Spotlight

Conocer la verdad ¿Un derecho real? Por Arantxa Acosta

Llega un momento en Spotlight en el que un psiquiatra investigador revela que cruzando datos durante años, estadísticamente puede afirmarse que un 6% de los sacerdotes de una ciudad, de una zona, abusan o han abusado sexualmente de niños.

El equipo del Boston Globe consiguió confirmar esa estadística a inicios de este siglo.

Y sólo por revelar este dato más allá de los lectores en Boston, más allá del continente americano… sólo que algo tan increíble salga a la luz gracias a una película (porque no todos seguimos los premios Pulitzer para saber que se le concedió al grupo de periodistas por este trabajo en periodismo de investigación), ya vale la pena ir a ver Spotlight. Pero la película va más allá, mucho más allá… tanto, como el equipo de reporteros.

McCarthy se aleja en Spotlight de filmar drama social y realiza un filme clásico de genero periodístico pero con amplias notas de cine judicial.

De esta forma, aporta no únicamente la tensión de ver cómo se consigue llegar a un resultado final, colofón satisfactorio, sino también la explicación detallada de qué tuvo que hacerse para conseguirlo. Detallada, pero sin perder un ápice de interés, manteniendo al espectador como si estuviese leyendo la historia en un periódico, como si se tratase de una larga entrevista a los redactores e investigadores del Boston Global. Además, el director aporta esa sensibilidad que pudimos ver en filmes como The Visitor (2007) o Win Win – Ganamos todos (Win Win, 2011): sin entrar en sentimentalismos innecesarios (y era fácil caer en esa trampa con una historia sobre pedofilia en la Iglesia), consigue que, como espectadores, reaccionemos ante los hechos que se nos están presentando. Porque hechos, hechos y más hechos van sucediéndose lentamente, tejiendo el complejo entramado que acaba uniendo las distintas investigaciones, pero siendo planteado de forma sencilla y avanzando sobriamente (para evitar eso que suele pasarle al espectador cuando se barajan varias subtramas y personajes).

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Así que las bazas de Spotlight son, básicamente, dos. La primera, la ya comentada: un ritmo y enlace de historias a la hora de hacer avanzar la trama suficientemente claro para mantener el interés durante dos horas. Les seguimos cronológicamente desde la asignación de la investigación por parte del nuevo director al equipo especializado dentro del rotativo (el equipo Spotlight, foco) hasta que la publicación se convierte en una realidad casi un año después, pasando por las distintas entrevistas que mantuvieron con las víctimas y abogados de las dos partes, psiquiatras especializados e incluso párrocos. Todo para que conozcamos que estos periodistas demostraron que no se trata de casos aislados. Que, de hecho, incluso puede considerarse una patología dentro del sistema eclesiástico. Un sistema que a día de hoy (1985, 2002, 2015… todo sigue igual) intenta, eso sí, cada vez con menos éxito, esconder estos casos. La gran pregunta es:

¿Cómo se tomará la Iglesia Católica el estreno de Spotlight? ¿Intentarán vetarlo de alguna forma, tal y como quisieron hacer, por ejemplo y recientemente, con Noé (Noah, Darren Aronofsky, 2014)?

La segunda baza es el “poso” que nos deja. Porque McCarthy no desea que nos quedemos exclusivamente con los hechos que nos muestra, el filme permanece en nuestra mente horas después de su visionado. La desnudez de sus imágenes, obviando cualquier tipo de dramatización, consigue que sea mucho más sencillo rememorar algunas de las escenas y pensar no únicamente en el horror de los datos que presenta, la conspiración a nivel mundial que supone cada vejación a un niño por parte de un párroco, sino que básicamente nos obliga a reflexionar sobre el estado mental de las víctimas, la liberación que supone poder hablar por fin del tema, y ser escuchados. Liberación también, y aunque suene extraño, de los que han tenido que defender a la Iglesia y durante años han callado, y siguen callando, por miedo. Parece que Spotlight se haya concebido para presentarse como una posibilidad de redención, y de ánimo a la denuncia.

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Pero es que también se discute el ya conocido mito del “objetivismo” periodístico, aunque de forma más sutil. McCarthy no entra en demasía para no enturbiar un filme en el que se está ensalzando de forma consciente el periodismo como una profesión con la capacidad y fuerza suficiente para vencer al sistema. Como si los reporteros, y en especial los de investigación, fuesen (o mejor dicho, pudieran ser) verdaderos héroes, de esos que “necesitamos pero no nos merecemos”. Así que no ha querido obviar en su film el hecho de que los mismos que investigaron los sucesos y acabaron denunciando a la Iglesia disponían de toda la información cinco años atrás, y no hicieron nada. El director no quiere aclararlo, y lo deja a opinión del espectador y, seguramente, aún a la de los propios protagonistas: ¿Por qué no se investigó? Por miedo a las represalias, por pertenecer a la comunidad religiosa, por saber que se iban a conocer trapos sucios de personas allegadas… sea lo que fuere, la duda está ahí. Y la amistosa invitación de Spotlight a que el periodismo trabaje verdaderamente como un beneficio social permanece.

 

 

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