Dave Made a Maze

Jugando con cajas de cartón Por Pablo López

¿Qué es lo que nos fascina tanto del cine estadounidense de los 80? Se podría atribuir fácilmente a un puro efecto generacional, al peso que esas películas jugaron durante nuestra educación sentimental. Sin embargo, a la luz del furor ochentero que nos invade, cabe pensar que hay algo más.

Pocas décadas cinematográficas han vivido una recuperación tan obsesiva como la de los 80. Por desgracia, la mayoría de estos esfuerzos de reconstrucción tienden a quedarse en la fotocopia superficial, incapaces de entender qué hacía interesantes a películas como E.T. el extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982), Gremlins (Joe Dante, 1984) o Dentro del laberinto (Labyrinth, Jim Henson, 1986): eran películas para adultos hechas por niños.

Dave Made a Maze, la película de Bill Watterson que pudo verse en el reciente Festival de Sitges, entiende muy bien esto y lo aplica a todo su relato de diferentes formas. Watterson aprovecha la historia de Dave, un treintañero desencantado que construye un laberinto de cartón en su salón y acaba perdiéndose en él, para hablar de ese espíritu de los 80 desde dentro y desde fuera. Por un lado, deconstruyendo la imaginación desbordante de aquel cine a través de un protagonista que, hastiado de su vida, comenzó a construir una fantasía y acabo siendo devorada por ella. La construcción del laberinto es una necesidad vital para Dave, que incluso atrapado en él se niega a derribarlo, porque es lo único verdaderamente “grande” que ha creado en su vida. De esta forma, Watterson reflexiona sobre los peligros de la fantasía en los adultos, esos mismos adultos que crecieron en los 80 y ahora descubren que creer que la vida es tal y como se presenta en Regreso al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985) solo conduce a la frustración.

Dave Made a Maze #2

Pero Dave Made a Maze no es (solo) una relectura desencantada del cine de nuestra infancia. Su mirada es crítica pero también tierna. Watterson se pregunta por esos peligros antes mencionados, pero también insiste en los beneficios de esa fantasía. De hecho, la película es en buena medida un juego infantil, un ejercicio de imaginación desbocada que resulta refrescante por sus pocas ataduras lógicas, por su honesta intención de devolvernos a la niñez para que nos sorprendamos a cada momento. A partir del minuto en que la novia y algunos amigos de Dave se adentran en el laberinto para rescatarle, el filme se convierte en una maratón de ideas enloquecidas, de esas que surgían cuando sacábamos nuestros juguetes del cajón y empezábamos a desarrollar historias para jugar con ellos, apartándonos de forma inconsciente de las muchas limitaciones que, ya intuíamos, el mundo adulto nos iba a imponer. Esa es probablemente la principal razón por las que las películas de Joe Dante, Steven Spielberg, Jim Henson, Robert Zemeckis y otros muchos nombres de la década de los 80 han quedado grabadas a fuego en nuestro subconsciente. Tras una década como la de los 70, traumática como pocas, aquel cine de espíritu juguetón se convirtió en un grito de deseo, el de recuperar la imaginación como fuerza motriz y fuente de regeneración mental. Películas como E.T. el extraterrestre no proponían una forma de huir de la realidad, como muy a menudo se dice al catalogarlas como “escapismo”, sino que buscaban vías de exploración de la realidad, en particular la realidad emocional, a través de la magia y el juego. Eso es lo que la nueva hornada de cine “homenaje a los 80” ha sido, generalmente, incapaz de comprender. Mientras Stranger Things (Matt Duffer y Ross Duffer, 2016- ) va, efectivamente, del misterio que acontece en un pueblo y sus habitantes, incluyendo a un grupo de niños que van en bicicleta a todas partes, E.T. el extraterrestre habla de la perdida en la infancia, y lo hace mediante un juego en el que el espectador vuelve a ser niño. Por la misma senda camina Dave Made a Maze, que al fin y al cabo no es otra cosa que el retrato de uno de esos niños que montaban en bici, pero 25 años después, cuando ha descubierto que la fantasía hace la vida más tolerable, pero también puede convertirse en una mazmorra en la que quedar atrapado.

Dave Made a Maze #4

Es una pena que, con los cimientos tan bien armados, la película de Watterson no sea capaz de alcanzar las cimas que promete. Tras unos excelentes cuarenta primeros minutos, la historia va perdiendo fuelle, quedándose sin ideas y cayendo en cierta cursilería que recuerda no tanto al almíbar de los 80 (que lo hubo, y mucho) como a ese deseo de trascendencia un tanto new age que se encuentra con frecuencia en algunas películas indies de corte fantástico (la decepcionante Seguridad no garantizada, de Colin Trevorow, es buen ejemplo de esto). Al perder la acidez y la imaginación que la caracteriza hasta ese momento, la ternura de Dave Made a Maze queda descompensada y se convierte en algo dulzón que no solo lleva a la película al terreno de lo decepcionante, sino que además amenaza con anular buena parte de sus triunfos previos. Una pena, como digo, porque hasta ahí el filme de Watterson era todo lo que gente como J. J. Abrams, los hermanos Duffer o J. A. Bayona han intentado conseguir sin ningún éxito, pero acaba uniéndose a los trabajos de estos al convertirse en el cine hecho por adultos que se esfuerzan en ser niños.

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