La larga noche de Francisco Sanctis

El despertar opresivo del miedo Por Fernando Solla

Dejaré mi tierra por fin
Dejaré mis campos y me iré
Lejos de aquí
Cruzaré llorando el jardín
Y con tus recuerdos partiré lejos de aquí
Nino Bravo (Un beso y una flor, 1972)

El D’A 2017 programa en la sección Talents (fuera de competición) la ópera prima de Andrea Testa y Francisco Márquez. La larga noche de Francisco Sanctis nos traslada al Buenos Aires de 1977, en plena dictadura militar de Videla. La película se basa en la novela homónima que en 1984 publicó Humberto Costantini. Para su adaptación cinematográfica los autores han creado un artefacto perfecto en lo que a punto de vista se refiere, llegando a un consenso tan exitoso y sorprendente como novedoso y válido en la no siempre fácil relación entre cine, memoria histórica y literatura.

Lo primero que sorprende del filme es cómo se consigue supeditar toda la narración al poder de la imagen. La novela original está narrada en primera persona del singular y la película, en cambio, evita el uso de la voz en off, convirtiendo al protagonista (Diego Velázquez) en un maestro de la figuración ante la cámara. Planificación, obturación, iluminación y cromatismo. Estas serán las herramientas para explicar un estado de ánimo generalizado a partir de un caso concreto. Una sensación opresiva y un estado de crispación constante, siempre alerta que, a pesar del contexto político no se mostrará a través del reflejo de la injusticia o la denuncia, ni siquiera de la argumentación verbal.

El método estratégico es aislar al personaje y hacerlo deambular por una ciudad sombría y vacía (entendemos que por el toque de queda). Aislarlo incluso de sí mismo, haciendo que se cuestione sus valores y convirtiéndolo ante sus propios ojos en una suerte de detective para enseguida pasar a sentirse perseguido. La pérdida de la identidad o su recuperación. Thriller psicológico a lo Hitchcock, a lo Polanski, y expuesto ante la cámara con una estética noir. El rojo y el negro. Siempre habrá una luz roja que nos mantenga alerta y casi siempre se encenderá de espaldas al protagonista. No será por casualidad.

La larga noche de Francisco Sanctis

La dictadura de Videla también se conoció como Proceso de Reorganización Nacional. Este dato, como todos los demás en los que circunscribimos la historia de Francisco a modo de contexto, nunca se explicará de manera explícita en el largometraje. Tampoco que los ciudadanos estaban sometidos al toque de queda ni mucho menos que el motivo para perseguir a los personajes (ausentes) será su oposición al régimen. Ni siquiera que nos encontramos en Buenos Aires o en 1977. De nuevo, todo se mostrará a través de la imagen.

El asombro por todo lo descrito hasta ahora se mantendrá perenne durante el visionado, gracias en gran parte con el contraste entre narración por un lado y dirección artística y vestuario, por el otro. Del extrañamiento inicial a la asfixia final, por osmosis con el protagonista. Es innegable el talento de Testa y Márquez en el terreno narrativo y en su doble vertiente, como guionistas y realizadores. La capacidad de observación y análisis, tanto de un texto ajeno como de los resquicios sociopolíticos de una situación que, a pesar de su ubicación temporal hace cuatro décadas, se siente mucho más reciente. ¿Qué papel juega el cine en todo ello?

El presente. La primera secuencia es clave y todo lo que suceda a continuación será por contraste. Empezamos en el exterior de un bloque de pisos. El amanecer de un día cualquiera. Sabremos en qué apartamento vive el protagonista y su familia porque la luz rojiza del sol naciente impactará contra la fachada. Dentro un matrimonio prepara el desayuno para sus dos hijos. El ambiente es ya crispado, no entre los personajes sino por la velocidad en la que realizan las acciones. Hay tensión. El padre llevará a los niños al colegio y fuera del autobús parecerá que pasa algo, no sabemos bien qué, pero alguien no subirá. Silencio. Lo que no se dice es como si no sucediera. De repente nos encontraros en la oficina y sabremos que Francisco trabaja para una empresa mayorista. Tras una misteriosa llamada sabremos también que hace años el protagonista escribió un poema.

La larga noche de Francisco Sanctis 2016

El pasado. La mujer de años antes, de otra época (en este caso la universitaria) que aparecerá de nuevo. A partir de la introducción de este personaje podemos decir que el filme se circunscribe en el terreno narrativo del cine negro. La fémina que fue objeto de deseo y que viste de rojo y que nos pide algo prohibido, que nos puede llevar a la perdición. Prohibición, perdición, dilema, conflicto. La petición entroncará directamente con unos ideales dormidos, con un pasado sin miedo en el que escribir un poema era símbolo de revolución. El simple hecho de publicarlo ahora, en Argentina, parece impensable. Quizá en Venezuela, en otro lugar. En un momento concreto del filme se escuchará la canción “Un beso y una flor” de Nino Bravo. Esto entroncará con esa posibilidad de partida, la idea de otro lugar evocada de una forma poética, como el pasado, como antes para el protagonista. Sus decisiones y su posicionamiento. El uso de la sinécdoque y la sinergia está realmente conseguido.

¿El futuro? No desvelaremos nada, pero la decisión de los autores de finalizar su película precisamente en el clímax consigue desazonar al más sosegado. Aquí asistimos a uno de los aspectos formales que más difieren de la novela original. Para Costantini lo primordial era lo que le podía pasar al protagonista y aquí la lucha es más interna. Lo subjetividad de las palabras de la novela se refleja aquí en imágenes silenciosas tan subjetivas como las ideas de Sanctis.

La interpretación de Diego Velázquez trabaja la expresividad siguiendo las directrices de los autores, convirtiéndose con éxito en la cara visible de su propuesta. El actor basa su trabajo en la contención del gesto y del movimiento, algo clave para poder mostrar físicamente el sentirse reprimido y coartado. Su posición ante la cámara le convierte en títere en manos de ésta. Sabe cómo recoger el testigo de la magnífica fotografía de Federico Lastra. La planificación de la escena del coche resume perfectamente todo su trabajo. Planos frontales para situar la escena que progresivamente se tornarán en subjetivos y nos mostrarán al protagonista desde detrás, desde la nuca y el cuello. Parecerá como si la lente cobrara vida y el protagonista pudiera notar su aliento. De repente, Velázquez y Valeria Lois podrían ser Humphey Bogart y Eleanor Parker en Un rayo en el cielo (Chain Lighting, Stuart Heisler, 1950). O no, no podrán ya serlo. De nuevo, como el poema, quizá en Venezuela. Pero no aquí.

La larga noche de Francisco Sanctis D'A

Esto entronca con otra de las alegorías del filme, quizá la más sutil. El cine como local, como recinto. Un espacio en el que por momentos todo es posible. El protagonista entrará buscando algo y, quizá obligado por las circunstancias, saldrá transformado. También el retrato de las relaciones en el bar, ese otro espacio de libertad. Un triple leitmotiv servirá para recordarnos la urgencia de la situación en todo momento: el cigarrillo, el teléfono y la luz roja del semáforo. No serán estas las únicas alegorías, pero sí las que más reincidirán y las más interesantes para el desarrollo narrativo.

El humo del cigarrillo molestará a Francisco en un principio, cuando su mujer haga aparecer un cenicero en primer plano durante el desayuno. ¿Qué importancia puede tener esto? Lo veremos en el inicio de la secuencia principal del filme, donde el protagonista deambulará por la ciudad vacía. De alguna manera la cámara se convertirá en reflejo de la psicología hiperbolizada de Francisco. Lo veremos a él, pero también asumiremos su temor, ese sentirse perseguido por las calles vacías. Perseguido por sí mismo, por la consciencia, por los remordimientos. El detonante de su inquietud será, precisamente, cuando pida fuego para encender su cigarrillo a unos desconocidos. A partir de ahí, la planificación e iluminación tomarán las riendas y la asfixia se situará en primer nivel. El thriller será enfrentarse al peligro que supone ser fiel a uno mismo. A obrar en consecuencia. Lastra consigue filmar la oscuridad, tanto la interior como la exterior, y, en consecuencia, la de un sentimiento colectivo durante el periodo de la dictadura. Sin nombrarla en ningún momento. En esta secuencia, la cámara parecerá realizar una carrera con el protagonista, abriendo mínimamente el plano y cambiando la posición. Como él, parando para tomar aire y caminando sin rumbo.

Veremos también que siempre que el protagonista habla por teléfono en exteriores un semáforo rojo parecerá iluminarse a sus espaldas. Una luz que él no verá, pero en de la que los espectadores siempre nos percataremos. Alerta y luz verde. La incertidumbre no saber hacia dónde tirar. Magnífico. Como también el símil de la dictadura y el cuento que Francisco leerá a sus hijos. Antes de dormir hablaremos de cocodrilos y cómo vencerlos. Instante fabulado breve pero potente.

La larga noche de Francisco Sanctis D'A 2017

La priorización de la secuencia exterior no impedirá que las localizaciones en interior recalquen su importancia. El thriller será doble. El que enfrenta al protagonista con la situación imperante pero también el que lo confronta consigo mismo y sus ideales del pasado. También una finísima y secundaria idea sobre el exilio. Los versos escritos por Francisco quizá puedan salir a la luz en Venezuela. Si nuestras ideas del pasado pueden renacer en una poesía, quizá el cine pueda servir para universalizar un momento, una situación, un periodo. Y esta es la consecuencia (no creemos que inconsciente) del lenguaje utilizado por los autores. La implicación de las ideas plasmada a través de la forma, quizá el arma más persuasiva de todas.

Por si esto fuera poco, los autores superan una barrera importante: la legitimidad histórica o la deferencia intencional no siempre son válidas cinematográficamente. Ambos saben convertir La larga noche de Francisco Sanctis en muestra ejemplar y contemporánea de cine político y de adaptación literaria. Su valor añadido sería conseguir crear un lenguaje figurativo que recrea una atmósfera que se puede palpar y comprender mucho más allá del significado (y significante) de las palabras. De este modo, consiguen trascender cualquier tiempo y lugar y conseguir que la vigencia del qué y el cómo se perciba no sólo factible sino urgente y necesaria.

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