Desde allá y La calle de la amargura

Naïfs Por Arantxa Acosta

Desde allá. Director: Lorenzo Vigas. Venezuela, 2015. Venezia 72

La calle de la amargura. Director: Arturo Ripstein. México, 2015. Fuera de concurso

 

Ingenuidad que despierta ternura. Ingenuidad que despierta tristeza. Por ver cómo ese candor se traduce en padecimiento. Una angustia que hará que la inocencia se vea siempre recompensada con trágicos dictámenes.

Empezamos con Desde allá, que se nos antoja el reverso de Lama azavtani (Why Hast Thou Forsaken Me – Hadar Morag, 2015). Si en la israelí seguíamos el punto de vista del niño que sigue a “su protector”, buscando un referente paterno, aquí el personaje principal, del que conoceremos sus deseos e intuiremos sus miedos infantiles, es el maduro hombre que esconde un trauma, nunca plenamente revelado aunque acabará siendo conocido por el espectador. El afilador de la primera ahora convertido en un taciturno moldeador de dentaduras postizas que busca el placer mirando el cuerpo desnudo de chicos jóvenes. El nuevo padre de Muhammad se convierte en el nuevo padre de Elder. porque aquí también seremos testigos de cómo los adolescentes transforman el respecto en afecto, y el afecto en amor… confundiendo sentimientos.

Desde allá basa su éxito, como Why Hast Thou Forsaken Me, en confiar más la fuerza de su argumento que en experimentar con las imágenes para condicionar al espectador, objetivando así la mirada de la cámara para que seamos nosotros los que decidamos cómo interpretar cada mensaje que puede ser no más que una sutil mirada u oportuno comentario revelador, pero sobre todo silencios, que nos permiten comprender el por qué del comportamiento de Armando, nuestro protagonista de mediana edad.

Y es que Desde allá destaca más por lo que se permite presentir que por lo que se dice abiertamente, destacando un efectivo cierre que resuelve cualquier duda en cuanto a los sentimientos del protagonista.

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Desde allá

No obstante, un elemento es imprescindible en el filme, y no es otro que el trabajo de sus dos protagonistas. El enfoque de Armando (Alfredo Castro) es el de un hombre que se desplaza por la ciudad sin esconderse pero pasando desapercibido, tal y como él desea. La postura y forma de hablar son básicos para que, en el fondo, no empaticemos en ningún momento con él. La indumentaria seleccionada apoya su interpretación: Impersonal, fría, gris, monótona, vulgar.

El trabajo de Luis Silva es también una muy buen baza de Desde allá, y convence en el desarrollo de su personaje, el paso de matón callejero a confuso niño despreciado por su propia familia. Un excelente debut.

El filme de Lorenzo Vigas se centra en la inocencia del niño, y del que también lo fue en el pasado. Y el de Ripstein, La calle de la amargura, en la inocencia de dos mujeres cuya desesperación les llevará a cometer varios errores que truncarán su futuro. Un futuro que, no obstante, parece ya decidido por un destino que no escucha las plegarias de los fervientes devotos de Dios.

Ripstein filma La calle de la amargura en blanco y negro, una decisión que potencia el drama de las dos veteranas prostitutas poniendo especial foco en una iluminación propia de una obra teatral que deliberadamente lleva el drama a convertirse en una tragicomedia…

… con una atmósfera que acaba siendo entre opresiva y amargamente ridícula por los acontecimientos explicados. El tono con el que todos los actores recitan sus líneas refuerzan esta idea de teatro filmado, de extremada dramatización. Y es que la historia acepta la exageración como escape a la realidad ficcionada que se nos está explicando porque, aunque parezca mentira, la películas está basada en un hecho real: la accidental muerte de dos wrestlers.

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La calle de la amargura

El resultado es un filme en el que los escenarios y la grácil puesta en escena soportan la historia de forma que se nos presenta casi fantasmagórica, irreal. La cámara flota, se mueve sin cesar sobrevolando cada escenario como si de una mosca se tratase, que estuviese espiando a los inquilinos del edificio, de las calles de la ciudad. Porque en la película no faltan, ademas de unas prostitutas en capa caída, beatas que se horrorizan ante el trato a los ancianos, padres que explotan a sus hijos, padres que de desviven por sus hijos, maridos homosexuales mantenidos por sus mujeres, enanos que trabajan en el ring como mascotas… todo un elenco de personajes extremos, salidos de una triste comedia verídica que ahonda en el hecho de que la casualidad, o el destino escrito, es el que les tiene emplazados y malviviendo tal y como están. O al menos esa es la excusa que ellos mismos se repiten para no caer en la cuenta de su profunda desgracia. Así que todos los personajes sufren, en ningún momento conoceremos en profundidad a personas contentas con su vida (estos serán meros secundarios que aparecen en la vida de los primeros para acompañarles en su destino, para conducirles en el camino que les llevará a su final. Eso, si consideramos que existe alguien feliz, claro).

Porque Ripstein no sólo filma este hecho real, sino que aprovecha para denunciar con amargura el estado de precariedad en el que viven muchas personas en México.

Pobreza y desánimo generalizados son la moraleja de un filme que deja en el espectador una helada sonrisa. Porque la historia es digna de ser considerada comedia, pero el por qué es capaz de darse, amarga.

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