Foyer

Sinfonía urbana Por Manu Argüelles

De todos modos, como la vida se cuela por el cuadro, por mucho que grabe hacia arriba, decido bajar la cámara y volver a grabar personas. Y de repente, grabando estos paseantes de tertulia, me doy cuenta que estoy disfrutando India.
Mapa. León Siminiani, 2012

La cita de Mapa (2012) de León Siminiani – una de mis películas favoritas del reciente cine español- es, en síntesis, lo que sucede en Foyer, el cortometraje de Ismaïl Bahri que participa en la Región Central (Sección Oficial) del Festival Punto de Vista. Y dado que la organización del evento otorga el mismo tratamiento igualitario a los cortos y a los largometrajes, me parecía oportuno escribir también de alguno/s de los que he visto. Y empiezo con Foyer, que es el que me ha resultado más estimulante.

A diferencia de León Siminiani, Ismaïl Bahri no filma hacia arriba. Su gesto es más radical. Coloca un papel blanco delante del objetivo…y no nos permite ver nada más allá del propio papel, anulando así el estatuto visual de su película. Cuando está realizando su experimento en plena calle es inevitable que despierte la curiosidad de los transeúntes, los cuales se le acercarán a preguntarle e interaccionarán con él. De esta manera, sucede exactamente lo mismo que en Mapa, la vida se cuela en el film.

Parece así que las intenciones iniciales de su director -su voluntad de realizar un estudio experimental cinematográfico- son completamente suplantadas y Foyer pasa de ser un film de corte experimental que se interroga sobre la naturaleza visual de la pieza a conventirse en una fascinante sinfonía urbana, como las que antaño fueron Berlín, sinfonía de una ciudad (Berlin – Die Symphonie der Großstadt, Walter Ruttmann, 1927) o El hombre de la cámara (Chelovek s kino-apparatom, Dziga Vertov, 1929). El gesto vanguardista de aquellos films de los años 20 hoy, en el presente, se fundamenta en negarnos prácticamente todo estímulo visual y ver qué ocurre una vez que nos plantamos en la calle con una cámara a la que se le ha negado una de sus funcionalidades principales: la mirada.

Foyer 2016

Bajo este potente planteamiento, me brotan varias consideraciones que voy a tratar de esbozar. Hay una voluntad de desprenderse de todo lo superfluo y quedarse con lo esencial. Lo esencial ante esta premisa es, claro, el sonido. Así que, de entrada, se invierte la tradicional jerarquía donde lo visual siempre adquiere su cota de poder por encima del sonido, este último siempre al servicio de la imagen y no al revés. Pero esta inversión de roles es algo que caracteriza al documental como género. En líneas generales, su carácter “institucional” y su voluntad de establecer un discurso sobre lo real acostumbra -salvo excepciones en algunas de sus variantes menos canónicas-a otorgar un rol protagónico a la voz. Ismaïl Bahri en Foyer lo lleva hasta sus últimas consecuencias. Y, no hay que negarlo, cuando la estás viendo, es inevitable que te asalte la intranquilidad. ¿Vamos a aguantar 30 minutos así? ¿Con una pantalla en blanco permanente? La respuesta es sí. Porque Ismaïl Bahri nos está reconduciendo nuestra forma de procesar y percibir un film. Porque estamos pensando lo real de otra manera. Como espectadores nos está desafiando. Y sin agresividad alguna. Será muy fácil entrar en su juego. De repente, se despierta tu atención ante lo que va a suceder en la pantalla.

Foyer es un film que otorga un peso fundamental al azar. Da igual que esté manipulado. Porque lo importante es la impresión de que el azar es el motor de la pieza. Cuando la base de su experimento es que sea el viento el que decida lo que será visto y no visto, ese mismo hecho casual es el que nos permite estar muy atentos a los detalles y matices de lo visual. Porque ese blanco no siempre será el mismo blanco. Varias variables naturales incidirán en nuestra percepción. Porque, aunque una imagen nos resulte siempre la misma, en realidad siempre es diferente. Foyer es, incialmente, una pedagogía de la mirada. Pero los diferentes tunecinos que pasan por allí y lo ven filmando, y él nunca detiene la grabación ante todas esas interferencias, nos desplaza el objeto de su film, solipsista y de cara al cinéfilo especializado, para abrirse al pulso de la vida. De esta manera, Foyer, vía el azar, acaba erigéndose en una perfecta captura del latido de una ciudad, a partir de dar voz al ciudadano común, que improvisadamente va dando la opinión, no solo cinematográfica (ya le comentan que el blanco no es siempre el mismo blanco) sino sobre su propio país. Se cierne así una vibrante metáfora sobre Túnez. Porque Ismaïl Bahri es un tunecino afincado en Francia. Cuando nos está negando la imagen de Túnez está trazando de cómo en Occidente es visto su país originario. Es decir, sin imagen. ¿Qué imagen ha sido construida en Occidente de su país? Ese lienzo en blanco nos va a permitir que la construyamos. Así pues, como hemos dicho, la imagen negada se convierte en una sinfonía urbana. Donde percibiremos lo hostiles que se muestran a todo aquel que no parezca de su país (a él le insisten sobre si es tunecino o no), donde las fuerzas de seguridad evidencian su paranoia cuando creen que está filmando la comisaría, cuando manifiestan su malestar en torno a la situación sociopolítica de su país.

Y el documental, entre realidad y ficción, entre lo improvisado y la puesta en situación, apostó por la idea de que podría, en este extremo contemporáneo de una historia en añicos, tomar el relevo. Pasar el testigo: para liberar la palabra y hacerla circular, para poner al día las disfunciones de una sociedad enferma, despertar las conciencias y construir el testimonio. Construir, tal vez, en esos momentos de gracia, de estar con. 1

Foyer es una perfecta y estupenda muestra de cómo pasar el testigo. A partir de una pantalla blanca.

 

  1. Fragmento recogido por Margarita Ledo Antón en Torreiro, Casimiro y Cerdán, Josetxo (editores) (2005): Documental y vanguardia. Cátedra.
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