The Disaster Artist

El acto de reírse Por Manu Argüelles

Desconozco si The Disaster Artist estaba en muchas de las quinielas para alzarse con la Concha de Oro de la 65 edición del Festival de San Sebastián. En mi entorno no le veíamos posibilidades. Y no porque no la considerásemos merecedora o porque no nos hubiese gustado. Sabemos que cuando se habla de un premio otorgado por un jurado suele ser una película que facilita un consenso. Películas que polaricen lo tendrán difícil. Sospeché que el Jurado no se la tomaría en serio. Que finalmente fuese la ganadora fue un feliz accidente. Porque es una película que dentro de una Sección Oficial es toda una golosina. Y más cuando muy estratégicamente se programó en la recta final del festival. De esta manera, no nos iríamos con un sabor de boca amargo cuando al día siguiente se proyectó El león ha muerto esta noche (Le lion est mort ce soir, Nobuhiro Suwa, 2017), largometraje muy tierno y que apela a las mismas teclas emocionales que The Disaster Artist, aunque lógicamente con cotro marco, otros recursos e invocando otra corriente cinematográfica. Por lo que volvió a repetirse una concordia entre jurado, prensa y público que no recordaba que se hubiese producido desde que En la casa (Dans la maison, François Ozon, 2012) se alzó con el premio principal en la edición del 2012.

Estamos hablando de una comedia, norteamericana, además, muy lúdica y que no trae consigo un tema importante ni tampoco lleva ninguna carga de denuncia ni podemos hablar de una película que sea relevante en cuanto a sus formas expresivas y estilísticas. Estamos ante un Ed Wood (Tim Burton, 1994) para el S.XXI y es fácil reconocer en ella los vestigios de la Nueva Comedia Americana, un modelo de comedia que ya se encuentra en receso o que ha perdido el impulso que tuvo en la década pasada. También estamos ante un tipo de comicidad de la que el propio James Franco como actor ha sido partícipe, por lo que es totalmente coherente su interés en llevar este proyecto adelante. The Disaster Artist, además, nos remonta al período comprendido entre 1998 y 2002, años en los que la Nueva Comedia Americana encontraba su plena efervescencia, por lo que implícitamente se está procediendo a labrar una especie de homenaje a una corriente cómica que solo ha tenido reconocimiento en un nicho cinéfilo reducido y que adicionalmente tiene mucho de afirmación de sí mismo, suponemos que como autodefensa de aquellos que cuestionaban que se embarcase en películas de este tipo, las cuales atentaban contra el mantenimiento de un presunto prestigio profesional. Así, no es casualidad que en The Disaster Artist desfilen nombres como el de Seth Rogen (que también produce junto a su socio Evan Goldberg) o últimas incorporaciones a la comedia descerebrada como Zac Efron o su propio hermano Dave Franco.

La película se basa en las memorias de Greg Sestero pero el centro de atención será Tommy Wiseau y el rodaje de The Room (Tommy Wiseau, 2004), donde Sestero interpretaba el papel de Mark, quien, a su vez, dentro del universo diegético era el mejor amigo de Johnny (encarnado por el propio Wiseau). La ficción entendida como un reflejo proyectivo de la realidad. Por lo que estaremos ante un continuo y adictivo juego de espejos al que también se sumará Franco con The Disaster Artist respecto a The Room. A partir de la composición que construye James Franco de Wiseau, detectaremos rápidamente el modelo de actuación característico de un Will Ferrell con sus prototípicos personajes extraños, a la vez que odiosos, discutibles moralmente y cargados de ambivalencias. Por otra parte, la relación que se describe entre Wiseau y Sestero (en el filme, encarnado por Dave Franco, su hermano) remite, por ejemplo, a ese brutal contraste entre los personajes infantilizados hasta el extremo de Colega, ¿dónde está mi coche? (Dude, Where’s my Car?, Danny Leiner, 200) y su propio entorno. Errantes, arrinconados y aferrados ciegamente a una ilusión, no desfallecen ante su entusiasmo por mucho que les insisten una y otra vez que se olviden del cine. Por mucho que lo desees no creas que vas a conseguirlo, le comentan a Wiseau en uno de los múltiples rechazos que recibe. Pero, sin embargo, él y Sestero, como Don Quijote y Sancho Panza, siguen avanzando hasta que, a su manera, lo consiguen. Ese atractivo es el que logra transmitir plenamente James Franco con The Disaster Artist, algo que también se enraiza en la fábula positiva del american dream. Un mito, enclavado en lo desopilante, que da la vuelta al concepto de fracaso y de éxito y juega divertidamente con la ingenuidad de la hazaña. Nadie sabe de dónde Tommy Wiseau saca el dinero para llevar adelante su película. Un enigma igual de inquietante que el american dream.

The Disaster Artist

Así pues, como ya nos pasaba con Ed Wood, cuesta fruncirle el ceño porque hay tanto cariño y es una declaración de amor al cine tan seductora e irresistible que nos sentiríamos unos misántropos o unos amargados si no quisiésemos reconocer que es un filme, que más que reafirmarnos como cinéfilos, nos recuerda la larva de nuestra pasión. Admiro mucho a todos aquellos que parece que ya veían Godard desde que iban al parvulario. No fue mi caso. Hasta que no llegué a los directores-faro de mi mirada cinéfila y aprendí a mirar y a pensar el cine, empecé con esto del cine maravillado ante un hombre con una capa que vuela y erigí como a mi primer mito cinematográfico a un señor quemado con cuchillas que acosaba a adolescentes en los sueños. Nunca he querido perder esa perspectiva. ¿Qué es eso del guilty pleasure? ¿Por qué tenemos que sentirnos culpables? ¿A santo de qué? ¿Por qué siempre somos tan condescendientes con la comedia? Siempre hay esa reticencia, a desechar o a infravalorar todo aquello que sea una emoción primaria: la risa y el miedo. Cualquier posicionamiento que uno haga entra claramente en la línea de la sospecha o se califica como un rasgo excéntrico en el mejor de los casos. Por supuesto, The Disaster Artist es una hipérbole, pero me pregunto hasta qué punto esa incomprensión generalizada con la que se topa Tommy Wiseau no se corresponde con esos continuos muros con los que uno se va chocando en su forma de expresarse a través del cine. Fuera y dentro de la burbuja cinéfila. James Franco lo tenía muy fácil con Wiseau. Podría haberse reído de él y haberlo ridiculizado fácilmente, tendría el gesto cómplice del espectador, no tengo la más mínima duda. Estamos ante el raro, el estrafalario, el loco. De él podemos burlarnos, no pasa nada, lo hemos hecho desde que íbamos al colegio, lo tenemos ya en nuestro código genético. Pero James Franco se esfuerza por comprenderlo, sin que ello implique que se nos blanquee o dulcifique al personaje. De hecho, no hay mejor muestra de respeto que observar cómo está dibujada la relación de amistad entre Wiseau y Sestero. Está perfilada en los mismos términos naif en la que ellos la vivieron. No hay una mirada perversa y resabiada, cuando, no obstante, a nadie se le escapa que es una relación que bordea constantemente lo homosexual, especialmente patente en la patológica actitud posesiva de Wiseau respecto a Sestero. Pero Franco se remite a un modelo de masculinidad muy explotado en la Nueva Comedia Americana y que da la razón a Virginie Despentes cuando opina que el hombre heterosexual,  en realidad,  no quiere acostarse con la mujer, sino que lo que de verdad le apetece es pasar el rato con sus amigos y hacer cosas con ellos.

Por extensión, esta postura de Franco frente a su relato y a sus personajes, elogiable, trasciende eso que nos provoca el visionado The Room. Algo que, por otra parte, no creo que cuando estamos delante del filme de Wiseau uno se sienta por encima de lo que ve. No entraré en ese juego tramposo de denunciar la superioridad moral del otro. Entre otras cosas, porque el que señala a aquellos que se ríen, en ese acto, sin darse cuenta, está siendo mucho más prepotente y altivo que todo aquel que goza y disfruta viendo una cinta como The Room. Es más, me parece admirable que, contra viento y marea, exista un largometraje así. No se podrá decir que no haya visto de todo. Pero fue tal la perplejidad y el asombro que todo aquello se diese por bueno, que nadie discerniese que nada en la película funciona que me parece hasta un hito del cine contemporáneo. No obstante, en The Disaster Artist veremos, a través de la crónica del rodaje, cómo se sentía el equipo participando en este impulso majadero de Wiseau, en el que todos acabaron arrastrados y del que no supieron salir. Porque el filme tampoco esconde lo claustrofóbico de los ideales enfermizos, cuando estos se desapegan completamente de la sensatez y del sentido común. De hecho, es un acto terrorista tan demoledor e inconsciente de lo que entendemos como perfección cinematográfica que acabas siendo totalmente partícipe de ese despropósito. Había leído de él hace años en un momento que estudiaba el fenómeno de las películas de culto, pero no me sedujeron lo suficiente. Y lo cierto es que nada te prepara para lo que uno será testigo, para una película que además es insultantemente misógina, por lo que no se salva ni por esas, si queremos agarrarnos a la idea de inocencia, mecanismo que sí se activa ante los filmes de Ed Wood. Porque lleva dentro un discurso asqueroso, no lo podemos obviar, y James Franco también nos lo recuerda cuando nos muestra el trato desagradable con su actriz. Y, sin embargo, a pesar de todas las barreras que uno quiera activar, acabas atrapado en ese gesto cinematográfico tan enfebrecido y delirante. Así que, ni que sea para agradecer a James Franco que nos ponga en contacto con ese largometraje, The Disaster Artist ya merece la pena. Porque somos adultos, podemos discernir, de la misma manera que trato de clarificar el acto de reírse y el contexto. La risa surge como expresión del asombro en The Room, en The Disaster Artist como gesto de simpatía. En ambos casos somos cómplices, más allá de lo moral, más allá de nosotros mismos. Y el cine siempre tiene esa fuerza.

Celebrémoslo (con Rhythm of the Night).

 The Disaster Artist 2017

 TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] recojo los apuntes que hace Manu Argüelles en lo que supongo que es una película muy diferente, The Disaster Artist (James Franco, 2017), a propósito del acto de la risa: “¿Por qué siempre somos tan […]

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