We Are Still Here

De más a menos Por Ignasi Ferrer

Una casa en medio de la nada, flanqueada por una carretera infinita que se funde con el cielo en el horizonte. El paisaje nevado, rodeado por un bosque. En las afueras de un pueblo remoto y con el vecino más cercano a unos 20 minutos. Mal augurio y los ingredientes ideales para una película de terror. Una pareja, Paul y Anne Sacchetti, deciden ignorar estas señales y se mudan a vivir en este domicilio tras la pérdida de su hijo adolescente. Pronto no tardarán en percibir que algo extraño sucede en esa casa. Sobre todo la madre, que conserva una especie de vínculo con el más allá a través de su hijo fallecido.

Uno de los mayores aciertos del debutante Ted Geoghegan es convertir la casa en un personaje más en el prólogo. En apenas cinco minutos, Geoghegan sienta las bases de lo que será su cinta: la casa está encantada y la pareja soporta una pesada carga cuando se muda en ella. A partir de aquí, la película se divide en dos partes. En la primera, el director de Oregon dosifica sabiamente los elementos paranormales (el marco de fotos que se cae por una corriente de aire, la pelota de béisbol que cae sola por las escaleras, ruidos en el sótano vacío) y la personificación del recurso de la cámara en mano. Esa cámara que interactúa con el plano y se mueve, escondiéndose detrás de una pared o moviéndose por detrás de los personajes. La cámara, al igual que la casa, se convierte en un personaje más convirtiendo al espectador en un invitado de excepción a la rutina de la familia. En esta parte, el director se centra en crear una atmósfera, insinuar más que mostrar. Así, sabemos que algo sucede en la casa y sabemos que algo le pasó al hijo de la familia, pero en ningún momento se entra en detalles, pues eso es circunstancial para la historia que se está narrando.

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En cambio, en la segunda mitad Geoghegan cambia radicalmente de registro, traicionando en cierto modo el espíritu de la película. De una propuesta más esteticista y sutil evoluciona a un despliegue de recursos visuales e interpretativos que cambian el tono. El efectismo se apodera de la historia. Ya no basta con insinuar, ahora se muestra el monstruo. Las incógnitas se revelan, de manera bastante descarada por otra parte. Uno de los personajes explica hasta tres veces qué sucede con la casa encantada y otro cuenta como murió con el hijo de los Sacchetti. Inexplicablemente, Geoghegan destruye parte de su trabajo haciendo varias concesiones al espectador. Concesiones gratuitas, por otra parte, que sirven sólo para rellenar unos minutos de película. El cambio es tan radical que hasta los actores pasan de actuaciones más comedidas a forzar sus actuaciones, sobreactuando en exceso. Este cambio de registro lastra lo que hasta el momento era una nueva vuelta de tuerca al género de las casas encantadas, convirtiéndola en una cinta más de casas encantadas.

We Are Still Here retrata el carácter de una pequeña sociedad anclada en el pasado.

Probablemente, la tesis más interesante de la película es como esta sociedad xenófoba se muestra fría y egoísta con tal de sobrevivir. La maldición de la casa se manifiesta cada 30 años, matando a la familia que vive ahí. Pues bien, el pueblo se convierte en su silencioso cómplice. Toda la ayuda que recibe la familia es una nota a escondidas -avisarles de la situación de manera pública conllevaría represalias-. Esta sociedad, acomodada en sus propios temores, prefiere que todo siga igual antes que buscar una solución más solidaria con los demás. El fin justifica los medios y asegurar la supervivencia justifica cualquier crimen. Lástima que este matiz de la historia, presente en la segunda mitad de la narración, se difumine entre tópicos y el ritmo frenético que se impone.

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No es un mal debut de Ted Geoghegan, pero le ha faltado pulso para imponer unos criterios más sólidos. Da la sensación que ha cedido a presiones y de aquí las concesiones que se muestran en el tramo final. We Are Still Here es una buena película de posesiones, pero tristemente está lejos de ser memorable.

TRAILER:

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