120 pulsaciones por minuto

Silencio = muerte Por Manu Argüelles

Se inspiraban en el activismo americano, claro. Hacían lo contrario de las manis que ya se habían convertido en tradicionales, sin sorpresas, en un momento en que queríamos novedades, acontecimientos. Ya no atacaban únicamente al poder, interpelaban a la sociedad civil, como empezábamos a decir.La mejor parte de los hombres. Tristan Garcia

La que fue ganadora del Gran Premio del Jurado del pasado del Festival de Cannes, 120 pulsaciones por minuto, aterriza en el festival de San Sebastián, erigiéndose en una de las películas más importantes que podremos ver en este #65SSIFF, sin distinguir secciones. Nuestra intención es precisamente esa, escribir de las 10 mejores películas que veamos en esta edición. No nos limitamos a la Sección Oficial, porque si no, al ritmo que vamos, creo que no llegaríamos ni a 5.

120 pulsaciones por minuto es una herramienta contra el olvido. Porque bien sabemos que el SIDA cinematográficamente hablando, en líneas generales, se ha tratado poco y mal. Una enfermedad moral, un instrumento de estigmatización, el SIDA siempre es la enfermedad del Otro, entonces y ahora, que ha pasado a ser la de África, ese continente diezmado y alejado de la civilización occidental. Respecto a la connotación política que siempre llevó consigo, el cine si la ha contemplado, ha preferido pasar por ella de puntillas. Y en todo caso, jerarquizarla, siempre en dependencia del drama íntimo y humano. El aspecto social, si llegaba a tenerse en cuenta (al fin y al cabo, estamos hablando de una epidemia), siempre era una proyección que debía construir el espectador. Esa tendencia se corrige en 2012 con How to Survive a plague, dirigido por David France, fundamental y valiosísimo documental que podría formar parte de una perfecta sesión doble junto a 120 pulsaciones por minuto. El filme de David France recoge la historia del activismo norteamericano en torno al SIDA, centrado especialmente en ACT-UP, la misma organización que Robin Campillo recrea para su ficción, en este caso en tierras francesas, ambientada en los años 90. Así pues, 120 pulsaciones por minuto invierte los términos en su abordaje de la pandemia, una deuda que tenía el cine frente a una realidad que sigue permaneciendo en el imaginario colectivo como un tabú, como aquello que no va con nosotros. Por tanto, partiremos desde lo combativo y lo colectivo a lo íntimo. Es muy significativo y coherente que conozcamos a los personajes solo a partir de su intervención en las asambleas y sus actuaciones. Palabra y acción. Cuando uno de los nuevos integrantes, Nahan (Arnaud Valois), le pregunta a su novio, Sean Dalmazo (Nahuel Pérez Biscayart) -los cuales, no por casualidad, se conocen dentro del ACT-UP-, de qué trabajan el resto de compañeros y de algunos les cuesta saberlo, Campillo está dejando claras cuáles son sus prioridades frente a su filme: sus personajes solo tienen corporeidad desde lo puramente político, una concentración poco habitual que es la que caracteriza los atributos ficcionales de los personajes. Ellos acaban definidos en función de cómo se posicionan frente al SIDA y las vías para combatir el silencio, la invisibilidad, la homofobia y la discriminación. Por lo que, la dinámica relacional, la fricciones y tensiones entre los personajes siempre se articulan en torno a su participación dentro de la entidad. De ahí que la película recuerde estructuralmente a La clase (Entre les murs, Laurent Cantet, 2008) y su naturaleza discursiva. También ella se resuelve como un ejercicio de debate, porque el reflejo del intercambio de posturas que ellos enuncian cuando evalúan sus actuaciones facilita al espectador unos instrumentos de reflexión en torno a unos métodos que fueron cuestionados: la agresividad, la violencia y la forma de canalizar una denuncia de los sistemas de control de la información como principal arma del poder (el ataque en contra de los laboratorios médicos) o unos ejercicios de insensibilidad que escondían bajo su capa una adhesión a una moral intolerante y retrógrada (la negación al acceso del preservativo entre los adolescentes). De esta manera, se produce un enclaustramiento radical que tiene toda su lógica y que responde con fidelidad a la vivencia del grupo en el seno del sistema social. Porque, efectivamente, estaban completamente aislados, incluso dentro de la misma comunidad homosexual. Una breve secuencia lo ejemplifica perfectamente cuando dos chicos cuelgan unos carteles y son increpados por una pareja gay que les piden que les dejen vivir en paz.

120 pulsaciones por minuto

En los años 90 la vida cotidiana del gay estaba regida por un eje: el miedo. Miedo al rechazo, al desprecio, al SIDA (la muerte). Era difícil desarrollar una sexualidad plena y libre. Lo primero que uno debía hacer cuando reconocía su identidad, cuando se negaba a la clandestinidad y a una vida oculta, cuando se renunciaba a agachar la cabeza, lo primero que uno debía hacer era eso: perder el miedo. En ese justo momento, cuando uno decide agarrarse a la vida, cuando se pierde el miedo, ya nada puede contra ti. Nahan se lo explica a Nahuel, él deja de tener sexo durante cinco años. Tristan Garcia 1 escribiría en su sensacional novela, que recoge la misma época histórica:

No eran víctimas de la Gran Alegría, eran víctimas de la enfermedad, pero resulta que entre la Gran Alegría que habían disfrutado y la muerte, la herencia que dejaban los cadáveres, estaba la enfermedad. “Y la enfermedad se había convertido en la gran pasión marica, en el sentido que la sufrían más que cualquier otro afecto”.

Por eso, por respeto a todos los que perecieron, 120 pulsaciones por minuto es una película llena de vida y de energía, una película que se debe a esa gran pasión marica. Una secuencia la define a la perfección, la de ellos bailando en la discoteca mientras la cámara se alza y en el manto de la oscuridad poco a poco se van definiendo partículas que flotan en el aire, con lo que esa negrura que parecía espesa empieza a revelar que está formada de pequeños elementos prácticamente invisibles, perfecta definición de lo que fueron las víctimas de SIDA, las que flotaban encima de las cabezas de los personajes, las que solo ellos llevaban encima de sus hombros. Partículas aparentemente invisibles que la cámara las hace visibles, como fueron todos los que murieron. El tan manoseado concepto de visibilidad nunca tuvo tanta significación como en aquel entonces. Porque todo el mundo se negaba a mirar. Cuando en el mismo día que veo 120 pulsaciones por minuto leo fugaces tuits que ponen en cuestión el desenlace por un exceso de drama me da la sensación de que no se ha entendido nada. Porque Campillo pone en primer plano la muerte, con dureza y sin piedad. Tiene que hacerlo. Es el gesto por la memoria de todos los que desaparecieron. Y tiene que doler. Por eso tiene que ser un personaje carismático en el seno de la ficción. Porque la crónica de unos personajes que sufrieron de SIDA no estaría completa sin ese episodio final. De SIDA morimos e indiferencia oímos. Si te molesta, si te parece desmesurado, perfecto, has reaccionado, algo que siempre faltó en aquella sociedad y contra lo que ellos lucharon con vehemencia, con dignidad y con fuerza.

120 pulsaciones por minuto 2017
  1. Garcia, Tristan (2011): La mejor parte de los hombre. Editorial Anagrama
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