La doctora de Brest

La fortaleza de lo individual Por Manu Argüelles

Vítores y aplausos al finalizar el primer pase de la película de inauguración de la 64 edición del Festival de San Sebastián. En la misma ciudad donde se celebra anualmente un Festival de cine y derechos humanos, era previsible que una película como La doctora de Brest gozase de las simpatías del público asistente del Zinemaldi. Con la película de Emmanuelle Bercot me ha vuelto a asaltar el interrogante que en ocasiones me surge ante dramas de denuncia social como es el caso. ¿Aplaudimos la gesta de Irene Frachon o el largometraje de la directora francesa? En más ocasiones de las que debiera es fácil que se confundan ambos términos y lo estrictamente cinematográfico queda neutralizado en beneficio de la empatía que desarrollamos ante lo que se nos cuenta.

Bercot en eso es muy habilidosa ya que tiene a su disposición a su actriz principal, Sidse Babett Knudsen, que va aportar el suficiente carisma y magnetismo para que el público sea cómplice de su determinación y de su lucha. Si ya tenemos a una actriz que va a desplegar todo su arsenal para seducir al espectador desde el minuto 1, cuesta comprender que la directora desee, aún así, remarcar los dos frentes en oposición llegando a una exageración casi irrespestuosa con todos aquellos que representan los intereses del laboratorio farmacéutico Servier, el segundo más importante de Francia. Aquí también hace entrar en juego dos dimensiones, pero su forma de hacerlo acaba resultando tremendamente tosca. El enfrentamiento entre el humilde, comprometido y entregado profesional de la provincia (la Bretaña concretamente), frente a la arrogancia y petulancia del profesional de París que forma parte de un gran imperio empresarial.

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Nos encontramos ante el prototípico relato, largamente explotado por el cine norteamericano experto en hacer defensa a ultranza de la invidividualidad, en el que una persona, el héroe apegado a sus propias certezas y a su noción de justicia, impone su voluntad por encima de todas las cosas frente a un sistema corrupto y/o hostil al que se enfrenta. Irene Frachon es inquebrantable, el personaje fuerte por antonomasia, también frente a una masculinidad que o resulta más quebradiza e insegura o renuncia a su supuesto rol tradicional (un sencillo plano de su marido en el que le vemos que acaba de limpiar la cocina mientras ella llega del trabajo apunta a ese enunciado). En ella no hay conflicto interno que deba resolverse, si acaso la lógica preocupación que su empecinamiento en esa empresa afecte negativamente a su entorno familiar.

La doctora de Brest se convierte así en una película llena de tensiones entre varios elementos enfrentados, pero lo que debería ser una fructífera dialéctica de contrarios que estimule al espectador, acaba convirtiéndose en un manual de dramatización efectista de un caso real. Da la sensación que Betancourt, insegura ante una narración que puede resultar excesivamente tediosa dado su alto contenido técnico – al fin y al cabo hablamos de la retirada de un fármaco, el Mediator, un medicamento para la diabetes y que después se extendió como un supresor del apetito- necesita aferrarse a elementos cinematográficos nada sutiles, al contrario, excesivamente llamativos para reclamar a golpes de bocinazo la atención del espectador. Por ejemplo, para remarcar el acoso y la sensación de inferioridad tanto de la doctora Frachon como de su aliado investigador (Benoît Magimel), cuando se presentan ante la APSSAPS (la Agencia Nacional Francesa de Seguridad Sanitaria) no duda en filmarlos ambos con un idéntico picado pronunciado en sus dos diferentes intervenciones, una angulación que más que resultar expresiva lo que consigue es subrayar lo obvio, dado que en dichas secuencias es donde despliega todo el arsenal caricaturesco. No se comprende que recurra a artificios visuales un tanto redundantes cuando previamente con un sencillo plano en el que nos filma el rótulo de la APSSAPS visto desde un cristal y, por tanto, eso hace que lo leamos invertido desde nuestra visión, ya resulta igual de convincente sin necesidad de recurrir a estas soluciones expresivas llenas de anabolizantes.

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Parece como si esa transparencia que reclama su protagonista como un requisito indispensable en todo sistema sanitario, Betancourt se sienta agobiada al cumplir con tal requisito en su film y eso le lleva a un exceso de retórica que afea considerablemente la propuesta. Porque no se puede decir que nos lleve a engaño cuando ya en el principio del film nos abre con una intervención a corazón abierto para colocar un bypass y en los mismos términos vuelva a utilizar la misma frontalidad quirúrgica con la autopsia de una de sus pacientes (ese primer plano con el que cierra la secuencia donde vemos a la doctora con el corazón de la fallecida en su mano). Justamente, la utilización en la película de dicha paciente para que el drama y la denuncia adquiera presencia humana y emotiva (exactamente igual que la doctora en su intervención televisiva cuando dice los nombres de sus pacientes fallecidos), nos lleva a otro de los elementos en tensión del largometraje, cuando el film se pierde en esa obsesión en la que los personajes necesitan cuantificar cuántas muertes se le pueden atribuir la influencia del fármaco nocivo. Ese aspecto númerico que cosifica a las víctimas y que parece ser de vital necesidad para conseguir el éxito debe ser contrarrestado con el personaje de Corinne, la paciente que aludíamos anteriomente.

Con ello llegamos a uno de los principales problemas del film, ya que sus flaquezas saltan demasiado evidentes a la superficie. Todo queda en manos del espectador y su capacidad para perdonarlas y/o olvidarlas.

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