Que dios nos perdone

El Madrid negro Por Carlota Ezquiaga

Sin quererlo, Hollywood ha creado algunos lastres para el resto del mundo. Cuando en una película española un personaje dice que algo es “jodidamente difícil”, es porque está intentando hablar en lenguaje hollywoodiense. Es una traducción: un español no hablaría así.

Los personajes de Que Dios nos perdone no dirían “jodidamente”. Son reales, españoles normales, con todo lo que eso implica (y sea lo que sea eso). Es un thriller español: no americanizan España para la película, sino que españolizan un poco el concepto thriller.

Las películas españolas de la Sección Oficial están siendo muy bien recibidas este año en San Sebastián, y Que Dios nos perdone no ha sido una excepción. Rodrigo Sorogoyen ha cambiado completamente de tercio para su segunda película. Si Stockholm (2013), aunque también muy aclamada, era minoritaria y muy especial, Que Dios nos perdone es un gran thriller para un público mucho más amplio.

Que Dios nos perdone

Es el verano de 2001 en Madrid y, por si el asfixiante verano de la capital no fuera suficiente, se ha juntado el movimiento 15M con la visita del Papa. La ciudad es un caos. Y, en medio de ese caos, alguien está violando y asesinando a señoras mayores.

Los encargados de investigar el caso son Velarde (Antonio de la Torre) y Alfaro (Roberto Álamo), dos policías algo disfuncionales. A Velarde, tartamudo e introvertido, le cuestan las relaciones sociales; Alfaro tiene problemas de control de la ira y a menudo se deja llevar por sus instintos violentos.

Son personajes extremos que funcionan muy bien: los dos tienen historias al margen de la trama principal que son interesantes y bien logradas. Viéndoles en el trabajo, en la familia y en sus relaciones queda claro que la línea entre buenos y malos es muy difusa. Puede que, al fin y al cabo, no haya tanta diferencia como parece entre un asesino y el policía que investiga su caso.

Que Dios nos perdone 2016

Si Stockholm tenía un clima de violencia muy contenida, en Que Dios nos perdone la violencia es muy explícita. Entre los brutales asesinatos del criminal y los episodios violentos de Alfaro, hay sangre, golpes y mucha hostilidad.

Sorogoyen insiste en que la película no versa sobre violencia policial, sino sobre la violencia en la sociedad. Alfaro no es violento porque es policía, sino porque vive en un mundo violento. Pero ahí hay una reflexión ineludible: por mucho que Alfaro fuera violento en cualquier ámbito, el hecho de ser policía lo coloca en una posición de poder y autoridad, con una pistola en el bolsillo.

Además, está el contexto del 15M, donde la policía suscita algo más que recelos. Vemos imágenes de las cargas policiales contra manifestantes, y hay sangre y golpes. Cuando los policías van a interrogar a la sobrina de una víctima esta no les deja pasar a su casa: “La policía acaba de darle una paliza a mi pareja por manifestarse, y veros la cara no es lo que más me apetece”.

Es interesante ese retrato del 15M, aunque no se trate de manera frontal y siempre esté de fondo. En cierto momento, Alfaro les cuenta una anécdota a unos colegas policías: otro compañero estaba dándole una paliza a un manifestante del 15M hasta que se dio cuenta de que era su hijo. Esa anécdota, en apariencia sin demasiada trascendencia, ilustra muy bien parte de lo que supuso el 15M.

Que Dios nos perdone Sorogoyen

Dijo también Sorogoyen en la rueda de prensa que no es una película sobre violencia masculina, y que es casualidad que los protagonistas sean hombres. Sin embargo, también es inevitable darse cuenta de que la policía – y más en esta película, donde solo se ven hombres en la comisaría – es un club de chicos. Todos los ambientes violentos de película se dan entre hombres. Las mujeres (a excepción de un par, como la forense, que trabajan con la policía) son víctimas en esta película, o meros desencadenantes de más violencia – la mujer de Alfaro, la madre del asesino, la limpiadora de casa de Velarde. Nunca son ellas las que ejercen la violencia.

Detrás de su estructura de thriller convencional, Que Dios nos perdone también toca temas políticos y religiosos; contrastando el 15M, cuando la policía se llevaba a porrazos a los manifestantes, con las Jornadas de la Juventud, cuando peregrinos de todo el mundo llenaban sin problemas las plazas madrileñas para ver al Papa.

Pero también hay humor, uno muy pertinente, que rebaja la tensión y nos hace ver aún más humanos a los personajes. Personajes que, con todos sus claroscuros, la película no juzga; ellos hacen su trabajo y sus miserias se quedan en casa. Más o menos.

No son héroes pero tampoco los románticos perdedores del thriller clásico. Son personajes autodestructivos, reales, simplemente personas humanas llevadas muy al límite. Cuando beben no lo hacen de forma glamurosa, no se sientan en una barra y beben whiskey solo con aire misterioso. Cuando beben se tambalean, se caen al suelo, hacen el ridículo y tocan un fondo que está muy, muy profundo.

 

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