Excavator

La losa del pasado Por Yago Paris

Dentro del circuito de festivales, y especialmente en el circuito comercial, el cine social es una categoría siempre al alza. No sólo las salas se llenan de un público mayoritariamente de clase media con cierta implicación social, sino que en muchos casos estas obras se alzan con premios en certámenes del nivel de Cannes -como ocurrió hace dos ediciones con Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake, Ken Loach, 2016)-. El calado de este tipo de producciones merece múltiples estudios desde diferentes perspectivas, pero un aspecto parece claro: se trata de cintas que, en su mayoría, esconden carencias cinematográficas detrás de sus buenas intenciones. Una tendencia que se explicita en la que podría denominarse “la paradoja del cine social”, que consiste en que, a pesar de que el principal objetivo de estas películas sea denunciar una realidad, finalmente todo lo que cuentan resulta inverosímil, por la manera en que se construye la narración. Más allá de señalar que lo habitual en estos filmes es que el peso de la narración recaiga sobre el guion, y la puesta en escena adopte las retóricas más autocomplacientes del cine de autor, que se reducen a infringir las normas de las producciones de estudio -cámara en mano, estética de bajo presupuesto, tipo de encuadre, duración del plano, etc.-, el mayor problema es que, en su mayoría, estos filmes son productos indulgentes con su público objetivo, al que muestran planteamientos de fácil digestión, que apenas les generan conflictos morales, y en los que en cada escena queda claro lo que uno debe pensar al respecto, como si la idea final fuera la de dar una píldora de concienciación social a la clase media, como si la película fuera una palmadita en la espalda que confirmara el (supuesto) compromiso social de este tipo de público.

En las antípodas de esta vertiente se encuentra el otro cine social, minoritario, aquel que no olvida que, ante todo, el objetivo consiste en construir una narración cinematográficamente consistente, y que somete a su audiencia a un tour de force entre lo que trae de casa y lo que se muestra en pantalla. El paradigma de esta mentalidad podría ser Viridiana (Luis Buñuel, 1961), que, sin ser estrictamente cine social, sí presenta una serie de planteamientos provocadores. En ella no hay pudor a la hora de mostrar a los mendigos como a seres despreciables, mezquinos, de los que cuesta apiadarse. No se trata de atacar a los desfavorecidos, sino de plantear situaciones complejas, turbulentas, que den que pensar, en las que no se explicite qué conclusión debe sacar el público; en pocas palabras, se trata de retratar la vida en su complejidad. Por todos estos motivos resulta especialmente estimulante la presencia de Excavator (Pokeurein, Ju-hyoung Lee, 2017) en la Sección Oficial del Tallinn Black Night Film Festival -más conocido por sus siglas en estonio, PÖFF-, a modo de premiere internacional.

Excavator

El punto de partida es un suceso que ha marcado la historia reciente de Corea del Sur. En la década de los ochenta, una operación militar frenó a balazos las protestas estudiantiles de izquierdas. Una cacería propia del régimen dictatorial en el que el país vivía, y consecuencia final que dio lugar a la instauración de la democracia. En este caso lo tentador sería, o bien relatar lo vivido, o bien acompañar a las familias de las víctimas en la actualidad. En cualquier caso, lo tentador sería colocarse en el lado afectado. Por ello, lo atrevido de Excavator consiste en dar la visión de los soldados, y lo hace porque, aunque no es comparable, los fallecidos no fueron las únicas víctimas de la operación militar. El mero hecho de ofrecer otra visión de la realidad ya merece la loa, pero el verdadero hallazgo es la complejidad con que se desarrollan cada una de las pequeñas historias que se van contando a lo largo del metraje.

La cámara sigue a Kim Gang-il, veterano de guerra que actualmente malvive como obrero, manejando una excavadora. El título de la cinta, pues, hace referencia tanto a la máquina como al operario que la maneja, y en conjunto forman una metáfora algo evidente acerca de la intención de la obra de escarbar en el pasado de la nación para sanar heridas a las que se les ha echado demasiada tierra encima. Un día, mientras trabaja en el campo, desentierra de manera fortuita un cadáver, lo que da pie a rememorar todo lo vivido en su día, algo que había alejado de su mente hasta entonces. Esto lo lleva a, montado en su máquina, recorrer la zona para encontrar a las personas implicadas en aquella operación. Escrita y producida por el consagrado director coreano Kim Ki-duk, con el que Ju-hyoung Lee ya colaboró en su primer largometraje, Red family (Bulg-eun gajog, 2013), el guion se divide en dos partes bien diferenciadas. En la primera, el protagonista buscará a sus compañeros, lo que le permite al cineasta indagar en los destrozos psicológicos que se les ha generado a los peones de guerra. En la segunda, buscará a sus superiores, primero para ver cómo han continuado con sus vidas, pero especialmente para exigir respuestas, para poder entender por qué fueron enviados a matar a los manifestantes.

Excavator 2017

Con un tono pausado, que representa la calma a la que se han sometido estos personajes para tratar de apaciguar sus fantasmas, la cinta avanza con parsimonia y se detiene a desarrollar cada uno de los encuentros. La tensión se palpa, pero está vive contenida en el interior de personajes martirizados, hasta que no aguantan más y explotan, con tendencias violentas e incluso suicidas. Desde el vagabundo hasta el obrero alcoholizado, pasando por quien se ha reconvertido en triunfante hombre de negocios o quien se ha marchado a un templo a meditar, todos esconden en su interior un drama que luchan por contener y al que no consiguen vencer, lo que da lugar a una paleta de personajes bien diferenciados entre sí, y todos ellos complejos, especialmente si se tiene en cuenta los escasos minutos en pantalla de los que cada uno dispone. En conjunto, la cinta propone un viaje incómodo para el espectador, al que se le cuestiona constantemente qué conclusión debe sacar ante lo que observa. Se alcanza el dilema moral ideal con estos personajes, puesto que se entiende, se justifica y se recrimina a partes iguales su actitud frente a lo que ocurrió en el pasado. Mientras tanto, por detrás, entre las sombras, el verdadero poder responsable de lo sucedido ha quedado impune y sigue manejando los hilos -excelente decisión la de no dar cara a estas personas- para impedir que la situación se solucione, idea que queda implícita en la recta final del film, con una lucha de excavadoras, la pequeña del protagonista y la grande del Estado, que impide que salga a la luz toda la verdad. Ante el océano de medianías en el que se ha convertido la Sección Oficial del PÖFF, resulta especialmente estimulante encontrarse con piezas de la complejidad de Excavator.

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