencias ya citadas, un reciente filme que pudimos disfrutar en el D’A 2015 se nos viene a la mente: Crumbs (Miguel Llansó, 2015). Allá, también distopía post-apocaliptica más centrada incluso que ésta en la comedia surrealista, los elementos con los que jugaba el director eran muy similares: el héroe imposible, la extraña historia de amor, la búsqueda de una ¿verdad? Pero también a nivel estético se explotaba una imagen bastante ochentera, y no sólo eso, sino que varios iconos de la época eran repetidos y recuperados recurrentemente (Michael Jackon, sin ir más lejos)… No obstante, Crumbs tiene algo de lo que Turbo Kid se olvida, y que la hace, en comparación y a nivel personal, superior a la que ahora nos ocupa: y es que Crumbs no únicamente se limitaba a explotar el hecho de aferrarse al pasado reciente para empezar a construir una nueva sociedad (la adoración – altar incluido – a Michael Jordan, o venerar a Carrefour…), sino que se cuestionaba qué ocurre cuando se pierden los referentes. Pues que la gente se viste como nazis, porque mola. O, lo dicho, una gran cadena de supermercados respetada como si fuese la gran proveedora de los bienes del mundo. Referentes desplazados en la historia, malinterpretados o, simplemente, elevados a la categoría de fe. Porque es necesario creer en algo cuando no se tiene nada (como podíamos ver en El Atlas de las nubesCloud Atlas, Tom Tykwer, Wachowski’s, 2012-, cuando se adoraba a una diosa que en realidad era un robot, o como pasa en Mad Max y los líderes que aparecen en cada uno de sus episodios…). Así que Crumbs ridiculizaba la sociedad del bienestar. Turbo Kid, simplemente, quiere hacernos pasar un buen rato.

Y, con esta premisa e intenciones, compramos Turbo Kid. Y a buen precio.

Cámaras en los ejes de la ruedas de la bicicleta, cintas en el pelo y monos (de atuendo) de colores estridentes, diálogos absurdos que sirven para unir escenas, torturar extrayendo los intestinos del interrogado al ser enrollados alrededor de una rueda de bicicleta, trajes con super-poderes capaces de hacer explosionar cuerpos, convirtiéndolos en blandiblup visceral (“Turbo charge of justice in the face!”). Y robots buenos (porque no todos son malos, depende del modelo) que saben cuándo “morirán” ya que pueden controlarlo con el display que le indica cuántas vidas (corazones) le quedan, y, lógicamente, malos, de los que pueden pronunciar frases del tipo “los seres humanos son altamente ineficientes. Vosotros me convertisteis en lo que soy”. El imaginario creado en Turbo Kid es un recopilatorio de estereotipos de otros filmes que abraza la estética ochentera, aderezado con música de la época, introducida con fuerza desde el inicio con una versión de la mítica ‘Thunder in Your Heart’. Un Michael Ironside imponente y divertido en la piel de Zeus capitanea una cinta que sueña con un mundo en el que las vidas de videojuego se convierten en realidad.

El apocalipsis llega en los ochenta y detiene el mundo. ¿La verdad? Muchos sentimos que sigue siendo una gran década…

TRAILER:

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