El concursante

La espera Por Yago Paris

Entre algún que otro fiasco, la Sección Oficial del Tallinn Black Nights Film Festival (PÖFF, en estonio) ha deparado la primera obra interesante a competición. Se trata de El concursante (Carlos Osuna, 2015), cinta que ya se pudo ver en el Atelier del festival de Cannes en su edición de 2015. Dos años después llega al certamen báltico para compartir su mirada, entre lo cómico y lo desasosegante, sobre la sociedad colombiana, en una combinación de forma y fondo que funciona como un engranaje.

Osuna narra la historia de Cristóbal, un chico pobre de 24 años que ni estudia ni trabaja, al que su madre, harta de su actitud, manda a hacer cola para obtener una oferta que ha revolucionado al país: si se presentan 20 tickets de compra de una marca de comida, se obtiene una fabulosa olla de cocina. Lo que el protagonista no espera es que toda la sociedad colombiana se haya movilizado para obtener su premio, ni que la lucha para satisfacer a su madre vaya a ser tan tortuosa. A partir de este momento, se establece un juego de espera, en el que la imposibilidad de actuar y la frustración se ven agravadas por la mala gestión del evento por parte de los organizadores y el despótico control que las autoridades policiales ejercen sobre la población.

El concursante

El director colombiano deja claras sus intenciones desde el primer minuto de metraje: esta va a ser una obra desquiciante, extrema, en la que cada nuevo elemento va a ser un granito de arena más sobre la mente del público. Para ello, el autor se apoya en dos aspectos formales: el uso del formato de fotograma conocido como “pantalla cuadrada” (4:3) y una inteligente construcción del encuadre. El primero lo utiliza para enfatizar la sensación de claustrofobia -un recurso nada novedoso, como ya se pudo ver, sin ir más lejos, en El jardín de Jeannette (Une vie, Stéphane Brizé, 2016)-, al enclaustrar a sus personajes en unas dimensiones reducidas. Pero el recurso fracasa si el segundo elemento citado, la construcción del plano, no se amolda a las necesidades del formato. Osuna es consciente de esta situación, y por ello lleva a cabo una concienzuda filmación, con la que sacarle partido a la combinación de ambos elementos. El lenguaje formal del director hace un uso generoso de primeros planos -la manera más evidente de explotar la sensación de agobio-, pero por lo que destaca es por estar filmada, en su mayor parte, mediante planos generales, lo que, en principio, podría ser contraproducente. Tanto Cristóbal como el resto de personajes, a los que conoce mientras espera por su turno, aparecen de cuerpo entero, en largos planos estáticos que filman de perfil la interminable cola de gente.

Con esta elección de puesta en escena, en principio llamativa, se expone en imágenes el sentimiento de la sociedad a la que retrata. Estáticos, sin margen de maniobra, esperando que caigan del cielo las migajas de las clases más favorecidas. El concursante no pretende levantar acta sobre el pueblo colombiano, pero a través de sus imágenes se filtra un sentimiento reivindicativo ante las tremendas desigualdades y ante la nefasta gestión por parte de las autoridades. Aunque su tono opta por la comedia, y la propia cinta no se toma demasiado en serio a sí misma, el poso crítico es evidente, y de él no se libran ni las propias personas perjudicadas. Los protagonistas son retratados como personas incultas, aisladas por el propio sistema, al que no le interesa que cobren consciencia de la situación, pero también aparecen como seres inactivos, con escasa capacidad para la autoconsciencia y la reacción -en este sentido, la elección de los planos estáticos, así como de la situación en la que estos son filmados, haciendo cola en un evento de dudosa fiabilidad, dista de ser casual-. En cierta manera, y especialmente si se atiende al desarrollo de los acontecimientos, con el catártico clímax final de comunión popular y revuelta antisistema, el film aboga por el despertar de una sociedad adormecida, que se conduce a sí misma hacia el precipicio de manera inconsciente, sin valorar la repercusión de sus actos ni el poder que tiene como grupo de presión. Trazando un paralelismo con los países del Primer Mundo afectados por la crisis económica, el capitalismo salvaje ha atomizado a la sociedad, borrado la sensación de comunidad, a la vez que ha eliminado las esperanzas en una población timorata, acongojada ante el devenir de un mercado financiero que no comprende e incapaz de organizarse para provocar un cambio -nuevamente, no resulta casual que el detonante de la historia sea un evento marcado por el consumismo, el materialismo y la individualidad-.

 El concursante 2017

Todo ello sin que se carguen en exceso las tintas de la reflexión. Como ya se ha expresado, la cinta es ante todo una comedia amarga, que opta por ver la luz en la mediocridad. Ante todo, el interés reside en el divertimento, en los infinitos obstáculos que el protagonista tendrá que superar para obtener su premio. Dividida en capítulos, cada uno de los cuales se centra en un nuevo reto a superar, El concursante ejecuta un retrato costumbrista que saca a relucir el carácter latino para ponerlo a favor de sus intereses -la pillería, la guasa, el enorme calado de la religión en la conducta humana, etc.-, a lo que le acompañan unas pinceladas de ruptura cómica que no terminan de cuajar. Se trata de insertos de montaje que, de cuando en cuando, buscan el gag desde la exageración más alejada del realismo costumbrista -en un momento de la narración, convierte una pedrada en la cabeza en un jarrón que se rompe al impactar contra el suelo-. Unas decisiones discutibles que, en el fondo, confirman la actitud del autor con respecto a su obra: el interés de Carlos Osuna es, ante todo, pasarlo bien, sin plantearse demasiado el resultado final.

 TRAILER:

 

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