Tres recuerdos de mi juventud

Tratado de la pasión Por Manu Argüelles

Para Josep

Algo tiene Tres recuerdos de mi juventud que me desborda. En The Thoughts That Once We Had, la sesión del D’A compartida con el Excèntric del CCCB – documental personal de Thom Andersen en el que nos propone construir la historiografía cinematográfica a partir de Deleuze -, se nos decía que el cine tiene la obligación de restituir la creencia en el mundo. Yo añadiría y la creencia en la pasión. Yo no creo en Dios y mucho menos en la religión. Ni de coña en los equipos de fútbol, tampoco en los políticos, en ninguno, y si creo en una bandera no es de ninguna patria, ni de ningún país. Yo creo en los libros, en la música de David Bowie y en el cine de Truffaut. No podría respirar con el pulmón de Visconti, con el tiempo que se extingue y el dolor por aquello inexorable que se perderá, si no tuviese a Truffaut para contrarrestar, para seguir creyendo en la vida, en la vida como cine y en el cine como vida. Tres recuerdos de mi juventud es como un astro salido fuera de órbita, como una jubilosa antigualla que me mantiene viva la obligación de no olvidar nunca el cine de Truffaut. Porque si ese día llega, el cine para mí no tendrá sentido. Se habrá secado el afluente de la pasión. Que no nos engañen. Hay que seguir creyendo en el gran relato, en la aventura, como lo hace Desplechin. Hay que creer en Esther, por encima de todas las cosas. Mejor vivir con la rabia intacta, que no tener nada.

Tres recuerdos de mi juventud

Cuando Esther dice que es una mujer excepcional, a ciencia cierta que lo es. Por ella pasa el idealismo y la tenacidad de Gertrud (Carl Theodor Dreyer,1964), la enajenación y el padecimiento de Carta una desconocida (Letter from an Unknown Woman, Max Ophüls, 1948) y el físico y lo carnal de Brigitte Bardott en El desprecio (Le mépris, Jean-Luc Godard). Ella es el amor-pasión de Stendhal. Por consiguiente, Tres recuerdos de mi juventud es la derrota, pero también la herencia. Ella encarna toda mi educación sentimental, que uno no sabe cuándo empieza en sí mismo o es adquirida por el cine.

Porque, ¿cómo afrontar ese cisma que se abre en la aparente comedia ligera de Besos robados (Baisers volés, François Truffaut, 1968) cuando Antoine Doinel repite sin cesar su nombre frente al espejo? ¿Cómo seguir viendo el largometraje una vez que hemos caído desde el precipicio y sabemos que todo lo que vendrá después ya no nos va a importar? ¿Cómo he sido capaz de ver Tres recuerdos de mi juventud en un festival y ver otra película justo después, cuando ya no he podido salir de la película por mucho que lo intente? ¿Cómo afronto la valoración de las películas del D’A cuando pienso que está Tres recuerdos de mi juventud y después todas las demás?

Besos robados

Quizás por eso, porque naufrago en ella, porque no puedo mentirme más, porque no puedo negar lo que me desgarra, estoy empecinado en pensar que Tres recuerdos de mi juventud no puede ser el final para Paul Dedalus.

El primero, el de Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle) (1996) fue la forja definitiva del prototipo masculino según Desplechin. Una masculinidad a la deriva, desquiciada, obsesiva en su autoanálisis, completamente errática y siempre en esas arremolinadas intersecciones entre la cordura y la locura, como en la extensión epigonal y auténtico vademécum de toda su filmografía, Reyes y reina (Rois et reine, 2004), sin Paul Dedadus pero con el imprescindible Mathieu Amalric, en la que para mí es la interpretación más memorable de todas las que he tenido la oportunidad de ver a este actor.

La segunda aparición fue la de Un cuento de Navidad (Un conte de Noël, 2008), un demoledor ajuste de cuentas con la familia, como núcleo de pertenencia y como institución. Mucho más crudo y amargado, con las heridas que ha dado el tiempo en absoluta carne viva, pero todavía con una puerta abierta a la conciliación. El incorregible Antoine Doinel, siempre redimido por Truffaut, planeaba con fuerza en la relación que Desplechin mantenía con su creación.

En el de ahora, el de Tres recuerdos de mi juventud, uno para cada década, cuando Desplechin incorpora la voz en off de su personaje como narrador, habla de sí mismo en tercera persona. Un pequeño detalle muy revelador de cuánto hay de desahucio en su presente, ya que el niño desarraigado de su familia, el chaval desprendido y temerario que no le importa ceder su identidad para quien la necesite y el de Esther, es el Paul que se ha desvanecido.

Tres recuerdos de mi juventud 2015

Por eso, para mí, Tres recuerdos de mi juventud es la más bella de las ensoñaciones que he vivido en los últimos tiempos.

Como esa maravillosa solución visual de Esther Khan (Arnaud Desplechin, 2000), en la que la protagonista está en una mesa mientras la cámara la recorre lateralmente y la gente que está sentada a su alrededor, mientras hablan entre ellos, se van disolviendo y superponiendo con otros integrantes en la mesa, como una lírica expresión del paso del tiempo, de todas aquellas personas que pasan por nosotros. Son como intermitencias, como momentos fugaces, como ese compendio de lo que es nuestra vida, puro tránsito a nuestro alrededor mientras nuestra imagen se mantiene inalterable.

En simétrica equivalencia a ese juego de espectros, Tres recuerdos de mi juventud es un acto de restitución de lo que nos precede, del cine de la Nouvelle Vague que traído al presente no puede convocarse más que como una Arcadia perdida, como un anacronismo que en manos de Desplechin no es algo mórbido sino que nos devuelve una ilusión. Por eso la película brilla con su tono de novela de aprendizaje. Por eso el dolor que sentimos nos tonifica. Pero no pensemos en la nostalgia. La nostalgia es un narcótico que nos deja idiotas. Desplechin no juega con ella sino con el cine como mito. Con el vínculo existencial que tenemos con él. Es una carta de amor como lo eran las de Truffaut. Y de ahí el uso del iris, ese recurso para focalizar en el cine mudo, que él suele utilizar con frecuencia. Y quizás ese es su más bello símbolo. Todo se oscurece y el detalle que se ve en la imagen, la luz, eso es lo que se tiene que ver en la pantalla, nuestro mito, nuestra creencia, nuestra pasión: el vacío de Paul Dedalus, Esther.

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