Vulcania

El despertar sindicalista Por Arantxa Acosta

Es posible muchos de los ahora lean este texto sean hijos, nietos, de una de aquellas comunidades de emigrantes españoles que viajaban desde los pequeños pueblos de la estepa castellana a una gran ciudad como podía ser Barcelona. Comunidades autosuficientes a las que no les faltaba de nada, aparentemente. De casa a la fábrica, de la fábrica a casa, y muy de vez en cuando alguna que otra reunión con otra familia, amigos casi auto-impuestos porque no hay más donde elegir. Y claro, admiración (¿adoración?) al “amo”, que tan generosamente les proporcionaba una vivienda, comida y dinero para (muy) pequeños caprichos (aunque normalmente todo se ahorraba para enviarlo a “casa”). Tradiciones y obediencia para mantener el trabajo.

Hasta que alguien se atreve a decir basta.

Al movimiento obrero español es a lo que nos ha recordado Vulcania y, aunque estemos hablando del siglo XIX (aunque mucho más de la segunda mitad del XX), la película, y el movimiento, está o debería estar tan en boga como entonces.

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Pocos diálogos que dan prioridad a la oportunidad por parte del espectador de captar y regodearse en los detalles visuales proporcionados por una muy cuidada puesta en escena, en la que destaca no sólo el vestuario concebido para los trabajadores y para los capataces (uniformes para el pueblo a caballo entre las vestiduras de finales del siglo XIX y los monos azules de trabajo actuales, aderezados con unos brazaletes que recuerdan que pertenecen a algo y alguien, que son esclavos de un movimiento, de una comunidad; trajes y peinados también atemporales, aunque muy centrados en la década de los cincuenta, para los explotadores que esconden la realidad que hay tras la monótona tranquilidad de la fábrica) sino también las marcas en los edificios (los símbolos que diferencian a cada clan), e incluso los objetos a priori más insignificantes (como la edición del libro que lo cambiará todo, muy sementera, sin duda muy a propósito).

Atemporalidad distópica, sí… que refuerza un mensaje recurrente y actual: despertarse a un mundo que podemos controlar nosotros mismos, conocer la verdad sin sesgos ni mordazas informativas.

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La atmósfera conseguida también gracias a la música, sumada a unas brillantes interpretaciones entre las que destacan las de Miguel Fernández (Jonás, con toda seguridad nombre escogido en referencia al profeta) y Ginés García Millán, Adam (Adán, el padre de todos…), convierten Vulcania en una apetecible reivindicación de este cine español que, por fin, empieza a hacernos hablar mucho de él. También muy destacable el papel de José Sacristán, el líder a seguir que, com no podía ser de otra forma, nos remite al Gran Hermano del 1984 de George Orwell. Un líder que esconde una de las grandes verdades de la sociedad actual. Y es que… ¿es el líder, la cara visible, el que gobierna, o lo hacen los señores del sector económico, o el político, capaces de manipular la justicia del país, capaces de manipular la información que llega al pueblo (manteniéndole, incluso en pleno 2015, hacinado en guetos virtuales)?

Vulcania es una llamada a la clase media moderna, a la necesidad de que mire más allá de su estable y falsamente confortable vida para darse cuenta de que ha sido creada en base a represión y miedo desde hace generaciones, como bien se remarca en el filme. Y lo hace también, escondida tras una cortina de tintes fantásticos. Para nuestro agrado, eso sí.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. Pedro Javier dice:

    Siento divergir con vosotros, pues si bien soy admirador de cualquiera que se dedique al cine en España, y sabiendo lo difícil que es levantar un proyecto, Vulcania me ha dejado la sensación de quedarse a medias en muchas cosas en varios aspectos importantes:
    En el guión, porque incluso parece que no quiere encuadrarse del todo en el fantástico (no explota el súper poder de Jonás); porque los personajes principales no acaban de desarrollarse: ni Adam ni Jonas se muestran con verdadera intensidad cuando sus objetivos si son súper claros, y porque también nos roba el clímax de la destrucción de la fábrica, aunque quizá esto haya sido motivado por otro aspecto en el que he notado deficiencias o falta de recursos: la producción, ya que no me acabo de creer la fábrica como factoría alienante, y nos escatiman dos escenas importantes por su dramatismo: el hundimiento de la montaña de hierro y el apuñalamiento del perro, que a mi juicio no se ha hecho por falta de pasta. Y en la dirección he tenido la impresión de que se recreaba en la excesiva duración de algunos planos sin significado aparente y que los actores han dirigido más que el propio director, porque apenas se aprecian matices en los personajes. En definitiva, me ha dejado frío cuando podría haber sido un gran producto por el planteamiento filosófico y metafórico del que parte.

  2. […] Arantxa Acosta en Cine Divergente […]

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