Beasts of No Nation

Perder la inocencia Por Arantxa Acosta

Niños soldado. Niños abocados a ser unos asesinos, reclutados cuando lo han perdido todo y están tan desorientados y necesitados de cariño que se aferran a cualquier muestra de protección. Ocultando conscientemente su miedo, y sin prever el peligro que les acecha. El inicio que supondrá que pierdan la inocencia, en definitiva.

Fukunaga recrea la guerra civil en un país africano sin nombre. Porque no hace falta. Porque esos niños, estén donde estén, no viven tan lejos de nosotros.

El director hace funcionar Beasts of No Nation a dos niveles narrativos, combinados equitativamente a lo largo de todo el filme.

El primer nivel es el objetivo, el más crudo y realista. Es el que permite al realizador mostrar el horror de una guerra desde dentro, desde que se forma a las máquinas de matar, y cuáles son sus consecuencias, tanto para los que participan directamente como para una sociedad que va destruyéndose poco a poco. Cómo afecta el combate a los individuos, y cuáles son los intereses políticos a nivel casi mundial para que las guerrillas sigan realizando su “trabajo”.

El segundo, el subjetivo, el personal. El que nos hace sentir de primera mano las emociones de los que se han visto envueltos en ese horror, en un sistema militar del que no comprenden nada. Ni los niños, ni tan siquiera los comandantes.

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Así que se juega a dos niveles, que veremos diferenciados en imágenes. Crudas, directas y en busca del asco cuando quiere mostrar la verdad que evitamos conocer; y subjetivas, casi oníricas, cuando se sitúa completamente el foco desde la perspectiva narrativa del niño. El objetivo se hace pronto evidente: el director busca la denuncia, llegar primero al corazón para que nos duela después a nivel personal todo lo que se desarrollará ante nuestros ojos.

De esta forma, el filme se inicia presentando la felicidad de un niño que juega con sus amigos y hermanos, ajeno a lo que le espera. Colores cálidos y mucha luz captados por una cámara que se mueve al ritmo del niño. Enseguida nos adentrará en lo que realmente significa una guerra, y cómo ésta puede aparecer y cambiar todo lo que uno asume como establecido, como verídico e inamovible. Es cuando nos muestra cómo el niño es captado por una guerrilla, cómo conoce a su comandante. A partir de entonces el filme se centrará en cómo se moldea a soldados como si de fieles a una secta se tratase: primero, presentando a su comandante como un dios, viéndose casi obligados a adorarle, para después permitirle hacer con uno mismo lo que se quiera, por el bien de la rebelión (nota curiosa: el respeto hacia el comandante, hacia el “Dios” que les ha rescatado, se narra de forma similar a como se explica por parte de una de las víctimas de Spotlight la relación con los párrocos: se le sigue por lo que representa, y se acaba cayendo en sus redes porque ya no hay vuelta atrás).

Y es entonces cuando aparece en escena Idris Elba. El comandante.

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El acercamiento a su personaje es una de las grandes bazas del filme. Elba equilibra la supuesta enajenación mental que años de combate le ha producido con el personaje que debe interpretar ante unos guerreros que trata como a hijos… a no ser que vaya en contra de sus intereses personales, faceta que también se mostrará cuando esté on Agu, nuestros protagonista, o con el “Comandante Supremo”. “¿Cuándo cobraré?”, una de las frases que hielan la sangre por la frialdad con la que es pronunciada, sabiendo todo lo que esconde el “trabajo” remunerado.

Pero Fukunaga hace trampa en su narración más objetiva: las imágenes de las batallas en las aldeas y ciudades no se libran de querer apelar también al sentimiento del espectador, de forma más subliminal.

Lo conseguirá con los mensajes pintados en las paredes, dirigidos teóricamente a los civiles y guerreros para mantener el ánimo, y que son puñaladas directas a la mirada de un espectador que está presenciando, precisamente las consecuencias de esos lemas. Y, por otro lado, debemos ser conscientes de que cualquier escena se interpreta a través de la mirada de un niño…

… así que entre violaciones, vejaciones, asesinatos a inocentes… el director nos atrapa con la voz en off de un niño que habla a Dios, preguntándole por qué ha caído en sus redes, o con su madre perdida, una vez se da cuenta que Dios le ha abandonado.

Esos momentos más íntimos, los que demuestran que todo el film se presenta bajo la mirada de Agu, se relatan de nuevo con cámara en mano, jugando con el grano de la imagen, con los colores (enorme la secuencia en la que Agu está atacando bajo los efectos de la droga, cuando ya no le importa nada, con la sustitución del verde de los bosques por el rojo de la sangre)… convenciéndonos del terror, la rabia y la frustración de un niño al que Fukunaga nos ha ido introduciendo desde su niñez y lentamente le hemos visto madurar por culpa de un entorno que ningún infante debería conocer. Es así como el director regula la emoción en el espectador, pasando de las primeras imágenes, de la risa, de su carácter más infantil, a las de un “hombre” que fuma y se droga para evadirse mínimamente de sus propios actos. Hasta que diga basta, en un largo primer plano en el que mirará directamente al espectador, a nuestros corazones, y que servirá a Fukunaga para hacer su última denuncia, a través de la esperanza: es posible reconducir la situación. Ayudemos a estos niños, y no miremos hacia otro lado. Aprovechemos que Fukunaga nos ha obligado a mirar de frente.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] guerrillas en la África de Fukunaga (Beasts of No Nation, 2015). Los trastornados marines americanos de Dito Montiel (Man Down, 2015). El recuerdo de la […]

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